11 de enero 2021 - 14:58hs

Que Twitter cerrara la cuenta de Donald Trump provocó una tormenta de reacciones, muchas de ellas negativas.

A lo largo y ancho del mundo muchos denunciaron un acto de censura y varios políticos y periodistas señalaron lo peligroso de la decisión. Un amigo me envió un audio de un colega que decía que lo que hizo Twitter equivalía a cuando el director de algún medio pretende obligar a sus periodistas a ignorar o a silenciar a tal o cual político.

Esos razonamientos cometen un error de base: equiparar a Twitter con un medio de prensa, ya que no son lo mismo, no se parecen, no tienen los mismos fines y –por lo tanto– son imposibles de comparar.

Antes de la irrupción de internet y de las redes sociales, los periodistas teníamos el monopolio de intermediar con la información. Salvo en sociedades muy pequeñas, los líderes políticos para enviar un mensaje a la población necesitaban recurrir a un periodista. A través de nosotros, aparecían en los diarios, las radios o la televisión y hacían conocer su mensaje.

Más noticias

Podían, además, hacer un discurso en una plaza pública, pero para que el mensaje llegara también a los no concurrentes, otra vez necesitaban a un periodista que resumiera lo dicho y lo volcara en un medio de comunicación.

Las redes sociales cambiaron todo porque permitieron que los políticos y otros actores sociales (sindicalistas, artistas, deportistas, etc.) comenzaran a comunicarse directamente con el público. Sin intermediarios. Sin los periodistas como mediadores. Perdimos el monopolio.

La mayor parte de los políticos, lo mismo que los periodistas y tantos otros actores, adoptaron las redes sociales. Hoy en Uruguay, por ejemplo, todos los políticos de importancia –con la excepción notable de Mujica– tienen cuenta de Twitter.

Las redes se trasformaron en un complemento ineludible de las estrategias de comunicación y potenciaron el contacto de los políticos con el público.

Pero algunos líderes vieron en Twitter y otras redes el modo perfecto de saltearse para siempre a un periodismo que por lo general les resultaba incómodo. No más ruedas de prensa, no más preguntas ni repreguntas, no más explicaciones, ni contexto, ni material de archivo, ni antecedentes molestos. Un tuit, mi tuit y nada más que mi tuit.

Muchos de estos mismos dirigentes, acicateados por las recetas del populismo, redoblaron la apuesta. No solo apostaron a saltearse al periodismo, sino que emprendieron una cruzada para demonizarlo, para culparlo de todos los problemas, para señalarlo como el origen de todas las lacras sociales. Desde Cristina Fernández a Bolsonaro, pasando por Trump, el periodismo fue señalado como el gran enemigo. Y para difundir sus acusaciones se valieron, por supuesto, de las redes sociales.

Envalentonados por su éxito, algunos fueron aún más lejos. Aprovecharon las redes para difundir noticias falsas que jamás habrían pasado el filtro de los tan denostados medios de prensa. Un aburrido editor de lentes y buzo gris puede arruinar el cóctel preparado a la medida exacta del gusto de los votantes. El algoritmo, en cambio, lo hará llegar –sin cambiarle una solo coma– al teléfono de todos y cada uno de esos electores.

Usaron Twitter primero como herramienta para saltearse la prensa y nadie vio el peligro. Luego buscaron destruir al periodismo y a pocos les importó. Algunos políticos (lo vi en Uruguay, no me lo contó nadie) festejaron. Finalmente comenzaron a envenenar la sociedad con informaciones falsas y la cosa se complicó.

Las redes sociales acogieron las dos primeras etapas del fenómeno sin mayores cuestionamientos. Han crecido, se han hecho poderosas y sus dueños millonarios se aprovechan del contenido que generan los periodistas y le chupan toda la publicidad a la prensa, sin remordimientos. Pero el tercer paso de la escalada, la difusión de informaciones falsas, mensajes envenenados dirigidos a tensar a la sociedad, dividirla, radicalizarla y a medrar con ese clima siniestro, puso a las redes ante un dilema.

El asunto acá es que, otra vez, las redes no son medios de prensa.

Un diario, un portal o una radio no tienen que silenciar a Trump ni a Maduro, por groseras que sean sus mentiras. Puede poner lo que dicen y luego tiene espacio o tiempo para agregar la información de contexto, los datos que confirman o desmienten, los antecedentes que aclaran y las consecuencias. Que el periodismo cada vez lo haga menos y que en una política suicida elija parecerse cada día más a las redes es otra historia. Pero las posibilidades existen y buena parte del periodismo todavía se aferra a las viejas recetas del oficio.

Una red social, en cambio, no puede hacer nada de esto. Fabricada con fines que no son los del bien informar, es una herramienta mucho más imperfecta que un diario o una radio para transmitir cosas complejas que requieren contextos, antecedentes y puntos de vista diferentes. Una red social tiene solo dos switchs: publicar / no publicar.

Blanco o negro.

Cuando fue evidente que Trump estaba violando las normas establecidas por la empresa, Twitter decidió bajarle la palanca, como ya lo había hecho a decenas de miles de cuentas más o menos anónimas, con más o menos seguidores, sin que nadie dijera nada. Una empresa privada que no nació para informar y que tiene sus propias reglas.

Trump, que usó y abusó de las posibilidades de Twitter en contra del periodismo tradicional, de golpe se quedó sin nada. El invento mató al inventor.

Es curioso que muchos de los más indignados con el cierre de la cuenta de Trump sean fanáticos promotores de la “libertad” de las redes sociales y críticos acérrimos de los “filtros” del periodismo.

Sin embargo, el episodio Trump ha venido a dejar en claro las enormes limitantes que tienen estas redes como vehículos para mantener informada a la sociedad.

No se entienda esto como una defensa a ultranza del periodismo, que tiene mucho para corregirse y mejorar si pretende sobrevivir. Sin embargo, y a pesar de todos sus males, el periodismo tradicional seguirá informando sobre todo lo que diga y haga Trump. Sin bajar ninguna palanca y agregando todos los datos y el contexto que sean necesarios.

Un periodista con un block y una lapicera tiene una ventaja que no tienen los algoritmos: una ética que es personal, pero que viene alimentada por la historia de un oficio que en más de 100 años aprendió mucho de sus aciertos y, sobre todo, de sus muchos errores.

Los que tanto han militado desde las redes para destruir al periodismo están probando su propia medicina.

Temas:

Twitter Donald Trump EE.UU. Redes sociales política Member

Seguí leyendo

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos