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Redacción de El Observador

El Observador 30 años > LA TRANSFORMACIÓN DE EL OBSERVADOR

Un diario genuino, un diario de verdad

Cómo conocí a El Observador y mi vida mejoró para siempre

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22 de octubre de 2021 a las 05:00

Por Toni Piqué
Periodista y asesor de medios de comunicación

Un señor joven se acercó en la cafetería del Harvard Club en otoño de 1992. Vestía con aire de inglés que está para salir de caza o a inspeccionar una propiedad rural. La sonrisa que llevaba puesta, franca, abierta y amable, no se veía tan inglesa. Quizá era genovesa. Alargó la mano, en un gesto amistoso y pausado, y dijo:

—Hola, me llamo Ricardo Peirano. Me dice Juan Antonio Giner que hable contigo, que arreglás diarios. Yo recién acabo de lanzar un diario ¿Cuándo podemos hablar?

Quedé un poco desconcertado porque, a ver, era una descripción exagerada —y halagadora—. Más tarde advertí que lo que le importaba a Peirano era captar mi atención y mi benevolencia. Le he visto hacer esa misma maniobra mil veces y siempre le sale bien. El secreto es que es genuina —como él mismo, un tipo verdadero, sin dobleces. Así era y es su diario, que cumple 30 años. Entonces se llamaba El Observador Económico.

—Tengo un diario económico que sale de lunes a viernes y quiero convertirlo en uno de información general de lunes a lunes. ¿Qué hago? —fue más o menos lo que preguntó. 

En marzo del año siguiente llegamos a Montevideo con Juan Varela. Habíamos leído, estudiado y subrayado dos semanas de diarios y revistas uruguayos y un sinfín de papeles y documentos de El Observador Económico. Llovía, hacía frío. Pasamos una semana entrevistando a las personas que trabajaban en el diario y asistiendo al tráfico cotidiano en aquella primera sede, tan linda como incómoda, de la plaza Matriz. Había muchísima gente joven y algunos veteranos que daban solera a la redacción. La juventud hinchaba por el diario con devoción.

—A ver, un momento. Antes de la entrevista, una pregunta. ¿A ustedes les gusta el diario, sí o no? —disparó muy pero que muy desafiante una genia que se desempeñaba de júnior en la sección de marketing y que, con el tiempo, acabaría de gerenta general.

Había que ir con mucho cuidado.

Mandamos el informe unas semanas más tarde de la cuenta. Peirano llamó.

—No pensaba que estuviéramos tan mal —dijo con ironía—. ¿Cuándo volvés?

Y así, con los naturales altibajos de las vidas bien vividas, hasta hoy. Uno procura estar a la altura del diario —es muy difícil—, que desde el día uno es un empeño maravilloso por explicar Uruguay a partir de los hechos ocurridos y no sobre los hechos construidos. Uruguay ha tenido en El Observador uno de sus primeros diarios independientes, que no quiere decir sin línea editorial ni pensamiento —que los tiene, vaya si los tiene— sino libre de consignas partidarias e intereses corporativos; un diario coherente, que hoy puede explicarse de la misma manera que hace 30 años; comprometido con esa verdad a la que los periodistas a veces no llegamos pero no por eso dejamos de intentarlo. El Observador es el diario que siempre lo intenta a pesar de todo, incluso de sí mismo. Un medio así es decisivo, vital, para un país, porque ayuda a convertir la sociedad en un escenario donde se ponen las cosas claras y se desvanece la oscuridad.

Ricardo Peirano, director de El Observador

Decía Indro Montanelli, el gran y controvertido periodista italiano, que es un equívoco considerar los papeles impresos independientemente de quienes los escriben, “como si para un periodista de un medio privado fuese obligatorio e inevitable servir los intereses de su empresario y para un periodista del sector público servir los intereses del partido que lo gestiona. Falso. La independencia de un periodista depende únicamente del periodista. Quien quiere hacerse respetar puede hacerse respetar: conozco muy pocos editores de periódicos, privados o públicos, que se atrevan a enzarzarse en una guerra con un periodista de carácter y que goce de un cierto crédito ante la opinión pública. Esta es la verdadera garantía de su independencia, no este o aquel aspecto empresarial de la editora. Público o privado, el patrón —salvo rarísimas excepciones— quiere hacer de patrón. Es el periodista quien ha de impedírselo. Y si quiere, puede hacerlo”. Yo he visto esa pugna noble en El Observador y en muy pocos, poquísimos otros diarios. También he visto al director colgarle el teléfono al presidente del país porque pedía lo que no debía. Eso no lo he visto en ningún otro.

Decía Joaquín Morales Solá que es preferible para este oficio de libertarios “estar de acuerdo con un diario, donde pasamos parte de nuestras vidas, antes que con un gobierno de políticos pasteleros y fugaces”. Así es y que me perdonen los políticos que no son pasteleros ni fugaces. Esa actitud es lo que se celebra hoy en El Observador, donde hace 30 años que un montón de profesionales entienden la obligación de buscar la verdad. 

Encontrarla ya es otra cosa, pero el diario se consume en ese trabajo arduo y vertiginoso a la vez, que se convierte en una droga, por el placer que da encontrarla. Así se ejerce la única fórmula genuina de periodismo, la que incluye su función crítica del poder. Este no es un diario acrítico, esterilizado y descolorido. Y este es el motivo para estar agradecidos a El Observador y a quienes lo han confeccionado durante estos 30 primeros años.

Pude asistir a los festejos del 20º aniversario. En algún momento del copetín nocturno estaban reunidos allí jefes de redacción de los tres grandes canales —entre otros Claudio Romanoff, muy querido—, de algunas radios y numerosos editores de los diarios del momento y de medios extranjeros con sede en Montevideo. Todos habían pasado por El Observador de chicos o de menos chicos. Hice una broma, quizá poco afortunada.

—Si ahora cae acá una bomba, Uruguay se queda sin noticias en los siguientes 20 años.

Ese el misterio de El Observador. La gente que lo ha hecho y la gente que lo hace. Suyo es el mérito y a ellos va la enhorabuena y el deseo de que sepan hacerlo 30 años más. 

*Este artículo forma parte de la edición especial 30 años de El Observador.

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