Entre otros efectos, el inicio de la pandemia a principios del año pasado provocó un brusco descenso de la demanda mundial de petróleo. Por ello, los países productores disminuyeron su oferta en unos 10 millones de barriles diarios, pese a lo cual, en una primera instancia, el precio internacional bajó de US$ 70 el barril a US$ 30, para recuperarse luego en forma gradual y terminar el año en US$ 50.
En el año en curso, a medida que los países fueron levantando la restricción a la movilidad, la demanda y también la oferta se fueron recuperando. Se estima que aún hay una producción de 5.8 millones de barriles que no ha retornado al mercado pero en ese proceso el precio siguió subiendo hasta el nivel de estos días, en torno a los U$S 75 el barril, que es el mayor de los tres últimos años.
En este marco, a principios del pasado mes de julio, los países que integran la OPEP+, que son los de la Organización de Países Exportadores de Petróleo más Rusia y otros socios menores, llegaron a un nuevo acuerdo para aumentar la producción en 400.000 barriles por mes hasta el fin del año próximo y así restablecer algo más de la oferta perdida desde el inicio de la pandemia.
El acuerdo estuvo demorado unos días por el reclamo de los Emiratos Árabes Unidos, rechazado por Arabia Saudita, para volver a su participación en la producción total del grupo previa al inicio de la pandemia. Fue otra de las diferencias que en los últimos años han separado a los dos países.
Así, en el 2019 los EAU se apartaron de Arabia Saudita en el conflicto en Yemen contra los rebeldes hutíes. Un año después, los Emiratos concluyeron un acuerdo de normalización de relaciones con Israel, a diferencia de Arabia Saudita. A principios de este año Abu Dhabi tomó distancia de un acuerdo promovido por los saudíes y sus aliados contra Qatar, al que acusaron de apoyar a los islamistas.
El comercio ha sido otro factor de conflicto entre ambos países, después que Arabia Saudita impuso nuevas tarifas de entre 3 y 15 % sobre las importaciones provenientes de los países vecinos, fabricados por las empresas instaladas en ellos y cuya fuerza laboral no incluya al menos entre un 10 y un 25 % de trabajadores nacionales. Esta medida es contraria al acuerdo regional, que dispone que el comercio entre los seis países que lo integran está exento de tarifas y hay un 5 % de tarifa sobre la importación proveniente de terceros países.
En adición, en febrero de este año, Arabia Saudita dio un ultimátum a las empresas extranjeras que quieran obtener contratos públicos con el gobierno, disponiendo que para el 2024, deben tener su sede regional en el reino. La mayoría de ellas están actualmente en Dubai.
Estas diferencias no impidieron finalmente el acuerdo antes referido sobre la producción de petróleo, que se basó en aumentar la participación en el total de los dos países en cuestión, que se hizo extensiva a algunos otros socios, como Rusia, Iraq y Kuwait. Todo ello fue interpretado como una victoria para la pretensión inicial de Abu Dhabi. Bajo el acuerdo, la producción de los EAU habrá de aumentar del actual nivel de 3.2 millones de barriles diarios a 3.5, la de Arabia Saudita y Rusia desde los actuales 11 millones a 11.5, mientras que Irak y Kuwait aumentarán su producción en 150.000 barriles para llegar a 4.8 millones y 3 millones respectivamente.
En lo inmediato, se espera que el acuerdo afirme el precio actual del petróleo. Pero la modestia del aumento de producción acordado es una muestra de la cautela con la que se aguarda la recuperación de la economía global, en especial después de la difusión de las variantes del virus descubiertas en los últimos meses. También sugiere que los países productores están relativamente conformes con el nivel actual de los precios del crudo. De todos modos, ambas consideraciones están muy condicionadas por el ritmo con el que continúe la recuperación de la demanda global, en tanto progresan los programas de vacunación en el mundo.
Un dato adicional a favor de la posición dominante de la OPEP+ es que en esta ocasión, el acuerdo no tendrá el desafío que más de una vez en el pasado provino de la industria de producción de gas y petróleo de Estados Unidos basada en el “fracking”. Porque si bien el actual nivel del precio internacional le permite a esta industria una actividad relativamente normal, las nuevas regulaciones impulsadas por el actual gobierno para rebajar el nivel de emisión de carbono imponen un desafío tecnológico que no todas las empresas están en condiciones de implementar.
Por ello hay en curso una diversidad de compra de empresas en el sector que van a desplazar a las más débiles e ineficientes. Las nuevas unidades productivas tendrán entonces una mayor capacidad de competencia, que no necesariamente habrán de destinar a un aumento inmediato de la producción.
Grandes empresas, como Exxon, BP, Royal Dutch Shell y otras se han mantenido al margen de nuevas inversiones en el sector. Es que en los últimos tiempos ellas han estado bajo presión para reconvertirse a favor del uso de tecnologías más amigables con el medio ambiente, que tienen un plazo de maduración que podría ir más allá del pico de demanda de petróleo que se espera ocurra en el próximo decenio.
En menos de un año, el progresivo control de la pandemia está restableciendo el poder de la OPEP+ sobre el mercado del petróleo. Son dos noticias de signo contrario para la evolución de la economía mundial.