El uso de un artefacto pirotécnico dentro de un local cerrado, el pánico provocado por la rápida expansión de la humareda y las puertas cerradas por los vigilantes figuran entre las causas de la tragedia que dejó en la madrugada de ayer al menos 233 muertos y un mínimo de 131 heridos en una discoteca en Santa María, ciudad del sur de Brasil.
La tragedia es la mayor que se recuerda en los últimos años en el mundo, donde el incidente más mortífero de este tipo fue también en Brasil pero en 1961, cuando murieron 503 personas. En Cromañón, en diciembre de 2004 en Buenos Aires, las víctimas fatales fueron 194.
El incendio fue en el local Kiss, donde había una fiesta organizada por estudiantes de Veterinaria. Santa María es una ciudad universitaria y entre sus 260 mil habitantes priman los jóvenes.
A eso de las 2.30 de la madrugada, mientras cantaba la banda Gurizada Fandangueira, los músicos encendieron un equipo de fuegos pirotécnicos conocido como “lluvia de plata”, algo que el grupo suele hacer en sus shows. Las chispas alcanzaron la espuma que se usa como aislante acústico en el techo del establecimiento y las llamas empezaron a expandirse con el humo. Los músicos intentaron apagarlas con agua y después con un extintor, pero no lo lograban. Uno de ellos, el acordeonista, murió.
“Todo estaba negro: la decoración, las puertas, no había luz. Corríamos sin saber para dónde. Instintivamente fui en dirección a lo que me pareció que era la puerta, pero era todo un laberinto, lleno de curvas”, recordó ayer al diario Zero Hora Valterson Wottrich, vocalista y guitarrista de la banda Pimenta e seus Comparsas. El artista estaba con sus compañeros en el camarín esperando a que llegara su turno de subir al escenario cuando la música dejó de sonar de repente. En seguida se escucharon los gritos de la gente pidiendo extintores.
Puertas cerradas
Murilo de Toledo estaba en el baile cuando comenzó el fuego. Corrió para la salida pero los guardias no le abrieron las puertas. “La gente gritaba ‘se está incendiando, se está incendiando’, pero el guardia abrió los brazos para asegurar la puerta cerrada. Unos cinco o seis chicos lo aplastaron y tiraron la puerta abajo, era la única salida”, contó el joven a la prensa local.
Según los testigos, los vigilantes al parecer no sabían lo que había ocurrido y querían impedir que los estudiantes salieran de la discoteca sin pagar la cuenta.
El incendio se extendió en apenas tres minutos, y con la puerta trancada “se generó aún más pánico y tumulto”, según el comandante del Cuerpo de Bomberos de Río Grande del Sur, coronel Guido De Melo.
La dificultad en la evacuación y la avalancha de las cerca de 1.000 personas hacia la única salida causaron numerosas muertes por asfixia. Muchos también corrieron hacia los baños en busca de aire y de otra salida que no encontraron. Según el capitán Edi Paulo García, de la Policía Militarizada, la mayoría de los cuerpos fue hallado amontonado y sin quemaduras.
“La mayoría terminó muriendo por asfixia, por la inhalación de los gases tóxicos, y muy pocos por quemaduras. Lo que provocó la tragedia fue el uso de un artefacto no autorizado, el pánico, la inhalación de humo tóxico y la puerta cerrada”, aseguró De Melo.
Afuera, según contó De Toledo, los que habían salido cinchaban a los que habían quedado adentro. “Aparecían manos y brazos en el medio de la cortina de humo. Cinchamos a varias personas. Yo incluso saqué a una chica de los pelos. Fue un caos, el momento de mayor desesperación”, recordó.
Dolor compartido
La tragedia obligó a la presidenta brasileña Dilma Rousseff a cancelar su agenda en Santiago de Chile, en donde participaba en la Cumbre Celac-Unión Europea, y a viajar hacia Santa María para acompañar a los familiares de la víctimas y ofrecer la ayuda posible.
A la hora 13.25 (local) aterrizó en Santa María y se trasladó de inmediato al hospital Caridade de Santa María, uno de los que recibió más heridos, para conversar con las víctimas y sus familiares. Luego fue al Centro Deportivo Municipal, donde se depositaron los cadáveres retirados de la discoteca. Allí, al igual que en Santiago de Chile, no pudo aguantar las lágrimas y demostró así su dolor cuando conversó con algunos padres que perdieron a sus hijos.
En horas de la tarde, la angustia de los padres se recrudeció cuando tuvieron que ir al gimnasio a reconocer los cuerpos de sus hijos. “Mi hijo, mi hijo. Quiero a mi hijo, tráiganmelo de vuelta”, gritaba una señora que acababa de distinguir a su chico de 20 años. En el local había varios enfermeros y psicólogos que, por orden del gobernador Tarso Genro, se pusieron a disposición y ayudaban a los familiares de los difuntos.
Junto al entierro de los jóvenes, y aunque transcurran los 30 días de luto decretados en Río Grande del Sur, comenzará la investigación de lo sucedido. Ayer, por lo pronto, se informó que el plan de prevención de incendios del local se había vencido en agosto y que los dueños no lo habían renovado.