7 de enero de 2013 18:55 hs

Un presbiterio en La Habana, década del 50. La monja que está de guardia en la madrugada junto al torno donde las madres dejan a los niños en adopción escucha la campana: un nuevo niño ha llegado. Pero el bebé es raro, es demasiado grande. Lo miran bien: no, no es un bebé, aunque lleva un pañal. Es un enano. Le afeitaron la cabeza y el bigote.

En el cuello tiene marcas de lápiz de labio, de alguna chica de cabaret. Tiene olor a alcohol. Duerme la mona de la borrachera. “¡Me imagino las caritas de las monjas, diciendo ‘pero qué es este niño’, hasta que le sacan el pañal y le miran allí abajo asombradas, porque parece que el enano tenía un tolete del carajo!”, dice Paquito D’Rivera y explota en una risotada que retumba en la tranquilidad de la finca El Sosiego de Punta Ballena. La risa hace que un pajarito levante vuelo.

Cuando Francisco de Jesús Rivera, más conocido como Paquito D’Rivera, toca el saxofón o el clarinete el mundo aplaude de pie a un virtuoso con casi 60 años de una carrera musical que ha partido desde el territorio del jazz y que ha recorrido diversas regiones, desde la llamada música culta a la fusión con muchos géneros, con decenas de discos grabados y premios en su espalda. Pero cuando saca los labios de la boquilla, lo que se escucha es una voz de acentos acarameladamente cubanos a pesar de que hace más de 30 años que dejó la isla, con una genial capacidad de narración llena de recuerdos y de nostalgias, hilarante y disparatada, como aquella Habana de Batista. Una voz que conoce de dictaduras y que hace explícito su constante aguijón crítico hacia el régimen de los Castro, a quienes siempre se refiere con un genérico “ellos”.

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De los 17 Festivales Internacionales de Jazz de Punta del Este, D’Rivera ha participado en 15, tanto como intérprete como presentador, padrino y amigo de su creador, Francisco Yobino. Este año en ese marco, el cubano interpretó un show llamado El jazz se encuentra con los clásicos, donde por ejemplo realizó una versión de un Adagio de Mozart en clarinete impresionante. Paquito D’Rivera respira música pero El Observador decidió llevarlo por otros caminos adyacentes y escucharlo tocar el instrumento de la memoria.

El niño en el Tropicana

La broma del enano es una anécdota que le había contado su padre y que Paquito D’Rivera dejó por escrito en su libro Oh La Habana. El autor de la broma había sido un comediante de televisión, amigo de su padre, Tito D’Rivera, que no se las llevó todas consigo, porque cuando volvió en sí el enano, que colaboraba con él en el programa, lo fue a buscar con un revólver. Alejada de sus fraseos sutiles de clarinete, la risa de D’Rivera se parece más a los ataques de su saxo en sus célebres duelos con Arturo Sandoval.

Esa Habana donde pululaban mafiosos y prostitutas, donde la mejor escuela de la vida era la noche y donde la música fluía sin parar, fue el humus donde se potenció el talento de Paquito, nacido en 1948. Su padre traía instrumentos desde Europa a Cuba. “Decir que era importador suena muy pomposo, porque tenía una oficina muy chiquita y si el instrumento era grande no entraba”, cuenta el músico. A los 5 años recibe de regalo un saxofón que todavía conserva. “Cuando yo tenía 5 años mandó hacer un saxofón pequeño, marca Selmer, que todavía conservo. Él me llevaba a sitios de músicos amigos, donde yo tocaba y ellos cobraban”. Y vuelve a reír.

“La mayor parte de esos instrumentos la gente no los compraba al contado, sino a plazos. Él tenía una libretica e iba cobrando por los cabarets. Y si no, iba a los cabarets a conversar con los músicos, quizá porque le gustaban las bailarinas”, recuerda, mientras pide un vaso de cerveza fría y pica unos trozos de sandía roja de un plato frente a la candidez de un atardecer en el campo uruguayo. La sensación es rara, porque la narración transporta a otro ámbito, a otra época, pero de pronto se interrumpe porque D’Rivera quiere saber cómo se llama ese pájaro tan bonito que camina por el pasto. Es una calandria.

Paquito D’Rivera vuelve una y otra vez a La Habana de los años de 1950, esa ciudad de la pre-revolución que retratara de forma magistral Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres. “Yo me crié prácticamente en el cabaret Tropicana. Vivíamos a 10 cuadras de allí. Era el mejor cabaret del mundo. De niño vi a Nat King Cole allí. ¡Era tremendo el sitio! Era la muerte en bicicleta. Para que tengas una idea: en el año 1961 llegó a La Habana Anastas Mikoyan, era el ministro de Industrias de la URSS. Yo lo vi en una exposición de productos cubanos, pero después se acabaron los productos cubanos (risas). Hubo una frase que dijo él delante de mi padre delante del Hotel Hilton, que después se llamó Habana Libre. Mikoyan entró junto al Che Guevara por la puerta de la cocina y alguien le preguntó qué le parecía La Habana. Parece que contestó: ‘Yo nunca he visto nada como esto. Por favor no pierdan la vida nocturna de esta ciudad’. A Mikoyan después lo destronaron… porque se puso demasiado divertido” (más risas).

Una vida saxual

Además de comerciante, su padre era saxofonista clásico y un día trajo a su casa un disco de Benny Goodman. El pequeño le preguntó qué era eso y el padre le dijo que era “swing”. Era una grabación en vivo en el Carnegie Hall. “Yo entendí ‘carne y frijol’. ‘¿Qué tiene que ver lo que cocina mi mamá con eso?’, le pregunté. ‘No, animal’, me dijo, ‘es el escenario más importante de los Estados Unidos’. Luego tuve la satisfacción de festejar mis 50 años de carrera en el Carnegie Hall, en 2004”, narra el músico.

Oh La Habana no es el único libro de D’Rivera. También escribió Mi vida saxual (el título en inglés es My sax life) y retornan las risas cuando recuerda que el subtítulo era “autobiografía no autorizada” y los editores se lo quitaron. Allí escribió sobre su carrera y su vida como cubano exiliado.

En 1980 fue la última vez que Paquito D’Rivera estuvo en Cuba. Nunca más volvió. Nunca preguntó si tiene prohibida la entrada. “No creo que tenga la entrada prohibida, porque ellos no prohíben que entre dinero. Aunque sean US$ 10. El asunto es que ellos lo controlan todo. Yo me cago en la puta madre de todos ellos y yo no voy a ir ahí”, dice, y larga otra risotada. “Y digo esto incluso pensando en que no hay satisfacción más grande que tocar en la casa de la madre de uno”, reflexiona serio.

“La calidad artística y musical de Cuba es independiente del gobierno. Diría que es a pesar del gobierno. Es un país culturalmente muy fuerte, lo fue siempre. Ese país ha producido gente brillante y va a seguirla produciendo. Hay gente que insiste con que si no hay libertad no hay creatividad. ¡Mentira! Las dictaduras han generado gente brillante, incluso gente brillante adicta a las dictaduras”, concluye D’Rivera con una sonrisa. l

Las ayudas uruguayas
“A mí me persiguen los uruguayos. En el año 1980, cuando pedí asilo en España, el que me salvó la vida fue un uruguayo. Fue un músico que tocó en esta edición del festival: el baterista Carlos Carli. Cuando decidí quedarme, estaba muy solo, exiliado en España, sin conocer a nadie. Alguien me invitó a un restaurante chino y ahí estaba Carlos Carli. Me dijo ‘vente a vivir pa mi casa’. Era un apartamento muy pequeño, y yo dormía en la sala. Luego fuimos al Dallas Jazz Club, muy famoso en Madrid. Muchos años después me enteré de que un grupo de ‘sudacas’ me habían mantenido como dos meses tocando ahí. Me dieron casa, comida, un sueldo, todo. Ese fue mi inicio de relación con los uruguayos”, contó Paquito D’Rivera.

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