París bajo toque de queda, Barcelona sin bares ni restaurantes, Buenos Aires en depresión económica y anímica, Montevideo y Punta del Este casi sin turistas extranjeros. El horizonte lúgubre se completa con el tendal de empresas en quiebra y trabajadores sin empleo.
Los rebrotes de covid-19 por doquier, en el hemisferio norte pero también en Uruguay, dicen que el lío va para largo, pese a los aprendizajes y las aperturas parciales. La pandemia no cesa, aunque reduce su letalidad: muchos casos, menos muertos. No habrá vacunas salvadoras para los grupos de riesgo hasta bien entrado el año que viene, o incluso hasta 2022.
Los países encajan daños muy diferentes.
Perú es el más afectado del mundo por el covid-19, con más de 1.000 muertos por millón de habitantes. Le siguen Bélgica, España, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Estados Unidos y México, en ese orden, todos con alrededor de 700 muertos por millón de pobladores. Argentina y Colombia se les arriman, con cerca de 600 muertos por millón. Alemania o Dinamarca mantienen un lugar relativamente bueno (120 muertos por millón de habitantes), Finlandia está aún mejor (63), Uruguay mucho mejor (15), y las islas de Nueva Zelanda, con 5 muertos por millón, semejan el Paraíso.
Las economías se recuperan, aunque unas más rápido que otras. América Latina estará entre las más lentas, como suele ocurrir.
Los países “emergentes” están viendo empeorar sus problemas tradicionales: fragilidad económica, deuda del sector público, alta pobreza y desigualdad. En esos Estados, la recesión se ha convertido en una depresión, dice el Banco Mundial.
Las peores caídas socioeconómicas de América Latina las padecen Venezuela, Perú, Argentina y México, más o menos en ese orden; y entre los que resurgirían más rápido al fin de la pandemia estarían Uruguay y Chile.
Argentina y Brasil, los dos vecinos y socios de Uruguay, completan una nueva “década perdida”: un pantano de depresión económica y social, como el que padecieron en los años ’80 y principios de los ‘90, cuando la crisis de la deuda e incendios inflacionarios superiores al 3.000% anual.
El martes 13, el diario Folha de São Paulo señaló: “La economía de América Latina debería contraerse 9% en el año, empujando a más de 50 millones de personas a la pobreza. Brasil hace una contribución importante a este descenso, a pesar de haber sido uno de los países que más gastó en los intentos de contener los efectos de la pandemia. Pero es posible que haya gastado más de lo necesario y gastado mal, lo que provocó un desastre mayor para su economía en el futuro”.
El Banco Mundial estima que la deuda pública de Brasil podría llegar a fin de año a 101% del PIB, un nivel casi intolerable.
Entre las principales economías del mundo, Brasil registró el mayor aumento del gasto público entre 2008 y 2019, señaló el estudio de Folha. El gasto conjunto de la Unión, estados y municipios aumentó del 29,5% al 41% del PIB, sin incluir los cargos por intereses, de los más altos del mundo.
Brasil cuenta ahora con el aparato estatal más grande fuera de Europa, y muy superior al de cualquier país emergente importante cuyos datos están disponibles, salvo, quizás, Argentina.
Y sin embargo gasto público no equivale a desarrollo. El fin de las ayudas extraordinarias por la crisis del coronavirus hará que tanto Brasil como Argentina tengan muchos millones de nuevos pobres. La pobreza afectará a entre el 30% y el 40% de la población de los dos países, según cómo se mida.
Para peor, las crecientes legiones de trabajadores informales, que se desplazan de un sitio a otro para ganarse la vida, tienen mayores tasas de contaminación por coronavirus y de mortalidad.
Uruguay, mientras tanto, no tan afectado por el covid-19, está sufriendo menos. Buena parte de sus fundamentos económicos, positivos y negativos, permanecen intactos. Pero el desempleo se ha duplicado desde 2011. Y la superabundancia de mano de obra no calificada mantendrá los salarios bajos.
El nuevo gobierno propone un presupuesto relativamente austero, para no morir aplastado por la brecha fiscal y la deuda.
Uruguay toma dinero prestado a tasas de interés cada vez más bajas, debido a su relativa credibilidad y a la superabundancia de capitales, lo que disimula el problema.
Muchos sectores de actividad, desde las agroindustrias al comercio, tienden a recuperar lentamente el nivel previo a la crisis. Pero el sector turístico, que significa alrededor del 7% del PIB y emplea a unas 110.000 personas, está en coma por la escasez de extranjeros.
El turismo receptivo alcanzó su apogeo entre 2015 y 2017, cuando ingresaron a Uruguay casi cuatro millones de personas. Luego comenzó a decaer por la crisis de Argentina, de donde provienen casi dos de cada tres viajeros. El gasto de los visitantes cayó de US$ 2.334 millones en 2017 a US$ 1.774 millones en 2019.
Es cierto que los uruguayos casi no irán a Brasil y Argentina este año, sus habituales destinos turísticos, y gastarán dentro de fronteras. Ahora en Punta del Este alquilan los uruguayos. Pero ese gasto interno está lejos de compensar lo que dejaban cada año los visitantes extranjeros.
En el futuro, además de resultados económicos, habrá que discutir sobre formas de vivir, transportarse y trabajar.
Las ciudades chicas ahora son más atractivas que las grandes. Algunos de los privilegios de hoy son tener un jardín, un balcón, o una vista despejada, o la posibilidad de trabajar parcialmente en casa, o de desplazarse a pie o en bicicleta hasta un trabajo cercano.