Historiador egresado de la Universidad de Buenos Aires y Doctor en procesos Políticos Contemporáneos de la Universidad de Salamanca.
El llamado de Gabriel Rufián a un pragmatismo sin "purezas" y el reciente relanzamiento de Sumar han desnudado la fragilidad de un bloque que prioriza salvar sus estructuras antes que renovar su proyecto.
Tras décadas de una narrativa épica blindada por el progresismo internacional, Cuba enfrenta un colapso sistémico. Sin mecenas a la vista y con su infraestructura en ruinas, el mito de la "aldea gala" se desmorona frente al peso de la realidad. La complicidad del progresismo internacional.
El presidente de España opera con la lógica de un técnico del siglo XX. Pretende someter la conversación digital a su "botonera de mando", ignorando que la censura en la era del algoritmo solo funciona como una invitación al disenso.
Desde su llegada al poder, Xi Jinping ha desmantelado los equilibrios que sostuvieron la política china durante décadas. El mensaje es claro: la percepción de obediencia personal pesa más que el mérito, incluso si el precio es debilitar a un ejército ante un conflicto real.
Entre discursos pirotécnicos y una lógica implacable, Trump desembarcó en el Foro de Davos con una agenda que expone la fragilidad. El mensaje fue claro: en un mundo sin reglas, la seguridad tiene un precio.
La detención de Maduro y la crisis del régimen iraní son el síntoma de un cambio. Queda al descubierto un sistema internacional que, bajo el ropaje de la soberanía, protegió a tiranos durante décadas.
La captura y traslado de Nicolás Maduro cierra una etapa pero a la vez, plantea una pregunta incómoda: ¿es posible la gobernabilidad sin una intervención directa o una transición pactada desde las entrañas del propio régimen?
Entre el ruido diplomático y la saturación informativa, el mundo se prepara para un año donde la crisis y la incertidumbre serán la norma y el fútbol, quizás, sea el único refugio de una tregua necesaria.
La discusión pública en España muestra como el lenguaje se ha vuelto una herramienta de disciplinamiento. “Ultraderecha” funciona hoy menos como categoría política que como un arma retórica para deslegitimar al adversario y eludir responsabilidades de gestión.