6 de junio 2024 - 23:38hs

Con Dinamarca dando inicio al proceso electoral, adelantándose un par de días, y luego con el resto de los países votando hasta este domingo, el Parlamento Europeo pone en juego sus 720 bancas y, abre paso también, a la renovación de algunas de las principales autoridades individuales y colectivas de la Unión Europea (UE).

El Parlamento es uno de las instituciones que gobierna la UE y que incluye, luego de la defección británica, a representantes de 27 países. Pero lo que ocupa todas las quinielas es cómo quedarán conformados los diferentes bloques políticos y, si los grupos de partidos con posiciones más extremas, e incluso anti europeístas, crecerán y cuánto.

Por supuesto, luego se harán lecturas nacionales y habrá una larga lista de ganadores y perdedores y mucha tela por cortar.

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La elección encuentra a la UE en un momento muy complejo y con muchos retos por delante.

Algunos de ellos son coyunturales, pero de extrema importancia, como la guerra entre Ucrania y Rusia, la necesidad de un mayor crecimiento económico, el ingreso de nuevos miembros, la cuestión de la inmigración y los posicionamientos geopolíticos en medio del fuego cruzado de Estados Unidos y China.

También enfrenta desafíos de corte más estructural, casi fundacionales.

Esto implica que sus autoridades e instituciones tendrían que ponerse a repensar sobre los valores con que la UE se creó y ver si se ajustan a la realidad que viven hoy los europeos.

O si van a continuar las estrategias del siglo XX, exitosas entonces, pero que actualmente derivaron en una cómoda decadencia y un futuro problemático. Incluso podrían analizar con un prisma crítico, las políticas institucionales que viene llevando adelante las últimas décadas.

Pero la UE no discute nada de eso (y difícilmente lo haga). Por eso, los debates, las nuevas demandas, y las críticas, aparecen en otras partes y de distintas formas a las esperadas.

LA UE CON MUCHO PASADO Y UN FUTURO EN SUSPENSO

La creación de las instituciones europeas fue posible por diversos factores muy debatidos y conocidos por los especialistas. Sin entrar en detalles, debe mencionarse la necesidad de evitar más capítulos de las guerras intra e interestatales, especialmente, luego del legado de muerte y destrucción de las dos guerras mundiales.

Esta reconstrucción fue posible porque Estados Unidos, en pos del liderazgo que nacía entonces, decidió financiar toda esa gran movida, primero con el plan Marshall, y después haciéndose cargo de la defensa de la Europa Occidental.

Así, el Estado de Bienestar se convirtió en sinónimo de Europa, y pudo crecer, en gran parte, por no pagar esos gastos de defensa y también por enfrentar costos muy bajos en las importaciones de petróleo y alimentos.

Por lo menos hasta 1973, cuando todo comenzó a cambiar.

Esos años de prosperidad, combinados con el cercano recuerdo a la guerra, también fueron tiempos de rechazo al nacionalismo y por ello de una tendencia a limitar significativamente la soberanía absoluta de los Estados nacionales.

Y esto no solo es parte del ADN de la UE, también lo fue de la conformación de todo el sistema de las Naciones Unidas.

Posiblemente las Naciones Unidas, con sus problemas institucionales, su falta de modernización y el vetusto Consejo de Seguridad, tengan repercusiones solo en aspectos y momentos puntuales de la política internacional.

Pero la Unión Europea afecta la vida cotidiana de millones de personas que, pasado mucho tiempo de aquel corto siglo XX, ya no recuerdan o no ven tan claramente, las ventajas de la enorme estructura inclemente y burocrática en la que se transformó.

LOS PROBLEMAS DE LA UE

La Unión Europea sufre una crisis en la vitalidad de su proyecto, en las dudas sobre el futuro al que conduce y, sobre todo, en la forma en que decidió transitar la relación con los ciudadanos de los países que la integran.

Como el resto de los organismos internacionales del siglo XX, la UE se transformó en una burocracia con conciencia de sus propios intereses, con la decisión (y la necesidad) de seguir sosteniendo financiamientos millonarios y apuntar a que su rumbo sea crecientemente independiente de la opinión, la crítica y las necesidades de los ciudadanos que las sostienen.

Lejos de los líderes notables que tuvo el europeísmo en el siglo XX, de las ideas renovadoras que proclamaron, de los proyectos y del entusiasmo que por eso mismo generaron, los políticos europeos contemporáneos necesitan convertirse en estrellas de Twitter y polemistas mediáticos para lograr que la gente concurra a votar en estas elecciones.

Más grave aún, apelan a polarizar sus sociedades y a generar muros y grietas internas que contrastan con el espíritu común que supo estimular Europa.

La “ultraderecha”, se convirtió en el nuevo fantasma que recorre Europa, la piedra arrojadiza que expulsa del colectivo social a quien la recibe.

Es mejor decir “ultraderecha”, cancelar a quien disiente y eludir así los problemas que cotidianamente viven millones de europeos con la inmigración mal organizada y, en algunos países, con evidentes dificultades de asimilación y bienestar.

Ultraderecha”, la nueva palabra prohibida (como Voldemort) pero fervientemente usada antes que rendir cuentas de idealismo adolescente que llevó a parte de Europa a depender de la energía rusa.

“Ultraderecha” como única respuesta a todo lo que no gusta o incomoda al relato dominante.

Al mismo tiempo que las ideas de cuidado del medio ambiente se dirigen cada vez más a confrontar con la propiedad privada y el desarrollo.

O abandonando el ideal de fraternidad, uno de los principios fundantes del europeísmo clásico, para hacer la vista gorda frente a dictaduras y gobiernos autoritarios instalados en otras partes del mundo como en Venezuela, Cuba, Hong Kong, Myanmar y Bolivia, entre muchos otros.

La UE que hoy conocemos no fue producto de un avance lineal e ininterrumpido, pero sí fue fruto de movimientos constantes y de algunas ideas comunes y compartidas donde la democracia liberal y todos los valores que de ella se desprendían, ocupaban un lugar trascendente. Sobre todo, en oposición al totalitarismo soviético.

Sin embargo, la ideología del Estado supranacional europeo se aleja a paso firme de lo que fue un proyecto común y democrático. Y al que no le gusta, se convierte automáticamente en la “ultraderecha”. Y por eso la desafección primero y la aparición de grupos anti-europeos viene creciendo con el tiempo y, seguramente, crecerán aún más.

El costo de todo esto, además, es la recurrente pérdida de iniciativa, la decadencia demográfica y geopolítica y la falta de comprensión de los desafíos globales que enfrenta el europeísmo.

Pero el destino inmediato es la intrascendencia, en el mejor de los casos.

Si no es que conduce a Europa a una nueva guerra para cerrar un ciclo cuyos aprendizajes han quedado lentamente en el baúl de los recuerdos.

Fernando Pedrosa es Investigador y Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires.

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