5 de mayo 2024 - 20:41hs

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible de España, Oscar Puente, lo declaró con sorna. Al referirse a unas viejas declaraciones del presidente argentino, Javier Milei, afirmó que: “Cuando salió no sé en qué estado y previa a la ingesta o después de la ingesta de qué sustancias”.

Pero las desubicadas palabras del ministro no son excusa suficiente para justificar, ni para explicar, por qué la disputa tomó esta dimensión con un ida y vuelta de comunicados de prensa oficiales, pedidos de renuncia, declaraciones de propios y extraños azuzando la cuestión, y la atenta cobertura de los medios de comunicación, tapas de periódicos y constantes menciones en las redes sociales.

Por otra parte, el ministro Puente es un perfecto desconocido fuera de su país.

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Además, dentro de las fronteras españolas, es un político más, rápido para la provocación y con no muy buena imagen pública.

Puente llegó a ocupar la titularidad del Ministerio más por la lealtad que mostró hacia el presidente del gobierno Pedro Sánchez –incluso antes de ganar la interna de su partido–, que por sus conocimientos sobre transporte o por su propio volumen político.

A pesar de haber sido alcalde de Valladolid, el ministro Puente logró su momento de mayor protagonismo en la sesión de investidura de septiembre del año pasado.

Eso ocurrió luego que el líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, presentará en el pleno sus pretensiones de formar gobierno por haber obtenido mayor cantidad de votos en las elecciones de julio de 2023.

La tradición parlamentaria indicaba que Sánchez debía responderle, pero sorpresivamente fue designado Puente, como una forma de “bajarle el precio” a la candidatura de Núñez Feijóo, que, como era público, casi no tenía posibilidades de ser electo. Si bien había obtenido una mayor cantidad de votos electorales, esto no se había traducido en el número de diputados necesarios para imponerse como presidente de gobierno.

A las palabras no se las lleva el viento

Las polémicas palabras de Puente sobre Milei, para ser sinceros, no parecían tener la voluntad de iniciar un conflicto diplomático.

Más bien, fueron dichas por la suma de irresponsabilidad, falta de práctica en la discreción y el estímulo de un auditorio entusiasta, antes que por un cálculo frío y político.

Pero justo en ese momento Puente estaba dando una clase de comunicación política, y sabemos –y él mas que nadie lo sabe– el impacto y el morbo que produce hoy en día la incorrección política cuando proviene de dirigentes con responsabilidad de gobierno.

Así que ahí están sus palabras, girando globalmente e incendiando las relaciones entre los gobiernos de Argentina y España.

Eso sí, lo que no se escuchó, al menos públicamente, es a alguien del gobierno español llamando al orden al ministro bocazas. Todo lo contrario.

El también locuaz Milei, esta vez, no ha sido el promotor del enfrentamiento, aunque tampoco ha hecho nada para evitarlo.

Lejos de eso, duplicó la apuesta con un comunicado oficial donde retoma las acusaciones de corrupción a Sánchez por los negocios de su esposa.

La leyenda negra en España

Más allá de este incidente, Sánchez y Milei no son precisamente amigos ni mantuvieron relaciones en el marco de la cordialidad que impone la diplomacia.

Ya en la campaña electoral argentina, Sánchez dio un paso poco inusual y se manifestó a favor del candidato kirchnerista, Sergio Massa, para el ballotage que definía la elección presidencial.

En la misma sesión de su investidura, Sánchez manifestó otra vezojalá que gane Massa y no Milei”, y le atribuyó a este un “delirante discurso reaccionario”, para luego utilizar declaraciones del entonces candidato Milei para castigar a sus rivales del Partido Popular.

Sánchez no se detuvo ahí. Poco después grabó un video donde hacía más explícito ese apoyo: “Querido Sergio, te envío todo mi apoyo desde España y mis más sinceros deseos de éxito para las próximas elecciones del 19 de noviembre. Suerte y a ganar”.

El comité de campaña de Milei (pero no él personalmente) respondió acusando a Sánchez de estar implementando un golpe de Estado por la sanción de la polémica ley de amnistía que entonces ocupaba el centro de atención de la política española.

La respuesta de los libertarios no tuvo mayor trascendencia, dado que Milei aún no era presidente y el tema no afectaba demasiado el proceso electoral argentino.

Ya entonces Sánchez veía en Milei al adversario perfecto e insistió con las críticas públicas y fuera de protocolo.

El siguiente round tuvo lugar poco después, en el tradicional Foro Económico realizado en la ciudad suiza de Davos.

Milei hizo un discurso más bien programático, que no tuvo a Sánchez entre sus menciones, pero este no dejó pasar la oportunidad de responderle. Cuando llegó su turno, luego del argentino, se dedicó a impugnar las palabras que Milei había pronunciado y que sintetizó como “los españoles sabemos que las políticas neoliberales no sirven”.

Al mismo tiempo, la cercanía del presidente argentino con la oposición española, especialmente con Vox, puede ser vista como una interferencia permanente en la interna propia y por eso, un motivo de molestia del oficialismo socialista.

Este choque pronto se volverá a repetir con el viaje del argentino a la península, previsto para la segunda quincena de mayo, invitado, justamente, por Santiago Abascal.

¿Peleas para la tribuna?

Este tipo de enfrentamientos parece traer una suma de beneficios para ambos líderes.

Primero, imponen agendas donde eluden los temas y problemas locales que más los incomodan en sus respectivos países.

A Sánchez, además, y en esta ocasión, lo ayuda a protagonizar, indirectamente, las elecciones catalanas y a Milei le permite no hablar todo el tiempo de la inflación y el aumento de los precios.

En segundo lugar, estas riñas dialécticas se adaptan a las estrategias políticas más generales de ambos mandatarios.

Para Sánchez, es una forma de motivar a los propios y de agrupar a la derecha española junto a la ultraderecha, sin distinción entre ambas, para así de facturarles su extremismo.

Mientras que Milei, se posiciona como un líder reconocido por los demás (por eso se pelean con él), cuya influencia va más allá de su país y, al mismo tiempo, castiga a los referentes de la izquierda global como una forma de agrupar a su propio electorado.

Mientras a Milei este duelo le permite abrir el debate político tan localista argentino y entrar en agendas más amplias, como hizo en su discurso de Davos para mostrar un creciente liderazgo, Sánchez recorre el camino inverso para consolidar a toda costa su ¿declinante? poder personal.

De hecho, ha sido acusado por la prensa no oficialista de seguir un camino “peronista”. El propio ex vicepresidente del Gobierno, el también socialista Alfonso Guerra, incluso lo ha criticado por su estilo "peligrosamente autocrático".

Paradójicamente, quizá Sánchez y Milei, Milei y Sánchez, no sean tan diferentes como suponen.

Ambos sostienen su poder en medio de turbulencias económicas y cambios sociales en sus propios países, en un mundo confuso que no ayuda y lo hacen al filo de la institucionalidad democrática, fomentando la polarización y castigando a los medios de comunicación que los critican.

Sobre todo, ambos mandatarios renuncian conscientemente a la herencia de las transiciones democráticas que oficiaban de guía y marco de la política doméstica.

El tiempo dirá hacia donde los lleva.

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