1 de septiembre 2025 - 16:06hs

Hay gestos que, por su potencia simbólica, logran atravesar el ruido cotidiano y fijarse en la memoria colectiva. La expedición Uruguay SUB200 colocó una bandera uruguaya a casi 1.700 metros bajo el mar, con motivo del bicentenario de la independencia. Un acto sencillo, hasta teatral, que, sin embargo, condensa algo mucho más profundo: la posibilidad de que la sociedad se mire en la ciencia como en un espejo.

Durante la pandemia causada por el coronavirus, la ciencia nos habló desde un lugar más áspero, lleno de gráficos, curvas y restricciones. El Grupo Asesor Científico Honorario fue la figura visible de ese contrato social, pero logró conectar con la población de una manera cálida, accesible y sin pretensiones, generando un control de daños frente a una fuerza entonces temible. Hoy, en cambio, la ciencia vuelve a escena desde otro registro: el de la fascinación.

Este cambio de registro no es menor. Presentada en tiempo real a través de transmisiones en vivo, la ciencia deja de ser un corpus inaccesible para convertirse en un espectáculo cultural. Los ciudadanos ya no reciben el saber científico como mandato, sino que participan de él como parte de la historia, acompañando el descenso de un robot submarino que devela un territorio hasta ahora invisible. Esa democratización visual constituye una pedagogía implícita: al compartir el asombro, se construye comunidad.

Esta relación entre sociedad y ciencia necesita del impulso institucional. Porque el asombro no se sostiene solo: requiere políticas públicas que financien la investigación, que transmitan sus resultados y que permitan que los hallazgos circulen como patrimonio común. Cuando los gobiernos deciden acompañar y poner la ciencia al alcance de todos, la exploración deja de ser un evento aislado y se convierte en una experiencia compartida y en un idioma público que fortalece la democracia. Es allí, en la conjunción de curiosidad y Estado, donde se juega la vitalidad de nuestra relación con el conocimiento y con el mundo que habitamos.

Esta expedición debe entenderse más allá de sus logros estrictamente científicos. Su verdadero aporte es cultural. Nos enseña que la ciencia no es solo una técnica para domesticar a la naturaleza, sino una narrativa que amplía las posibilidades de lo humano. En tiempos de desconfianza, cuando el discurso científico suele ser reducido a expertocracia, un acontecimiento como este restituye la dimensión más fértil de la ciencia: la de convocar, la de despertar curiosidad, la de hacer de lo desconocido una experiencia común.

En última instancia, la ciencia no se limita a laboratorios ni a publicaciones en revistas especializadas. También -y, acaso, sobre todo- se manifiesta en estos gestos, en la construcción de imágenes que circulan y que nos reintegran a un sentido de pertenencia. El descenso al fondo del mar que invocaba Verne no es solo la travesía de los científicos que la llevan a cabo. Es también la nuestra, la de los espectadores que, desde la superficie, nos reconocemos partícipes de un relato mucho más cercano.

En aquel cruce entre curiosidad, inversión pública y gesto simbólico, encontramos la vitalidad de nuestra relación con el conocimiento. Y, así, la ciencia se vuelve puente, porque conecta lo profundo y lo remoto con la vida cotidiana. Porque transforma lo inaccesible en experiencia compartida. Y porque sitúa a la sociedad en un diálogo activo con el mundo que habita.

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