27 de febrero 2025 - 5:05hs

Hace pocos días asumieron los Diputados y Senadores que representarán a los ciudadanos uruguayos en el Parlamento.

En sus discursos, varios legisladores hicieron mención al rol que pretenden cumplir. Claramente un rol siempre presente es el de legislar, otro, es el ejercicio del contralor parlamentario que la Constitución y las leyes imponen.

También, muchos legisladores hicieron mención a que pretenden representar “fielmente” al pueblo. El rol “representativo” tradicionalmente ha sido objeto de discusión en la filosofía política.

Es que hay distintos modos de representar y hay distintos intereses para representar. ¿Se representa a los delegantes del poder? ¿Se representa a los intereses generales por encima del interés particular de los delegantes? ¿Los intereses son los actuales? ¿Los futuros? ¿Representar fielmente a los uruguayos de un Departamento es representar fielmente al conjunto nacional?

Veamos los tipos de representación política. Así, hay un tipo que es la “descriptiva”, que consiste en construir algo así como un espejo social. Ella parte de la idea de que los representantes deben reflejar las características socioculturales de la sociedad a la que pertenecen. En ese sentido, la teórica política Anne Phillips expresa la idea que podemos resumir en lo siguiente: “no basta con que los intereses de un grupo estén representados; es necesario que las personas que ocupan cargos reflejen la composición real de la sociedad”. Ese modelo es el fundamento para que incluso, desde la vestimenta y la apariencia, se busque reflejar -no necesariamente de manera genuina- una condición de compromiso político.

El fundamento filosófico político de este modelo es el de reparar desigualdades históricas y garantizar que grupos tradicionalmente marginados tengan una voz efectiva en los ámbitos de representación.

Hasta aquí todo es ideal, pero claro, hay que recordar a los incautos navegantes: la similitud social no garantiza una representación efectiva y real de intereses. Ingresar termo y mate al Parlamento no necesariamente genera una representación más eficiente ni genuina.

Otro modelo es el de la representación delegativa, que sostiene que el representante actúa con una autonomía casi absoluta una vez elegido, sin estar obligado a responder ante los ciudadanos (hasta la siguiente elección). Este tipo de modelo sirve de base a los liderazgos de corte populista.

Siglos atrás, Edmund Burke fundamentó lo que se conoce como la representación “fiduciaria”. En ella, el representante no es un simple ejecutor de la voluntad popular ni un reflejo de la sociedad, sino un agente encargado de tomar decisiones en beneficio del pueblo, incluso si estas no son inmediatamente populares. Es una suerte de guardián del bien común.

Burke, en su famoso discurso ante los electores de Bristol, esgrimió: “el Parlamento no es un congreso de embajadores, cada diputado representa a toda la nación y no solo a una parte de la misma (…) porque el gobierno es cuestión de razón y de juicio, no debe sacrificarlos a la opinión de sus representantes aunque sus representados deben ser lo que más pese en esa opinión”.

Este modelo implica que el representante es una especie de agente enfocado en obtener el bien común, similar a cómo un abogado representa a su cliente con independencia profesional o cómo un médico toma decisiones por el bienestar de su paciente. No sigue órdenes directas, sino principios de responsabilidad ética.

La historia está plagada de ejemplos de este tipo de acciones, quizás una emblemática es la que encarna la figura de Winston Churchill, quien durante la Segunda Guerra Mundial, tomó decisiones complejas, como no negociar con la Alemania nazi, a pesar de que existía un sector de la sociedad británica que estaba a favor.

Claro que este modelo también puede recibir críticas; quizás la más certera es la que identifica cierto paternalismo político, ya que el representante parecería saber o conocer lo que el pueblo realmente “precisa” y con ello se justifican medidas impopulares.

Para resolver estas tensiones es clave el control ciudadano. Así Bernard Manin sostenía la necesidad de “equilibrar la autonomía del representante con mecanismos de rendición de cuentas para evitar el abuso de poder”.

En política, representar no solo es hablar en nombre otro, y no solo es reflejar una realidad, es además, defender los intereses que emanan de la voluntad general que como bien definía Rousseau, debe buscar el bien común.

“Los hombres a veces son dueños de su destino” le hizo decir Shakespeare a Julio César. Y con ese protagonismo, el ciudadano deberá exigir que sus representantes sean tales, para bien no solo de cada uno, sino del conjunto.

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