¿Qué hacer? Un estudio del Programa de Población de la Universidad de la República había dicho: “La evidencia sugiere la necesidad de objetivos de mejora de las condiciones de crianza, más que cualquier otra cosa. No solo porque sostener políticas así podría generar un ambiente amigable con la concreción futura de intenciones reproductivas hoy frustradas, sino porque es necesario para mejorar el bienestar de los niños ya nacidos (crucial en un país donde la proporción de pobreza infantil duplica a la total) y de los adultos que ejercen de padres y madres”.
En esa línea, los demógrafos advierten que han sido poco exitosos aquellos países que se fijaron metas de tasas globales de fecundidad. El ejemplo más evidente es Japón. Este país, que ya hace medio siglo tenía una baja fecundidad, que creó un ministerio específico para incentivar la natalidad, y que pasó de invertir 0,36% del PIB a más de 1,3% en políticas familiares, llegó a la conclusión de que “la baja fecundidad es resistente a las políticas” y que el impacto de las políticas es tan pequeño que “no hay final a la vista”.
En Japón, donde hay licencias iguales para varones que para mujeres, ellos casi no hacen uso de ese beneficio. Más de la cuarta parte de las mujeres no tienen (o no quieren tener) hijos. Y todavía no lograron una alta matriculación en cuidados y educación en la primera infancia, pese a que el servicio es gratuito para quienes lo requieran. En definitiva: allí pesa la cultura, el concepto de familia, la división del trabajo. Y por eso el país asiático está lejos (muy lejos) de la meta de 1,8 hijos por mujer que se había propuesto.
Y es ahí donde la encuesta de El Observador y los académicos de la Udelar logra un hallazgo: “Los resultados muestran que el costo-oportunidad de tener hijos es mucho más pesado para las mujeres que para los varones, en especial en los sectores más educados”, dice tras la lectura de los datos el demógrafo Mathias Nathan, del Instituto de Investigación en Justicia Social y Desigualdades (también de la Udelar).
Para explicarlo al detalle, vamos de a poco:
Cuando se mira el nivel educativo de los encuestados, empiezan a notarse algunas "escaleras perfectas”. La más evidente es que en las personas con estudios terciarios completos (profesionales universitarios, por ejemplo), el principal problema es cómo conciliar la vida familiar y laboral.
¿Será así para los varones y para las mujeres? El siguiente gráfico deja más en evidencia el hallazgo:
La literatura, sobre todo la más económica y las encuestas de uso del tiempo, habla de que en Uruguay viene mejorando la distribución del trabajo no remunerado. Pero los resultados del estudio de El Observador y los académicos nota que, al menos entre los más educados, existe una disparidad entre lo que es el proyecto de vida y los costos que tienen que asumir las mujeres versus los varones por ser mamás.
Fernando Filgueira ya había advertido de una posible “huelga de vientres”. Es un término que no gusta mucho a algunos grupos feministas —porque pareciera que la “culpa” es de la mujer—, pero que en su concepción demográfica más reciente implica que ellas “razonablemente” no quieran tener hijos (o al menos no muchos) porque la carga sigue estando más en ellas: se las penaliza en lo laboral, tienen menos chances de ascender a los grados académicos más altos, son las que por más corresponsabilidad (dicen la encuesta de Género y Generaciones) más tiempo dedican y pasan pensando en sus hijos: que si la vianda, que si la llaman de la escuela, que quién lo cuida cuando está enfermo, que…
Cuando se miran datos objetivos, en Uruguay hay algunas explicaciones concretas de la gran caída de nacimientos. Se redujo con mucho énfasis los embarazos en adolescentes. Eso, más cambios de “la vida moderna” del resto de la población, fue retrasando la edad con la que, en promedio, se tiene el primer hijo. Por decantación bajaron los embarazos no deseados y no planificados. Y la duda está en si aquellas que no fueron madres tan jóvenes tendrán hijos, a qué edad lo harán y cuántas decidirán no hacerlo. Este punto es parte de las preguntas que hizo El Observador, la UMAD y Ferreira, cuyos resultados serán presentados en próximas ediciones.
Por otra parte, Francia empezará a enviarles cartas a sus ciudadanos mayores de 29 años, a partir del próximo verano boreal, donde se muestra cómo la infertilidad crece con los años y también aumentan las chances de complicaciones: en el feto y en la salud de la madre.
La medida causó polémica. Para algunos fue una indignación. Para otros fue una estrategia para que el ciudadano informado tome sus propias decisiones. Porque, otra vez, siempre hay una ecuación de costo-oportunidad (incluso más allá de lo económico).
¿Qué pasa en los sectores menos formados?
Hubo un momento en el que se decía que las mujeres más pobres querían tener hijos para "poseer" algo propio. Luego se dijo que muchos de esos embarazos no eran ni deseados ni planificados, que faltaba acceso a educación sexual y anticonceptivos. Los datos de la nueva encuesta no descartan que algo de esto pueda existir, pero emergen nuevas explicaciones de cómo las menos formadas perciben por qué se tienen menos hijos.
El siguiente gráfico muestra uno de los motivos que parece clave y que valdría estudiar con más profundidad:
Aunque la diferencia no es tan marcada como la dificultad para conciliar la vida familiar y laboral, la sensación de que tener un hijo es una gran responsabilidad pesa más en las mujeres que en los varones. Y más aún en las menos educadas.
Los estudios de desigualdad en Uruguay (algunos dirigidos por Carlos Filgueira) ya mostraban en el pasado un ausentismo mayor de los padres dentro de los sectores más pobres.
Eso tiene consistencia con la realidad de los hogares de los sectores menos formados. Muchas veces están encabezados por jefas de hogar monoparentales, con empleos informales o salarios más bajos, y que aún así son quienes van a la escuela cuando las citan, quienes sufren violencia intrafamiliar y quienes visitan a sus familiares presos. Por lo cual su “incipiente huelga de vientres” parece estar más vinculada a la carga que conlleva la maternidad. Una carga que tiene mucho de estructural antes que cualquier incentivo pro-natalista.
El dato curioso de la encuesta
A mayor edad, sobre todo cuando ya se superó la etapa de mayor fertilidad femenina, el factor económico se percibe menos como un problema para tener hijos.
Lo mismo pasa con las mujeres que ya tuvieron hijos, que no perciben tanto a la economía como un problema.
El dato inesperado, sin embargo, surgió al cruzar las razones esgrimidas con el nivel de religiosidad.
Y aunque menos del 10% de los uruguayos se considere muy religioso (incluyendo en ello la asistencia a rituales), en ese subgrupo una de las razones más mencionadas fue “otra” que no figuraba en el listado.
¿Cuál otra? No lo sabemos. Pero es probable que exista en ese núcleo duro, que al juzgar por su posición frente a la educación sexual desde la escuela y sobre el derecho a decidir la interrupción voluntaria del embarazo adoptan posturas más conservadoras, estén reflejadas en “la desintegración de la familia tradicional”, la “ideología de género”, o como lo dice en una de las argumentaciones de motivos de su proyecto el diputado Dastugue (evangélico profeso): “Promueva el valor de la vida y la crianza a través de campañas de concientización, sensibilización y educación sobre la importancia de la familia y la natalidad”.
¿Cómo se hizo la encuesta?
El Observador, la Unidad de Métodos y Acceso a Datos de Ciencias Sociales (Udelar), y el docente en Estadística Juan Pablo Ferreira aplican a nivel masivo en Uruguay un monitoreo de la opinión pública con encuestas no probabilísticas que permiten inferencias a través de modelos alternativos.
Aquí puede ver algunas de las notas realizadas mediante estas técnicas.
Este proyecto de encuestas —anónimas y cuyos datos no son usados con otros fines que académicos y periodísticos— es una apuesta a la innovación en la aplicación de nuevos modelos de investigación social, la confección de trabajos comunicacionales de calidad e independientes (no reciben apoyo de empresas ni de políticos), y la elaboración de documentos académicos que permiten generar conocimiento.
Para este sondeo puntual fueron encuestados 3.325 voluntarios.
Contó con el apoyo del politólogo Juan Ignacio Pintos.
A continuación los detalles metodológicos: