—La ley obliga a que las inmigrantes recientes no accedan al derecho con la velocidad y respeto que requieren. Necesitan tener al menos un año de residencia. Pero muchas llegan al Pereira Rossell con embarazos no deseados fruto de violaciones en la redes de trata de personas. La norma se tiene que acomodar al Uruguay de hoy.
El de hoy no es solo el que recibe más inmigrantes, sino también el que está rodeado de países en las que el aborto se despenalizó (incluyendo Argentina) y ya queda sin efecto “el cuco del turismo abortivo”.
Tampoco hubo un auge de los abortos en Uruguay. La cantidad está en una meseta cercana a los 11.000 abortos al año y los datos preliminares hasta octubre indican que en el 2025 tampoco hubo un cambio.
Para la directora general de Salud, la también ginecóloga Fernanda Nozar, también es necesaria la revisión de la ley. Pero desde su mirada más asistencial dice que “es prioritario” aumentar las semanas en las que se permite el aborto. Sucede que los resultados de algunos estudios clave que se han universalizado, que detectan las probabilidades de padecer algunas anomalías cromosómicas, llegan después de la semana 12 en que la mujer ya no puede tomar una decisión (salvo que haya sido violada, en que se permite hasta la semana 14).
Y si bien los médicos tienen la obligación de asesorar en cómo se hace un aborto en domicilio aunque se esté por fuera de la fecha (de hecho en más del 90% de las interrupciones es solo con fármacos en domicilio sin complicaciones posteriores), países como Colombia ya permiten hasta la semana 20 que es cuando todavía es inviable la vida fuera del útero.
Briozzo vuelve al concepto filosófico. “Es cierto que cuanto más semanas pasan de gestación, sobre todo después de la semana 20, mayor es el riesgo para la mujer. Pero el punto es si se entiende la interrupción como un derecho”. Lo dice pensando en Francia, donde no se establecen fechas porque es constitucional, o Canadá donde el aborto es un servicio de salud siempre y no existe una ley que haga limitaciones.
El ministro interino está a favor de ese “extremo”, pero sabe que será más difícil convencer a los legisladores en un país cuyas leyes más progresistas suelen ser conservadoras en las limitaciones que imponen, o donde juegan valores religiosos que cruzan lo partidario.
Y es entonces que la encuesta de El Observador, la Unidad de Métodos y Acceso a Datos (UMAD) de la Udelar y el estadístico Juan Pablo Ferreira da algunos indicios.
Hecha la ley, hecha su fisura
Apenas había pasado un minuto de las tres de la tarde cuando el Senado aprobó la ley de interrupción voluntaria del embarazo —la que está vigente hasta hoy y que no fue vetada como el intento anterior—. Uruguay se convirtió ese 17 de octubre de 2012 en el primer país de Sudamérica en haber despenalizado el aborto.
Los cuatro diarios principales de la época y de tirada nacional —recuérdese que entonces las rotativas aún funcionaban a toda máquina— tuvieron sus horas para pensar las portadas. Para establecer ese “contrato de lectura” que, según el fallecido semiólogo Eliseo Verón, no tiene tanto que ver con qué se dice, sino cómo se dice aquello que se menciona.
El Observador, cuyo director del momento era del Opus Dei, dejó relegada la noticia a un título sin foto (prefirió una imagen de Luis Suárez con su hija), y tituló: “Buscan una alternativa al referéndum del aborto”. El País, cuyo editor jefe de entonces también era del Opus Dei, le dio más despliegue y escribió: “Aprueban la ley de aborto y hoy lanzan referéndum”, puso la imagen de aquellos que estaban en las barras del Parlamento y habían sido “derrotados”. Uno sostenía un rosario en la mano.
La Diaria, más identificada con sectores de izquierda y que por entonces no tenía una “columna” editorial y su línea era manifestada en la portada, optó por titular con tres palabras: “Se permite interrumpir”. Y la foto era la del Senado en la discusión. La República, también identificada con la izquierda, puso: “Ellas deciden, la sociedad respeta”. Y casi media portada la ocupaba una foto de las manifestantes de color naranja a favor de la interrupción voluntaria.
Las cartas de presentación de estos cuatro diarios era un reflejo de lo que se vivía: las encuestas de opinión pública del momento mostraban que el apoyo a la despenalización apenas superaban a la mitad de los encuestados y que la religión tenía su peso —a veces más que las disciplinas partidarias— en el nivel de acuerdo.
El paso del tiempo —y la puesta en marcha de la práctica— fue aumentando los niveles de aprobación, hasta llegar a ese apoyo de siete de cada diez que indica el sondeo de El Observador, la UMAD y Ferreira.
Pero como si el tiempo no hubiese pasado, la religión (o mejor dicho el nivel de religiosidad) sigue siendo el gran parteaguas. La siguiente gráfica lo muestra:
Briozzo quiere cambiar la ley, pero sabe que con los votos de su partido (Frente Amplio) no le alcanzan (al menos no en Diputados donde carece de la mayoría). Entonces está la duda, ¿cuánto pesa la política partidaria?
La encuesta de El Observador y los académicos de la Universidad de la República refleja que casi nueve de cada diez de quienes votaron en el balotaje por la fórmula encabezada por Yamandú Orsi está a favor de la interrupción voluntaria. Entre los votantes de Álvaro Delgado no llega a la mitad (48%).
La base de datos del proyecto de encuesta de El Observador y los académicos permite ver también el cruce con el voto en las elecciones nacionales de octubre. El apoyo es mayor entre los frenteamplistas, luego en los colorados, más atrás en el Partido Nacional y todavía más lejos los cabildantes.
Pero sobre todo permite abrir una discusión identitaria que es más vieja que el dilema de qué vino antes, ¿el huevo o la gallina? Llevado al caso, ¿vino ante la religiosidad o el partido político?
En el siguiente gráfico puede observarse cómo se distribuyen los niveles de religiosidad según el voto en el balotaje. Y la duda sigue abierta. Tan incierta que según el sociólogo Néstor Da Costa, especializado en religión, “tantos los partidos políticos como las religiones, y sus prácticas, forman parte de la construcción de una identidad y es muy difícil saber qué pesa más”. Como ejemplo, cuenta que bajo la administración de Donald Trump se están dando cambios en ese sentido en la sociedad estadounidense que van rompiendo con el clásico clivaje de liberales versus conservadores como era entendido antes.
El saber no ocupa lugar, ¿o sí?
Los datos preliminares del Ministerio de Salud Pública indican que en 2025, hasta que acabó octubre, se habían hecho 9.189 abortos en Uruguay (una baja inferior al 2% en comparación al mismo período de 2024). Una meseta.
A priori, según esos mismos datos, las interrupciones se hicieron casi a la par en el sector público y en el privado, y pareciera haber una leve baja en los abortos en adolescentes (tal vez porque fue allí donde más cayeron los embarazos).
Briozzo sigue igual preocupado porque en casi todas las políticas sanitarias las más pobres son las que tienen menos derecho o acceso.
Pero puede que también pese el nivel de información o formación (que es una aproximación al nivel socioeconómico). En casi todas las políticas de este tipo —pasa lo mismo con eutanasia, matrimonio igualitario o cualquiera de la llamada “agenda de derechos”—, el apoyo aumenta con el saber.
La siguiente gráfica de la encuesta de El Observador, UMAD y Ferreira lo enseña:
Las mujeres, como ya sucedía antes y porque además son las que cargan con el embarazo, apoyan más la interrupción voluntaria que los varones. Los de Montevideo lo hacen más que el interior. Pero una novedad que añade la nueva encuesta de El Observador y los académicos es que los que más apoyan no tienen hijos o tienen solo uno; todo un efecto en un país en el que cada vez nacen menos niños:
¿Cómo se hizo la encuesta?
El Observador, la Unidad de Métodos y Acceso a Datos de Ciencias Sociales (Udelar), y el docente en Estadística Juan Pablo Ferreira aplican a nivel masivo en Uruguay un monitoreo de la opinión pública con encuestas no probabilísticas que permiten inferencias a través de modelos alternativos.
Aquí puede ver algunas de las notas realizadas mediante estas técnicas.
Este proyecto de encuestas —anónimas y cuyos datos no son usados con otros fines que académicos y periodísticos— es una apuesta a la innovación en la aplicación de nuevos modelos de investigación social, la confección de trabajos comunicacionales de calidad e independientes (no reciben apoyo de empresas ni de políticos), y la elaboración de documentos académicos que permiten generar conocimiento.
Para este sondeo puntual fueron encuestados 3.325 voluntarios.
A continuación los detalles metodológicos:
Ficha metodologica reproducción