Niños con agendas llenas, pantallas al alcance y poco tiempo libre definen hoy muchas infancias. Frente a este escenario, crece la duda sobre si más estímulos realmente favorecen el desarrollo o terminan afectándolo.
A partir de esa inquietud, El Observador junto a Medicina Personalizada (MP) impulsan una nueva entrega de MP Talks, un ciclo que propone poner en discusión temas que atraviesan la vida cotidiana desde una mirada experta y cercana.
En esta oportunidad, el foco está puesto en la infancia y en cómo los hábitos actuales, atravesados por la tecnología y la sobrecarga de actividades, pueden incidir en el desarrollo y el bienestar de los niños.
Embed - ¿Estamos sobreestimulando a nuestros hijos? Pantallas, agendas llenas y el costo oculto
¿Qué dice la evidencia?
A partir de la mirada del Prof. Dr. Alfredo Cerisola, pediatra especializado en neuropediatría, y los testimonios de la comunicadora Carolina Anastasiadis y la cocinera y comunicadora Ximena Torres, el episodio abre el debate sobre los límites, los tiempos y la calidad de los estímulos que reciben hoy los niños.
Cerisola advierte que la evidencia científica es clara: en los primeros años de vida, el desarrollo cognitivo, social y del lenguaje está profundamente ligado a las interacciones humanas. “Niños que juegan menos, que tienen menos lectura compartida, menos canciones o paseos, y están más expuestos a pantallas, ven afectado su desarrollo”, explica.
En esa línea, remarca que en menores de dos años no existe ningún beneficio en el uso de pantallas, algo que —según señala— está respaldado por estudios internacionales y recomendaciones de organismos como la Organización Mundial de la Salud.
A partir de los dos o tres años, si bien pueden existir contenidos adecuados, el especialista subraya que el factor clave es el uso compartido. “Cuando hay un adulto acompañando, ese momento puede transformarse en una experiencia más rica y hasta protectora para el desarrollo”, sostiene.
Desde la experiencia cotidiana, Carolina Anastasiadis pone el acento en el vínculo y advierte que “estamos perdiendo lo vincular, que es lo que necesitamos para el neurodesarrollo básico”. En su casa propone algo que define como “el tiempo de la nada”, espacios deliberados sin planificación donde el objetivo es simplemente no tener un plan.
En esos momentos, cuenta, surgen actividades simples pero significativas —como cocinar o hacer manualidades— que habilitan la conversación y la conexión. Sin embargo, reconoce que no siempre es lo más fácil. “Para mí, como madre, es mucho más sencillo darles una tablet y ponerme a hacer lo que tenga que hacer”, admite.
Anastasiadis también advierte sobre señales de alerta que pueden aparecer cuando la exigencia supera a los niños, como problemas de sueño, cambios en la alimentación, irritabilidad o dolores físicos asociados a la ansiedad. En ese sentido, sostiene que existe el burnout en niñas también y recuerda una frase que la hizo replantearse la rutina familiar, cuando su hija le dijo “mamá, solo soy una niña”.
El lugar del aburrimiento
Por su parte, Ximena Torres aporta una mirada atravesada por la duda constante que, dice, genera la sobreinformación actual. “No hay un día que no vea algo que me haga cuestionar mi maternidad”, reconoce. Frente a eso, intenta apoyarse en información validada y en su propia experiencia de infancia.
En su casa, las rutinas incluyen tareas domésticas desde temprano —como hacer la cama o preparar el desayuno—, pero también una premisa clave: permitir el aburrimiento. “Mis mejores ideas nacieron de ahí”, asegura. Recuerda cómo, siendo niña, esos momentos sin estructura la llevaron a experimentar, cocinar y crear. “Si no me hubieran dejado aburrirme, no sé si hoy estaría haciendo lo que hago”, reflexiona.
Esa defensa del “aburrirse” como motor creativo se complementa con una crianza que habilita explorar, ensuciarse y descubrir intereses propios, sin la necesidad de llenar cada espacio del día.
Sin buscar respuestas definitivas, la propuesta invita a revisar hábitos cotidianos y a volver sobre lo esencial. En un entorno que empuja a hacer más y más, tal vez el verdadero desafío sea bajar el ritmo y recuperar espacios simples donde el juego, el vínculo y el tiempo sin apuro vuelvan a tener lugar.