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“La grieta” argentina se cava hondo en los estrados judiciales

Un escenario similar al de la política italiana de los ochenta

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23 de marzo de 2019 a las 05:01

La escena política argentina cada vez presenta más similitudes con la sordidez de la política italiana de los ochenta. En los diarios de la vecina orilla, a veces no sabe uno si lo que está leyendo es la sección de política o la página policial. En pleno año de elecciones, los dos principales posibles contendientes, el presidente Mauricio Macri y la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, se han visto envueltos en sendos escándalos que remiten a las prácticas de aquella Italia estructuralmente corrupta y tétrica que terminó purgando sus pecados en el proceso de Mani Pulite.

Desde luego que lo de Cristina es mucho más grave. En su caso, cada nueva revelación en forma de procesamiento judicial produce la misma sensación que el descubrirle una raya más al tigre. Esta semana sumó su décimo procesamiento, el cuarto con prisión —de la que se viene angustiosamente salvando merced a sus fueros parlamentarios—, en una causa por subsidios irregulares a empresas ferroviarias y de transporte público. Apenas un día antes, el mismo juez, Claudio Bonadio, la había procesado también por sobrefacturación en la importación de gas licuado.

Pero casi al mismo tiempo, se terminó de desenrollar la madeja de una truculenta trama de espionaje, con un remolino de personajes en danza, que salpica al presidente y a una de sus aliadas más valiosas en el arco político. 

En el centro de la escena: Marcelo D’Alessio, un extorsionista profesional allegado a los servicios de inteligencia y, por otro lado, al fiscal federal Carlos Stornelli, que lleva la llamada causa de los cuadernos contra Cristina y más de una docena de altos funcionarios de su gobierno hoy procesados con prisión; entre ellos, el exministro de Planificación Julio De Vido y su subsecretario Roberto Baratta.

D’Alessio, un personaje que bien podría ser interpretado por el actor ítalo-americano Joe Pesci, se hacía pasar por abogado, aparecía en los programas de televisión como “experto en narcotráfico” y utilizaba su información de inteligencia y espionaje y sus vínculos con Stornelli para extorsionar empresarios, a los que pedía dinero a cambio de retirar su nombre del expediente en la causa de los cuadernos.

En febrero, mientras el espía era investigado por el juez federal de Dolores Alejo Ramos Padilla, desde el entorno de Macri desestimaban el proceso judicial como una operación destinada a descarrilar la causa de los cuadernos y desprestigiar al fiscal a cargo de la investigación. Pero después de que el 25 de febrero Ramos Padilla procesó con prisión a D’Alessio por “espionaje judicial” e imputó a Stornelli en sus operaciones de apriete, las cosas empezaron a tomar un cariz mucho más sombrío para el gobierno.

Lilita Carrió que, por extraño que pueda parecer a quienes conozcan sus carruseles delirantes por los programas de televisión, es hoy el compás moral de la coalición de gobierno y quien, a ojos de la opinión pública, le otorga a Macri patente de transparencia por su lucha infatigable contra la corrupción durante el kirchnerato, se vio de pronto del otro lado del mostrador. La diputada de Cambiemos es ahora señalada por usar información de D’Alessio en sus denuncias judiciales, además de ser conocida su buena relación y colaboración con Stornelli en varias de esas causas.

El miércoles 13, Ramos Padilla compareció, citado por la bancada del kirchnerismo, ante la Comisión de Libertad de Expresión de la Cámara de Diputados. Allí narró la gigantesca trama de espionaje tejida por D’Alessio para engañar a todo el mundo, desde periodistas, diputados, empresarios y presentadores de televisión, hasta altos funcionarios del gobierno. Los diputados de Cambiemos no asistieron a la comparecencia del magistrado por considerar que se trataba de una “puesta en escena” del kirchnerismo. Lo que a la luz de todas las revelaciones que Ramos Padilla fue soltando a lo largo de cuatro horas, aparece como un craso error. 

El juez de Dolores dijo que la causa que involucra a Stornelli es una “ínfima” parte de una amplia y compleja red de espionaje cuyos tentáculos llegaron hasta Uruguay, Estados Unidos y otros países. El jueves 14, los diputados del Frente Amplio Luis Puig y Gerardo Núñez confirmaron tras un viaje a Buenos Aires que la red de espionaje había operado en Uruguay. 

Pero si de errores se trata, nada se compara con el de Macri. El presidente pidió abiertamente la destitución de Ramos Padilla, y que este fuera sometido a juicio político por el Consejo de la Magistratura.

Una salida a todas luces muy poco meditada, y acaso inesperada de quien siempre se ha jactado de no entrometerse en las decisiones del Poder Judicial. Para colmo, al día siguiente, la Corte Suprema le enmendó la plana: la máxima instancia judicial argentina reafirmó al magistrado de Dolores y autorizó sus peticiones para continuar con la investigación sobre la trama de espionaje.

Mientras tanto, Cristina estuvo en Cuba para visitar  a su hija Florencia aquejada de una dolencia linfática. La expresidenta se victimiza, siempre ha alegado que las causas que se le siguen en los tribunales federales de Comodoro Py son parte de una “feroz persecución política” orquestada por el gobierno de Macri; y últimamente le ha añadido a la supuesta conspiración la participación de Estados Unidos.

Sus incondicionales le creen, y no son pocos. Del otro lado, la grieta hace lo propio con los incondicionales de Macri. Así, todo lo que se investiga en la Justicia termina siendo sospechado de ser una operación política por los núcleos duros de los dos líderes que dominan las preferencias políticas. El resto de la ciudadanía tampoco es que perciba a la Justicia como la Dama ciega de Hans Giengen. Y quién podría culparlos, ante el cúmulo de evidencias que apuntan a una imparcialidad cuando menos ensombrecida por el poder político.

En esa lógica de criminalizar las diferencias políticas, en ese Derecho Penal del enemigo, donde perder el poder muchas veces significa perder también la libertad, ningún sistema de convivencia democrática puede sanamente prosperar. La corrupción hace el resto para cerrar la pinza del descreimiento sobre la conciencia ciudadana. Y entre estos dos va a estar la cosa en octubre. Es lo que hay, y es definitivamente muy poco para Argentina.
 

"Estoy caliente"
El presidente de Argentina, Mauricio Macri, dijo que para lograr un crecimiento económico hay que “hacer cosas de fondo” y “correr a los estafadores”.
“Lo que todavía nos falta es una estructura macroeconómica definitivamente sólida”, señaló el mandatario el jueves, a falta de siete meses para las elecciones presidenciales ante una multitud de funcionarios de su Gobierno en una reunión de gabinete ampliado en el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires.
Criticó a los opositores que señalan que la situación económica se arregla “creciendo”. “¿Y quién no quiere crecer? ¿quién no quiere crecer? Para crecer tenemos que hacer esas cosas de fondo, estructurales, de base, que nos permiten crecer.  Según continuó, “cuesta mover” las estructuras y “correr a los estafadores que han adquirido privilegios a partir de trabar y hacer todo complejo”.
“Quiero decirles que estoy caliente, estoy caliente, por si no lo notaron. Siempre me calentó la mentira”, afirmó. 
Pese a su enojo y a las frustraciones de la gente por gobiernos anteriores, dijo que también se siente “esperanzado” porque su gobierno ha demostrado con hechos que es posible “cambiar la historia”.
 

EFE

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