14 de diciembre de 2012 19:27 hs

Tenía poco más de 20 años y cualquier estreno de teatro ocupaba cuatro páginas de un diario. En Montevideo florecían los teatros independientes como El Galpón, el Circular o el Teatro del Pueblo y llegaban elencos de todo el mundo, desde el Piccolo di Milano o la Comedia Francesa. Por todo eso, a él se le hacían necesarios unos premios para el teatro local. A pesar de ser el miembro más novato de la Asociación de Críticos que entonces presidía Ángel Rama, se armó de coraje, y lanzó la idea. El tiempo le dio la razón y hoy su ocurrencia celebra medio siglo de historia.

¿Fue difícil que se concretara la idea de estos premios?
No. Si bien eran como 12 miembros en la asociación no tardaron en ponerse de acuerdo. Después de que planteé la idea me mandaron a escribir el reglamento.

¿Qué le provoca risa de aquella época?
Los primeros años fueron muy divertidos. Poníamos los Florencios arriba de una mesa, y los críticos permanecíamos todos juntos parados atrás como muñecos de torta. Antes de la entrega, primero se hacían algunas escenas de las obras nominadas. Ahora todo aquello me parece muy antiguo.

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¿Dónde trabajaba entonces?
Era periodista en BP Color. En aquella época los actores eran muy reticentes a salir en los medios, porque lo consideraban un hecho farandulero.
Una vez le hice una nota a Beatriz Massons y su foto salió en portada y fue rarísimo. El teatro independiente no quería figurar. Le interesaba difundir las puestas en escena, la relevancia de autores, pero no generar divos. Era diferente a ahora.

¿Y cómo percibe el teatro uruguayo en el presente?
Demasiado disperso, se hacen obras, obras y obras. Hay gente que está dos años en una escuela de teatro y ya arma un espectáculo poco profesional. Pero también hay grandes espectáculos. La Comedia Nacional tuvo un año muy bueno. Terrorismo es excelente, también lo fue lo que hizo Roberto Suárez en Bienvenido a casa, Éxtasis de Denevi. Fueron puestas de gran innovación.

¿Desde qué lugar critica un espectáculo?
Desde la máxima objetividad posible, dentro de la subjetividad inevitable que tiene todo hombre. Analizo si coincide con lo que el autor quiere decir, si me muestra una cosa distinta. Nunca veo una obra y pienso: ‘ah, yo como actor hubiera hecho esto’. Para mí el crítico tiene que ver lo que le ofrecen, sin preconceptos, con la mente abierta.
Si hay una persona que toma un texto, lo lee, lo estudia, lo desmenuza, llama al elenco, hace lectura de mesa, lo estudia, discute y en más o menos tres meses abre el telón: ¿Con qué derecho puede apoltronarse para decir lo que está bien o está mal?
Lo que hago como crítico es decir lo que me despertó interés y orientar al público respecto a lo que va a ir a ver.

¿Y qué hace cuando un espectáculo le parece horrible?
Si es muy horrible, directamente no hablo. Digo que se estrenó, solamente.
Si es pasable, lo comento con el mayor respeto. Es horrible deshacer una persona, no me gusta reírme del esfuerzo y el trabajo de los demás. Muchas veces, llamo a los directores y me pongo a discutir al aire con ellos sobre los aspectos que no me gustaron de una obra, y ellos también argumentan. Lo peor que le puede pasar a un crítico es creerse Dios. La verdad no la tiene nadie. ¿Cuántas obras que fracasaron en un determinado momento, (en el caso de Harold Pinter abundan ejemplos) y años después fueron valoradas? ¿Quién tenía razón?

El mito del crítico como sinónimo de actor frustrado siempre está presente, ¿En su caso se aplica?
No, para nada. Hice teatro en facultad (hizo tres años de Derecho y luego la dejó para dedicarse al periodismo) e inclusive llegué a dirigir en forma amateur, aunque solo para la familia. Pero no me gustaba hacer teatro, quería verlo y escribir. Y como bien se sabe, quien hace teatro no ve teatro.

¿Cómo se adaptó de aquella época en la que el teatro era portada a esta en la que cada vez está menos en la agenda de los medios?
Y... haciendo lo posible. Trabajé en El Ciudadano, El Día, BP Color, canal 10, canal 5, Carve,en lugares muy diferentes. Pero siempre intenté darle un enfoque acorde al lugar.

¿Cuál fue el Florencio que le dio más satisfacción entregar?
El primero. Quedó en manos de gente maravillosa como Estela Medina por su actuación en El cardenal de España.
Pero la sorpresa estuvo en el premio a Mejor Dirección a Eduardo Schinca, que hasta ese momento era un actor correcto, de gran sensibilidad, pero que cuando empezó a dirigir fue increíble.

¿Hubo algún Florencio que se quedara con ganas de entregar?
No hay ningún crítico que no termine la discusión y no se quede con las ganas de que haya sido premiado algún espectáculo, pero ninguno en particular.

¿Qué es lo mejor que tienen los Florencios para usted?
Que promueven la discusión en torno al teatro. El reglamento establece que para entrar en la nominación hay que tener 2/3 de los votos del jurado. Si hay 10 personas tienen que ser seis votos, y si una obra o una actriz no llegan a esos votos no puede ser nominadas. Si la terna no se completa, se hace otra vuelta de discusiones hasta que se logre consenso.

¿Se acuerda de alguna discusión “eterna”?
Muchas. Una vuelta que éramos como 17 votando, empezamos a las 2 de la tarde y terminamos a la madrugada. Otras veces, como este año, salieron más rápido, en tres o cuatro horas. Y eso que había muchos espectáculos de calidad. De hecho, unos cuantos quedaron fuera de la nominación. En Actrices, desde mi punto de vista, debería haberse nominado a 10.

¿Alguna vez alguien se fue a las manos por un Florencio?
No, pero casi. Hubo una época en la que el Solís parecía un estadio. Los elencos se gritaban cosas, armaban bandos, era una euforia colectiva. A nivel de los críticos, estuvimos más cerca de hacerlo.
“Si no ponés este espectáculo te tiro con el Florencio” dijo alguien alguna vez.

¿Que fue lo más duro que le dijo un actor después de una premiación?
No, ¿sabés que nunca me dijeron nada fuerte? Me han llamado con mucha honestidad para quejarse o preguntar por qué no habían sido nominados. Recuerdo una actriz que me llamó llorando y hablamos como por dos horas, pero siempre los planteos fueron respetuosos, desde la confianza. Y eso tiene un gran valor para mí. l

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