12 de abril 2020 - 5:00hs

Esta plaga tiene que ver con los tiempos que corren. El aislamiento ya existía, en comparación con épocas anteriores. Ya había una serie de trabajos que habían pasado de la oficina al domicilio del trabajador. Ya había gente recluida, navegando las aguas profundas de la web, día y noche, o jugando a través de las pantallas brillantes. Ya había distanciamiento, amistades virtuales, encuentros a través de la red. 

Lo que cambió es la escala y la necesidad de hacerlo, so pena de no sabemos muy bien qué catástrofes. Y eso de no poder ir a trabajar y que hayan cerrado las escuelas, liceos, universidades, cines, teatros, salas de espectáculos, bares, restaurantes.

Sí, me doy cuenta de que esto es nuevo y que si le sumamos la incertidumbre de cómo vamos a salir, qué cosas van a cambiar para siempre, qué daños serán irreversibles, me da cierto temor a mí también.

Sin embargo está claro que la modernidad ya había preparado a muchos de nosotros para el aislamiento. Ya había quien prefería andar sobre una bicicleta fija dentro de su casa que probar el vehículo en la vereda o en la calle y tener que cruzarse con tanta cosa.

Ya sucedía que, incluso cuando nos veíamos cara a cara, el diálogo era más difícil, porque ni siquiera compartimos un cosmos, ya que cada uno de nosotros tiene fuentes de información tan distintas que es como si viviéramos realidades diferentes.

Me da la impresión de que esta pandemia no hará más que acelerar el proceso de aislamiento que había empezado hacía un cuarto de siglo, más o menos.
Al principio pensé que para mí cambiaba muy poco, porque tanto yo como mi esposa ya trabajábamos desde casa pero me olvidé de que soy adicto a los deportes a través de la pantalla. Veía fútbol, sí, cómo no, pero también NBA, tenis, Fórmula 1, ¡golf!

Yo soy una de esas personas que ven a esta plaga como una gran injusticia en contra de Novak Djokovic, el mejor tenista del mundo en este momento, invicto en lo que va del año y que disputa el cetro de mejor de todos los tiempos con Rafael Nadal y Roger Federer.

Que le hayan suspendido la temporada cuando estaba arrasando y lo hayan dejado sin Indian Wells y Miami, ya es un despojo. Entiendo que hasta cierto punto es lógico que suspendan los deportes de contacto, como fútbol y básquetbol, pero lo de suspender el tenis es criminal. Un choque de codos en la red cuando termina el partido resuelve todo y las tribunas vacías, además, iban a favorecer a Djokovic, que siempre juega de visitante.

Y lo de la NBA tampoco me conforma. A esta altura debería estar terminando la temporada regular en un año apasionante, con los dos equipos de Los Ángeles como máximos favoritos para ganar las finales. Los legendarios Lakers con su estrella, el veterano LeBron James y los Clippers con el jugador más enigmático que he conocido, Kawhi Leonard.

Pero no hay nada que hacerle. Habrá que esperar. La temporada de la NBA quedará cancelada, el tenis se reanudará, ojalá, para el US Open, en setiembre; espero que se hagan carreras de autos en verano y el fútbol se reanudará cuando Suárez esté listo, supongo, por suponer algo.
Lo que me llama la atención es lo poco que han aparecido las superestrellas del deporte en esta coyuntura. Me hubiera imaginado que iban a dar la cara, con la boca tapada, para dar mensajes de aliento, hacer alguna payasada, charlar con la gente en algún tipo de transmisión.

Me los imagino solos entrenando para que no se les atrofien los músculos, enojados porque el destino no les permite brillar y ser adorados como se merecen.

Pues más vale que estén entrenando porque en cuanto se reanude el mundo los quiero ver correr y hacer maravillas como para compensarnos por todo este tiempo perdido. 

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