3 de mayo de 2014 15:40 hs

De ella se han hecho varias versiones cinematográficas e incontables puestas teatrales, pero, por algo, 130 años después de su estreno en Dinamarca, Casa de muñecas de Henrik Ibsen continúa siendo un clásico. No solo porque la violencia e inequidad de género sigan vigentes, sino porque la resolución de la obra, que causó gran escándalo en su tiempo, es polémica hasta el día de hoy.

El personaje de Nora, quien tras intentar ayudar a su marido se ve atrapada en una situación que le hace darse cuenta de la subyugación a la que se ve sometida, continúa siendo un papel consagratorio para una actriz y ha sido descrito por el Programa de Memoria del Mundo de la Unesco como “un símbolo alrededor del planeta, por las mujeres luchando por la liberación y equidad”.


Hombre de gran experiencia en el teatro, Roberto Jones dirige a un elenco encabezado por Victoria Rodríguez y Alejandro Gayvoronsky, su pareja en la vida real y en el escenario. A diferencia de la puesta clásica de Jones el año pasado en el teatro Alianza de Verano y humo de Tennessee Williams, esta vez el director vuelve al mismo recinto con una puesta ambientada en el Río de la Plata y en los tiempos actuales.

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Con una interesante escenografía en madera oscura que prolonga la decoración de la sala, contribuyendo a la sensación de claustrofobia que genera la obra, Jones opta por un vestuario sobrio y contemporáneo, también en tonos ocres. Pero a diferencia de su buena recreación de la atmósfera del universo de Williams el año pasado, los intentos por situar Casa de muñecas en el mismo tiempo y espacio que el espectador (aparición de computadoras, referencias a Brasil y al “puertito”) no logran acercar la obra ni tampoco le dan un aire moderno a la puesta.

Las actuaciones son desparejas y los protagonistas poseen química, pero sus roles parecen demasiado polarizados, tendientes al melodrama. Rodríguez tiene fuerza aunque su actitud compungida constante no convence, y algo parecido pasa con Gayvoronsky, que se entrega a su papel, pero su violencia y frialdad resultan exacerbadas al punto de generar por momentos el impacto contrario al que debería. En esta versión, además, el director opta por incorporar la violencia física, así como remarcar las implicaciones sexuales de la relación de ambos, aspectos que no parecen aportar demasiado a la obra original.

En manos de Jones, Casa de muñecas sigue siendo interesante, pero quizás lo hubiera sido más si el director hubiera elegido una puesta más clásica que recreara el universo de Ibsen o, por el contrario, si hubiera elegido una revisión profunda del clásico.

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