La noche en que el Teatro Solís liberó a 15 presas
Crónica y fotorreportaje de una salida excepcional: privadas de libertad acuden a ver una función de Antígona interpretada por la Comedia Nacional y ensayan, por un rato, otras formas de mirar, sentir y ser vistas
Esta noche, como si fuera un ritual, Lorena (50) promete celebrar su “jubilación de chorra”. Lleva una, dos, tres —empieza a contar con los dedos de amabas manos que no le alcanzan— “unas quince reincidencias” por hurtos menores en los que le ha “ganado la ambición”. Pero hasta aquí llegó. Promete. Se promete.
Para María M. (57) es el adelanto de cumpleaños que debe comenzar cuando la aguja del reloj marque por segunda vez en el día que son las doce. Pero que para entonces ya tendrá que estar de regreso en la celda como lo dictaminó el juez. Cayó presa por “hacerle la gauchada” a su expareja que era adicto a las drogas.
Alejandra reconsiderará qué significa eso de “amor de madre”, cuando la mamá de Antígona, en la tragedia de Sófocles, grite:
¿Debo abrir los brazos para recibir a un hijo, o cerrarme en banda para proteger la ley? ¿Debo abrir los brazos para recibir a un hijo, o cerrarme en banda para proteger la ley?
Entró unos gramos de droga a la cárcel porque su hijo se lo rogaba. Y a costa de eso descuidó sus hijos más pequeños que desde hace un año y medio no tienen el beso de las buenas noches de su mamá.
Noelia llora y seguirá llorando, pero de felicidad. Cuando se cierre el telón se convencerá que en menos de dos semanas, cuando por fin termine su condena, volverá a trabajar y cumplir su sueño de actriz.
María Luisa, una española que al salir de la cárcel será expulsada de Uruguay, sentirá por un instante que vuelve a ser vista como una espectadora más. Se abanicará al estilo sevillana, pese a ser madrileña, y revivirá sus tiempos de libertad con una obra que adaptó un compatriota suyo.
Marcela mirará la Lunaque está en su fase creciente a pocos días de llegar a llena, tomará una bocanada de brisa que cuela por la calle Buenos Aires y Antígona dirá su sentir:
Clávame Luna tus dientes de marfil en el corazón Clávame Luna tus dientes de marfil en el corazón
Y así cada una de las 14 presas y un varón trans de la unidad penitenciaria número 5 se preparan para la función, mucho antes de que las campanas del Teatro Solís inviten a los espectadores a ocupar sus asientos. Fueron —"como un voto de confianza", insiste la directora del centro, María Cuadro— entre más de 800 reclusas para este ensayo que, "por su comportamiento, el tiempo que les queda en prisión y la autorización mediante de la Justicia", busca devolverles dignidad para frenar las puertas giratorias en las que se han convertido las prisiones en Uruguay.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Faltan más de tres horas para que se abra el telón. En la cárcel circula una electricidad distinta: alguien plancha su pelo con una prolijidad casi ceremonial, otra repasa frente a un espejo mínimo la línea del delineador, como si ese trazo pudiera sostener algo más que el pulso. Afuera, la obra todavía no empezó. Adentro, la función lleva días en marcha.
La primera escena ocurrió mucho antes, en el taller de Costurería, donde las telas dejaron de ser retazos y pasaron a ser promesas. Hubo acuerdos silenciosos, manos que ajustaron dobladillos a medida de un cuerpo que no siempre fue mirado con cuidado, decisiones sobre escotes y largos como si se tratara de un idioma nuevo. Cada puntada fue una forma de imaginarse distinta: no la foto judicial, no el número, sino una mujer que esa noche iba a cruzar una puerta y sentarse en una butaca como cualquier otra.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Ahora, frente a los espejos compartidos, se nombran por sus nombres de pila y se prestan labiales como si fueran los puchos que circulan por el pasillo. El aire huele a cigarro con mezcla de perfume barato, con un dejo de caños que se han desbordado en el diluvio del fin de semana anterior, con la ropa todavía húmeda que está colgada en los barrotes que miran a la calle, con el aroma de la ansiedad contenida.
A la más veterana de las dos Lorenas que forman parte del "selecto grupo", le cuesta esconder su sonrisa. Está feliz. Se sienta en su cama, en la cucheta de abajo muy cerca de sus amigas de celda que son fanáticas de Peñarol. La luz le entra entre las rejas de la ventana a la que mira sabiendo que por fin las podrá pasar. Y dice: "Esta es una oportunidad que no puedo desaprovechar, es mi jubilación de chorra, de esa que trabajaba en un turno y en el contra-turno robaba sin violencia algunas remeras, unas mechas, por pura ambición". Jamás recibió un tratamiento específico para eso que la aquejaba: penas, más castigos, salidas y entradas a la cárcel.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
A un costado María M. la escucha mientras otra compañera que no fue seleccionada para esta aventura le ajusta el cuello del blazer. Hasta que aprovecha a meter su bocado:
“Esta es una experiencia bien distinta. Las pocas salidas que hemos tenidos han sido para una revisión médica o traslado a una audiencia en que te llevan con grilletes, esposas y a cambio recibís miradas de desprecio”.
Por estas pocas horas, en cambio, dejarán de ser “estas presas que algo habrán hecho”, esas que son “las peligrosas”, para ser una más.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Ninguna deja de reconocer lo hecho, incluso cuando hayan tenido que pagar "por otros". Cuando a Alejandra la encontraron con unos pocos gramos de droga que le quiso llevar a su hijo adicto porque "no aguantaba verlo en esas condiciones", es probable que haya pensado en otro pasaje del texto de Sófocles en Antígona:
“¡No puede haber paz sin ley! Solo cuando aceptemos que la ley como la muerte no admite excepción, podremos ser libres”. “¡No puede haber paz sin ley! Solo cuando aceptemos que la ley como la muerte no admite excepción, podremos ser libres”.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Se acerca la hora de la salida al teatro y la adrenalina sube. Una de las custodias que las acompañará vestida de civil para disimular entre el auditorio, pasa lista con voz de quien impone autoridad. Iban a ser 16, falta una. Le avisan que está indispuesta.
No tienen celulares para sacarse selfies ni nada para registrar el momento que vivirán, solo aquello que gurda la memoria y un tumulto de aplausos, gritos y más aliento que traspasa los barrotes con las palabras y palmas de las manos de sus compañeras que no fueron seleccionadas.
No hay envidia. Al contrario. Angelina "Pita" Figueroa habla en esta crónica por primera vez con la prensa, esa misma que una vez la catalogó como “la reina narco” de Maroñas. Ella no está entre las que salen, pero les da una mano, siente “orgullo” y la imperiosa necesidad “de que oportunidades como estas se extiendan más para lograr una verdadera rehabilitación”. Habla con giros de lenguaje superiores a la media, está aprovechando para estudiar Administración en la Universidad de la República.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
María Luisa —la Gallega como la llaman en tono despectivo solo porque proviene de España y no de Galicia— les comenta a sus colegas: "Chicas, nos vamos de casa". El resto ríe y responde casi al unísono: "Esta no es mi casa, quiero estar bien lejos de aquí".
La cárcel de mujeres es una de las más hacinadas (un 174% de su capacidad de plazas), sobre todo desde que se empezó a condenar por microtráfico de drogas. En su último informe el Comisionado Parlamentario Penitenciario puso que cerca de la mitad de los sectores tiene "tratos crueles, inhumanos o degradantes". Está ubicada en el norte de Montevideo casi al límite con Canelones. Muy cerca del hospital Saint Bois. Y no fue construida como centro penitenciario. Por lo que a fines de mayo —"días más o días menos", aclara la directora— se mudarán a una nueva prisión en Punta de Rieles.
Virginia que arrastra un leve resfrío comenta con la nariz algo tapada que trabajó en economato, vistió por eso todos los sectores, y "Se nota la diferencia en las condiciones y en la convivencia".
¿Qué se extraña tras el pasaje por una cárcel? La respuesta de las chicas es unánime: las compañeras. Ellas mismas, las elegidas, están un tanto tristes por las que no pudieron salir y también por eso dan el ejemplo en cada comportamiento.
María M. espera ver de camino a su hija para saludarla por la ventana, unas horas antes del cumpleaños. Pero la camioneta policial toma por otro camino. Mira por la ventana y llora.
Otras se distraen observando aquello que hace tiempo no veían: el Cerro de Montevideo, la cancha de Fénix, hasta que alguien recuerda que a mano izquierda está la terminal de Río Branco.
La Gallega a la que no le gusta que le digan así se exalta: "Allí fue donde me atraparon (con la droga que pretendía llevar hasta España)".
El resto ríe. Había sido en el pueblo de Río Branco, en Cerro Largo, en la frontera con Brasil, a donde llegó con unos kilos de estupefacientes luego de haberse tomado un ómnibus interdepartamental.
¿Fuera de la ley? ¿Dentro de la ley...? ¿Cómo voy a saber dónde estoy si lo que hasta ayer se hizo por costumbre puede matarme hoy por decreto? ¿Fuera de la ley? ¿Dentro de la ley...? ¿Cómo voy a saber dónde estoy si lo que hasta ayer se hizo por costumbre puede matarme hoy por decreto?
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Marcela es de las más ansiosas y de las que más habla en el trayecto, en ese viaje que tiene dejos de libertad. No era adicta, pero la manera de calmar su ansia tras las rejas fue haciéndose tatuajes. No son con máquina profesional ni esterilizante. Es tinta china para marcar el dibujo, pequeñas agujas y más tinta de birome.
Muchas llevan impresas sobre su piel nombres, fechas, recuerdos. La mayoría tiene frases de resiliencia, de perdonar, de "70 veces 7". Daisy tiene un mensaje más universal de su peripecia: "El que no lo vivió no lo comprende" y luego le acompaña con mensajes de no guardar rencor y "saber curar".
Ambas, Marcela y Daisy, son de las más jóvenes de este viaje. Se dicen mutuamente, "respirá, sentí el aire puro".
En eso una ráfaga de porro legal las invade. Y Marcela, con su tono de bromo, la dice: "Directora, mire que eso no es nuestro". Los de afuera pueden fumar marihuana, ellas no.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Noelia sigue llorando. Abraza al comunicador y trabajador penitenciario Julio Boffano, y más llora.
—Gracias, gracias por esto. Es un regalo. Un sueño.
El público que poco a poco va entrando al Teatro Solís no imagina (y la mayoría nunca lo sabrá) que comparte auditorio con presas.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
La Comedia Nacional les da los palcos bajos que están justo al centro. Por el tipo de obra, con juegos de luces y escenario giratorio, es una de las mejores ubicaciones para observar la versión libre del clásico Antígona que hizo Miguel del Arco. No solo es un reconocimiento a la visita, también una medida de seguridad para que los custodias las tengan más contenidas.
Las 14 presas miran como niños que descubren por primera vez algo nuevo. El número 15, Maelyn, el varón trans que se operó y comenzó la terapia hormonal mucho antes de ser atrapado con droga mientras visitaba Punta del Diablo y pensaba que al ser legal en Uruguay podría tener sin límite de cantidad incluso para uso medicinal, queda encandilado por las arañas de cristal, por los ornamentos, por el estilo neoclásico y ese interior italiano del teatro.
Lo que no sabe, o no le contaron, es que los palcos más cercanos al escenario (y de donde peor se ve la función) están clausurados. Pero antes, en ese antes en que un preso no accedía a la cultura, los más aristocráticos ocupaban los palcos ahora sellados para ser vistos por el resto. Eso que tienen las máscaras dramáticas: la comedia y la tragedia son dos caras de un mismo rostro.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Claudia transpira por el maquillaje, pero al igual que María Luisa consiguió un abanico. Otras se dan las manos, se prestan abrazos para contener la emoción. La obra es un clásico, con parte dificultosas como toda tragedia escrita hace siglos. Pero la adaptación de la Comedia Nacional las hace pasar por distintas emociones. Alguna creyente se aferra del crucifijo, incluso cuando la obra hable de dioses como pensaban los griegos cuando se estrenó por primera vez estos versos de Sófocles:
Eres tú quien fija el margen que desfigura la imagen de lo que siempre fue justo. ¿Debemos obedecer una ley que es inhumana? Eres tú quien fija el margen que desfigura la imagen de lo que siempre fue justo. ¿Debemos obedecer una ley que es inhumana?
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Antígona habla de rebeldía, de institucionalidad, de leyes naturales enfrentadas a las impuestas por una sociedad, de la autocracia, de la fidelidad y hasta la equidad.
Se acerca el final y dos presas piden que una custodia las acompañe al baño. Luego otras dos que se pierden el cierre.
Para no spoilear ese final, puede decirse que Noelia ya está llorando y con ganas de aplaudir al elenco cuando la madre de Antígona empieza su recitado:
¿Qué has hecho, mi bien, qué has hecho? ¿Qué he hecho, hijo, qué he hecho? ¿Qué has hecho, mi bien, qué has hecho? ¿Qué he hecho, hijo, qué he hecho?
Se aguanta unos minutos. Las luces se apagan del todo. Y entonces la platea se pone de pie. Noelia también.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Es el mismo público —alguno más habitué y otro menos a las obras de la Comedia Nacional— que compartió sala con 15 personas privadas de libertad. Esa que la sociedad no ve porque están en el encierro, separadas.
El Observador les comenta a algunos espectadores la novedad: acabaron de compartir una función con presas. No hay caras de susto ni pena, al contrario. Las respuestas se repiten: "Qué buena iniciativa", "ojalá haya más experiencias así", "me parece fantástico".
Un turista brasileño que llegó de Natal, al nordeste de Brasil, lo resumirá en una frase:
"Que una persona esté privada de libertad no significa que esté privada del acceso a la cultura, la cultura es una forma de liberación".
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís (EXTRA)
Joaquín Ormando
Se acerca la hora límite que impusieron los jueces para el regreso a la cárcel. Las autoridades apuran la marcha, las fotos, los abrazos. Una última vichadita a la Luna creciendo. Una última mirada a la libertad.
Reclusas de la cárcel de mujeres en visita al Teatro Solís
Joaquín Ormando
Notas del autor:
Los nombres de las privadas de libertad son verdaderos, previo consentimiento.
Para facilitar la lectura, y al tratarse de un centro de reclusión de mujeres, se usa el femenino como genérico aunque haya una varón trans.
Por razones de espacio y decisión narrativa, no todas las protagonistas pudieron ser mencionadas.