Los primeros contactos serios se pierden en la nebulosa del bachillerato. Pero en la Escuela de Arte Dramático de Madrid de repente la tragedia cobró su sentido. Eran tiempos, además, de ir al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que se hace en un teatro romano. Recuerdo esos viajes con un placer brutal, cogíamos un coche e íbamos sin dinero, dormíamos allí. Había una necesidad de conectarse con el principio de todo y esa idea la he ido alimentando a lo largo de los años, porque lo digo mucho: los griegos lo inventaron todo. Para cualquiera que tenga vocación teatral, acudir a las palabras de Sófocles, a esta obra casi perfecta para mí, es indagar en el principio de todo. Más tarde sucedió que Andrés Lima, Alfredo Sanzol y yo decidimos hacer el Teatro de la Ciudad. Nos reunirnos para hacer una experiencia vivencial de los ensayos y de los procesos de una manera completamente diferente, y como decidimos que iba a ser una manera nueva de buscar, sentimos que teníamos que ir al principio de todo, que es la tragedia griega. Ahí sucede que Andrés elige Medea, Sanzol elige Edipo Rey y yo elijo a Antígona.
Que los griegos lo inventaron todo está siendo repetido bastante en estos días. ¿Tal vez porque estamos en un año especialmente trágico? De alguna forma vamos actualizando y regurgitando todo.
Pero incluso hasta eso lo inventaron ellos. Es decir, el mito, que nosotros le hemos dado una acepción diferente, para ellos es relato. Ellos revisaban los mitos, las historias de personajes que conocían, pero las revisaban contextualizadas según cómo les fuera a ellos. Porque también inventaron la democracia. Lo que no inventaron es el teatro, porque el teatro es algo innato del ser humano. Inventaron las formas en las que se produce la representación y utilizaron el teatro para educar la democracia. Toda esta relación, esa contextualización, esta necesidad de interpelar permanentemente al ciudadano de su época, es lo que me interesa y lo que, de repente, creo que permanece intacto. Yo, como director, mi única vocación es interpelar directamente al ciudadano del siglo XXI. Y se puede.
¿Por qué el teatro es innato al ser humano?
Porque la representación y nuestra capacidad de contar historias es innata. O sea, un niño se levanta por la mañana y dice ‘mamá, mira lo que hago’, y de repente hace una representación sin saberlo. Nosotros nos representamos permanentemente. Estamos todo el rato hablando de nuestras historias.
Tenemos teatro en nuestra vida todo el tiempo.
Todo el tiempo estamos acudiendo a representaciones diarias, todo el tiempo representamos un papel frente a nuestros padres, frente a nuestra pareja. No por ese paralelismo entre teatro y deshonestidad del que a veces se habla y que es una cosa que los políticos utilizan mucho cuando dicen ‘ deja de hacer teatro’. No, eso no es hacer teatro, es mentir, que no es lo mismo. Nosotros en el teatro no mentimos, sino que buscamos de manera incesante la verdad, apelamos a nuestra verdad más interior. Dedicarse al teatro es indagar permanentemente con las herramientas de las emociones, de la empatía, de entender al otro, de ponerse en el lugar del otro para interpretar un personaje. Ese ejercicio te pone muchas veces en contacto, o debería ser así, con el mundo que te rodea. Y esa capacidad creo que es innata al ser humano.
Vuelvo a Antígona. ¿Qué está diciendo esta obra de nuestra época?
Habla de la sociedad polarizada, algo que en España no para de oírse; aquí no lo sé. La polarización es una palabra que ya me repugna. Es lo que nos hemos inventado para seguir justificando nuestra incapacidad de llegar a un acuerdo. Además, se lo inventan los políticos, ¿no? Mandan el mensaje de que tú tienes una ideología… O ni siquiera ya se trata de ideologías: yo tengo una idea, tú tienes otra, y lo que debo hacer es intentar que tu idea no se escuche. Y bajo ningún concepto, como pertenezco a otro grupo, voy a permitirme estar de acuerdo contigo o llegar a un acuerdo. Esa incapacidad de los políticos de llegar a algo que está en la base de la política, el acto de acordar, es precisamente lo que presenta Antígona. La obra presenta a Creonte con sus razones, a Antígona con las suyas, y a ese enfrentamiento de dos ideas sin atisbo de salida posible, porque en la tragedia no hay posibilidad de que esas posturas se encuentren en una línea común. Después, he querido influir de alguna manera, porque muchas veces Creonte siempre ha sido tratado como un trasunto de un dictador, de un tirano.
Casi un usurpador del poder.
Claro. Llega a ser este personaje que se supone que es un segundón de esta familia noble de Tebas que no se espera que llegue al poder, pero llega. Pero el primer discurso de Creonte es noble. Él dice ‘a nadie conoceréis hasta no verlo en el ejercicio del poder’. Intenta con honestidad enfrentar la misión y la tarea que se le encomienda de una forma inesperada, con sufrimiento. Además, cuando en Edipo Rey Edipo le acusa de estar confabulando contra el poder, él dice ‘¿qué necesidad tengo de poder si vivo y pertenezco a la casta privilegiada? No tengo que tomar decisiones y no tengo el desgaste que tú tienes en el poder, porque el poder siempre se desgasta y yo quiero estar aquí, prefiero ese segundo lugar’. Pero accede al poder por el contexto, por la guerra tremenda entre dos hermanos que son incapaces de llegar a un acuerdo y turnarse en el poder, como tenía que haber sido. Entonces: el discurso de Creonte es noble. Y la pregunta es cómo se va deteriorando esa nobleza. Cómo, de repente, el ejercicio del poder le va creando una capa que le impide escuchar lo que en la calle se dice de él. Y esta pérdida de realidad, esta pérdida de escucha, me parece que es el deterioro que marca el poder a lo largo y ancho del mundo ahora mismo. Por eso la resonancia de Antígona es tan desgastante. ¿Cómo no vas a estar del lado de una mujer que está reivindicando el entierro de un hermano al que han dejado en el campo de batalla para que se lo coman las aves carroñeras? Pero imagínate que eres un habitante de Gaza y tu hermano ha confabulado con el ejército israelí para entrar en Gaza y destruirla. Y somos capaces de sujetar este embate, esta batalla que ha venido de la mano de un hermano, pero ha causado la destrucción absoluta de nuestras familias, de nuestras propiedades y de nuestra vida entendida. ¿Qué hacemos con ese hermano? ¿Es posible la empatía con un personaje como este? La contradicción permanente entre lo que hacemos, lo que decimos, lo que de alguna manera sujetamos como ideología, es donde vivimos.
Se ha tomado libertades para esta puesta en escena de Antígona. ¿Qué recaudos tiene que tener uno a la hora de adaptar un texto tan universal y clásico con esa libertad?
A los recaudos creo que los superé en su momento. Siento muy cerca de mí a estos autores, lo hice con Shakespeare, con Pirandello, con Sófocles. Todos estaban muy cerca del teatro, y quien está cerca del teatro sabe que un texto dramático siempre es un texto en permanente reescritura. El purismo muchas veces viene del mundo académico, y por ejemplo en el caso de las tragedias griegas a veces intentan hacer versiones en castellano siguiendo los patrones del verso griego y son terroríficas, imposibles de decir. ¿Respeta más al autor una versión que el público del siglo XXI es incapaz de entender? Molière decía ‘no me interesa pintar dioses, no me interesa hablar de nada que no interpele directamente al ciudadano de mi siglo’. Para mí eso es inapelable. Además, en Antígona parto de la obra de Sófocles y no tacho su nombre, en absoluto. Lo que hago es utilizar los clásicos como una pista de despegue y contar mi Antígona.
Uno de los cambios fundamentales es que Creonte, en su obra, es un personaje femenino. No me refiero a que una actriz interpreta su personaje, sino que el personaje de Creonte es una mujer. ¿Por qué tomó esa decisión?
Por varias cosas que me interesaban. De Antígona se dice siempre que plantea cinco enfrentamientos: hombre/mujer, jóvenes/viejos, individuo/Estado, la ley humana/la ley divina y los vivos/los muertos. A mí el de hombres contra mujeres realmente no me interesaba mucho. Hay un momento en que Creonte le dice a Antígona ‘no soy esclavo de una mujer’, y luego a su hijo ‘no seguiré hablando con un esclavo de mujer’. Es verdad que en el siglo V a .C. la mujer y el esclavo estaban en el mismo sitio, pero si bien no hemos conseguido una sociedad igualitaria, algo hemos avanzado. Entonces, me interesaba explorar más cómo el poder modifica a las personas y a las almas, incluso a las almas nobles, como en principio creo que es la de Creonte. La experiencia del mundo nos dice que no hay una manera de mandar que sea específicamente femenina y que sea diferente. Es decir, hay hombres y mujeres que se hacen cargo del poder y el desgaste sucede. Hoy tenemos a Ursula von der Leyen en la Comisión Europea y eso es terrorífico. Tengo a una presidenta de la Comunidad de Madrid (Ndr: Isabel Díaz Ayuso) que es lo peor que nos ha pasado en Madrid desde hace muchísimos años. Estuvo Margaret Thatcher, está la Meloni en Italia, amenaza Marine Le Pen en hacerse cargo de Francia, y Dios no quiera porque puede devastar a la República y a la igualdad, la libertad y la fraternidad se las puede pasar por el Arco del Triunfo. Por eso no creo que necesariamente se gobierne mejor por el hecho de ser mujer. Sí me atraía la mirada compasiva sobre Creonte y ver desde dónde se produce el enfrentamiento con Antígona, para no hacer ese trasunto que muchas veces se ha hecho de él como un tirano, casi Hitler. Recuerdo una puesta en Madrid en la que salía Creonte desde el principio como alguien completamente pagado de sí mismo, repartiendo fustazos a todo el mundo. Con eso has acabado con la tragedia. Con eso todos queremos que ese señor se muera y todos pensamos que es lo peor del mundo y que Antígona tiene razón. Se terminan la tragedia y los matices.
Una crítica en Babelia, el suplemento cultural de El País de Madrid, decía hace un tiempo que “Miguel del Arco ha hecho muchas puestas enormes, pero Antígona es una cima”. ¿Qué significa esa cima para usted?
Para mí la cima sigue siendo sentir el vértigo. Ahora estoy muy obsesionado con la alegría. La cima hoy es perseguir la alegría en los procesos. Y la alegría conlleva también la emoción, el llanto, el pesar, la obsesión. Después hay otras cimas. Haber terminado una película que me ha costado cuatro años, por ejemplo, pero en la que he hecho lo que me ha dado la gana. Porque no quiero hacer una película según me mande una plataforma o un productor.
El elenco de la Comedia es más grande que el de su Antígona original. ¿Cómo cambia eso la puesta?
Es un elenco muchísimo más grande. En mi versión española tenía siete actores, aquí tengo dieciocho. Ya verlos en escena a todos juntos es algo... Además aquí se trabaja con una cosa bien extraña, con una anomalía, que es la propia Comedia Nacional. Porque elencos estables públicos existe este, la Comédie-Française, alguna más y para de contar. No sé si habrá en países como Rusia, no tengo ni idea, pero en España esto no existe, nunca ha existido como tal.