La sensación de que el tiempo trascurre a la velocidad de la luz, no ayuda a dimensionar los profundos cambios del mundo desde los atentados de Al Qaeda contra el complejo de Word Trade Center, en Nueva York, y la sede del Pentágono, muy cerca de Washington DC, hace exactamente 20 años.
Se consolidaron cambios en el orden internacional que comenzaron en la Guerra Fría y surgieron otros, muy profundos, como consecuencia de la “guerra contra el terror” que lanzó el presidente estadounidenses George W. Bush, con las cenizas aún calientes del derrumbe de las neoyorquinas Torres Gemelas.
La fiesta por la victoria de la Guerra Fría duró aproximadamente una década para Estados Unidos (EEUU), prácticamente los gobiernos del demócrata Bill Clinton, una época de exitismo, justificada por el fin de la Unión Soviética.
Nadie resumió mejor el estado de ánimo optimista de los estadounidenses que la secretaria de Estado de Clinton, Madeleine Albright, cuando dijo, en 1998, que EEUU era el “país más grandioso del mundo”, de un importante papel que cumplir por ser una “nación indispensable”.
Un triunfalismo que llevó al convencimiento de que el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC), justificada por políticas propias del liberalismo económico, llevarían a Pekín a mutar hacia una democracia.
El 11-S puso en cuestión el triunfalismo estadounidense y, mientras se perseguía al terrorismo mundial, China empezó una lenta y persistente carrera ascendente. Junto a ello, la Rusia de Vladimir Putin avanzó varios casilleros en un juego de estrategia internacional por recuperar influencia.
En estos 20 años, EEUU cumplió su objetivo de terminar con el líder yihadista Osaba bin Laden y en evitar que se repita un atentado a gran escala en su territorio, como el del 11-S.
Pero no pudo aniquilar a un movimiento fundamentalista islámico que evolucionó, extendiéndose en territorios de Asia y en varios países de África, y que tiene todavía un gran potencial para provocar mucho daño a intereses de Occidente, como ha ocurrido fuera de EEUU después de los atentados.
Todos esos acontecimientos hicieron que hubiera un hecho que se mantuvo prácticamente inalterable: la falta de interés por América Latina por parte de EEUU como sí tuvo, para mal y para bien, durante la Guerra Fría.
El actual jefe de la Casa Blanca, Joe Biden, marcó un camino de relaciones exteriores que incluye varios mojones y en ninguno de ellos aparece la marca de nuestra región.
Los desvelos del presidente demócrata pasan por la rivalidad con el oponente régimen de Xi Jinping en China, evitar que Rusia se pase de la raya en sus malas prácticas en el extranjero -incluso en la violación de los derechos humanos en su propia casa- y combatir la proliferación del armamento nuclear.
En todo caso, en América, EEUU muestra un marcado interés por la problemática de los migrantes de Centroamérica y los vínculos bilaterales con México.
La actitud prescindente de EEUU con América Latina, en estas dos décadas marcadas por el 11-S, han convertido en una ficción el papel que Albright imaginó para su país hace 23 años.
Y ello explica el interés político y económico de Pekín en Latinoamérica, su disposición en avanzar en acuerdos de libre comercio, una ruta que ahora empieza a explorar con Uruguay. Todo un cambio impensado hace 20 años.