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Amigos y rivales: Arboleya y Espiga viven la final del rugby sin dramas

Ya pasaron los 30, son referentes de sus clubes, ex Teros, hookers, profesionales universitarios y con una visión reflexiva del deporte; juntos analizaron el partido decisivo

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02 de noviembre de 2018 a las 18:00

Uno es médico, el otro economista. Los dos tienen 33 años, se conocen desde niños, se enfrentaron en infinidad de oportunidades, compartieron selecciones juveniles y mayores y se llevan muy bien. Martín Espiga y Carlos Arboleya estarán frente a frente mañana, defendiendo a Old Christians y Trébol respectivamente en la final del Uruguayo de rugby. Y lo de frente a frente es literal, porque juegan de hooker, aunque Arboleya se suele mover por toda la primera línea y entrará formando de pilar derecho.

Entre ellos, y para todo el rugby, son el “Gordo” (que con los años se ha ido estilizando) y el “Dulce” (por lo empalagoso que era de chico, siempre revoloteando alrededor de una pelota). Pero sobre todo, son un perfil diferente de rugbista: reflexivos, maduros, de los que no necesitan esperar al tercer tiempo para darse un abrazo antes de un scrum o tirarse un chiste entre jugada y jugada. Conscientes de todo lo que atravesaron en sus carreras, y con la jerarquía para jugar sus mejores partidos en la hora más importante, pero a su vez, dueños de una forma de vivir el rugby: sin presión. Sabiendo que, pese a todo el crecimiento del rugby en los últimos años, en Uruguay sigue siendo un deporte amateur, y que el lunes volverán a sus trabajos. Y sobre todo, que la vida va bastante más allá de un partido, y que a la cancha se entra a disfrutar. Porque de lo contrario, ¿qué sentido tiene jugar?

Con esa filosofía se juntaron con Referí en un café de Punta Carretas. Disfrutando las horas previas  al final, conscientes de lo difícil que es llegar hasta ahí.

“Llegar acá es gracias al trabajo de mucha gente. Gente que ni la ves pero hace mucho. Parece casete pero es así”, arranca el Dulce, que trabaja en una aseguradora, que tiene un MBA en la Universidad de Duke, y que también trabaja en el Programa Pelota al Medio a La Esperanza (fue uno de los primeros en arrancar las clases del rugby en el Comcar, al punto que la cancha de la cárcel lleva su nombre). “A nosotros solo nos queda disfrutarlo. Recuerdo que cuando arranqué a jugar, el Polo venia de 12 años de campeón, parecía inviable jugar una final. Con Trébol llegábamos por una situación particular, un buen envión. No había estructura atrás como este año, que tuvimos hasta dos equipos de Preintermedia. Nosotros hacemos lo más fácil, lo más lindo. No me tengo que preocupar por la hora del bondi, el médico, no lo veo. Veo un mensaje de whatsapp”.

“Esta semana me tuve que borrar de algunos grupos porque me explotaba el celular”, cuenta el Gordo, en el tercer año de la especialidad de traumatología, que se recibió de médico mientras jugaba en Christians y en Los Teros, y que alterna guardias de hospital en hospital. “Hace tres años que vengo diciendo capaz es el último, pero sigo. Agradecido a la vida por la oportunidad, lo disfruto como loco”, cuenta. “. Te dicen que se pasa volando, y pasa, pero seguimos”. 

Ya pasados los 30, para ambos se vive de una manera diferente. “Cuando solo tenes el rugby en la cabeza, o rugby y estudio o un trabajo pero que no tenés que mantener una casa, estas focalizado en esto. El estrés que te genera el partido a veces cansa físicamente. Ayer hablaba de cuándo empecé a disfrutarlo de verdad, a divertirme. Antes me cuidaba en las comidas, descanso... ahora lo trato de lograr, pero haciendo guardias, voy, juego y me canso, pero se puede hacer igual. Es mucho más mental la preparación”, cuenta Espiga.

 “De chico te metés un estrés que no tiene sentido. Te presionás de que tenés que jugar bien. El tema es divertirse. Yo tengo eso adelante: quiero pasar bien. Incluso cuando voy a entrenar. Cuando pasan dos o tres prácticas que no paso bien digo ‘¿no será momento de retirarse?’. Además no puedo bobear en práctica porque los demás siguen tu ejemplo. Además seguís siendo amateur y hay que trabajar ocho horas, tenes responsabilidades que no podes dejar de lado. Ojo, esta semana mi productividad debe haber bajado fuerte”, agrega Arboleya.

Quizás por vivirlo con más tranquilidad, los dos también sienten la misión de guiar y tranquilizar a los más jóvenes. “Darles confianza, lo que tienen los más jóvenes es que dudan mucho de qué tan bien van a jugar, piensan que si hacen un error lo van a lapidar. Y no. Yo soy bastante crítico con todo el mundo, lo critico pero luego le digo: ‘vos sos muy bueno y lo podes hacer’”, dice Arboleya, y Espiga clara: “Eso es de la vieja época. Una puteada en la buena y no pasaba nada. A mi me toca tirar el line, si tiro tres torcidas les digo, exíjanme, no pasa nada”. 

“Que no se entienda que lo vivimos light”, aclara Espiga. “Los entrenadores se han encargado de que todo desemboque en disfrutar. Lo hacemos para divertirnos, no lo hacemos ni por plata ni por nada. Si no logramos divertirnos, el objetivo está mal. Obviamente todos jugamos para ganar. No divierte ganar, pero el fin es pasar bien”.

“La perspectiva te da otra visión. Hemos perdido finales, partidos importantes. Estas cosas te dan mucho. De los chiquilines tenés que contagiarte energía ya pasarle alguna cosa si los ves complicados, sufriendo”, agrega el sanducero.

En este tiempo cambiaron ellos, pero también los entrenamientos. “Antes no estaban planificados como ahora. Los profes coordinan mucho más con los técnicos. Buscan que el entrenamiento sea corto pero intenso”, recuerda Espiga, y Arboleya acota: “Antes hacíamos una hora de scrum. Hoy no hacemos. Los entrenamientos están enfocados en acciones mas chicas”.

Tiran un par de ideas sobre la final: se la imaginan muy cerrada, obvio. “La defensa de ellos está super organizada, y nosotros tratamos de arrancar desde ahí, por eso me imagino un partido cerrado y esperando las individualidades de los tres cuartos” dice Arboleya. “Si sale trabado saldrá trabado” acota Espiga, antes de irse a hacer las fotos. Al final se van conversando, como tantas veces en un entrenamiento, sabiendo que se viene el día más lindo del año, pero que el lunes, la vida sigue como siempre.

La selección, el profesionalismo y el día después

Ambos exhookers de la selección hasta no hace mucho tiempo -Arboleya fue incluso capitán y mundialista- ven con un poco de nostalgia el proceso, y con alegría por el salto profesional que han dado algunos teros. “Tener la opción está bárbaro. Si la hubiese tenido a los 23 años no lo hubiese dudado un segundo”, dice Arboleya, aunque aclara: “Eso considerando siempre al rugby como un disfrute, que no podía ser un medio de vida, que podes jugar hasta los 34 más o menos. Después se acaba y tenés que volver a tu casa y tener plata para comprar comida. Y además tener un titulo, haber terminado educación terciaria. A veces uno piensa que Uruguay es súper ilustrado y son muy pocos los que logran recibirse. Va todo atado, el fútbol a veces es una salvación para alguna gente y de repente termina sin ser una fuente de ingreso viable, porque no tienen educación”. 

“Seguramente a los jugadores que son parte les haya costado un montón no jugar por sus clubes. A Christians por ejemplo le faltan un montón de jugadores en la final. Pero pasa en todo el mundo, le pasó a los clubes de Buenos Aires. Cuando se fueron los profesionales el nivel bajó, pero después sube de nuevo”, aclara el jugador de Trébol.

“Yo jorobaba con mi mujer que por suerte esto no salió antes”, sonríe Espiga. “Estoy encantado que estos chicos tengan la chance del profesionalismo. Sobre la falta de jugadores ya se sabía, el club también está encantado con que tengan la chance. Quizás hay gente molesta, pero ya lo sabíamos, y como tenemos un plantel grande otros jugadores tienen la oportunidad, van a rendir igual o hasta mejor. No me preocupa, me da lástima por ellos que se pierden la final, porque entrenaron todo el año. ¿Pero por el club? Tenemos que estar orgullosos”.

“Después del pasaje de Lemoine hubo una revalorización de la selección, si te llaman hay que ir, salvo cuestiones personales que se entienden”, agrega Arboleya. “Estoy con lo de la profesionalización, pero ojo, firman por 4 meses. Tenés que pensar en el día después. El que está con la facultad se va cuatro meses y termina perdiendo un año. Por ejemplo Joaco Prada, que no se fue, da ahora el examen para entrar en traumatología: si entra, ¿qué hace con el Mundial? Porque el año que viene tiene que trabajar todo el año. Tenés que tener todo el espectro, tampoco es la panacea el profesionalismo”. 

Ambos son un ejemplo de que se puede estudiar y jugar en el alto nivel “A veces cuando lo ves de afuera parece más de lo que realmente fue. Lo naturalizas, aunque cuando llegan partidos decisivos, mirás para atrás y ves todo lo que hiciste, te das cuenta que fue grande el esfuerzo. Pero todo esto lo haces porque te gusta”, se sincera Espiga

“Para nosotros era normal agarrar el bolso a las de la mañana y llegar a casa de noche. Sí, te perdés eventos familiares , por ejemplo, mi abuela no me quiere ni ver (risas). A mis compañeras de estudio les traía un regalo del freeshop después de cada viaje con Los Teros, es impresionante lo que me ayudaron”.

Siendo los dos profesionales universitarios, ambos no ven un riesgo en que el paso al profesionalismo impida que sigan estudiando. “Deben haber muy pocos jugadores de rugby que no estén terminado el liceo y no vean la facultad como primera opción, porque todo tu entorno lo hace. Yo nunca en mi vida pensé en no terminar una carrera terciaria”, expresa Arboleya. 

Espiga va más allá, y aunque destaca la importancia de estudiar, ni lo ve incompatible con destinarle algunos años al rugby. “Lo hable con Mario Sagario cuando volvió. Es difícil, tuvo que ponerse a terminar la carrera, trabajar, le está metiendo. Pero nadie le saca los años de experiencia, de vivir en Irlanda, Francia, es espectacular. Retrasas un año de estudio, pero la verdad, también te retrasás por otras cosas. Yo la prueba para entrar tramuatología la tuve que dar tres veces. Estaba recibido de médico, pero para poder dedicarme a la especialidad que quería demoré tres años. Después te das cuenta que a la larga no pasa nada. 

La anécdota: le pidió al juez que no le sacara una roja al rival

En las semifinales del Uruguayo 2015, entre Old Christians y Carrasco Polo, una imagen se viralizó bastante más allá del rugby, y sirvió para resumir a Martín Espiga en una cancha: el capitán de Old Christians le pedía al referee del partido que no expulsara al capitán de Polo, Alejo Parra. 

A la distancia, Espiga lo recuerda con una sonrisa, aunque se pone incómodo al hablar del tema y prefiera pasarlo rápido: “Se hablaba como que yo fuera el papa. Yo no vi la piña de Alejo, a veces los jueces sobredimensionan lo que en el juego nosotros sentimos. Pasa mil veces, golpes que terminan con tarjeta, que el golpeado siente que no fue nada. Yo no vi  la piña, después vi el video y capaz que si, se le fue la moto. Pero además nosotros durante mucho tiempo perdimos con Polo, veníamos laburando muy bien y quería ganarle a Polo con todo, no que le sacaran al capitán. Conozco a Alejo, somos la misma generación. Entonces le dije al juez: ¿estás seguro? “

Arboleya es otro al que nunca se lo verá insultando a un rival o a un juez. “Yo trato de no calentarme, y como me gusta pasar bien en la cancha, a veces peco de hacer chistes con los jueces. Mis propios compañeros me dicen ‘cállate y jugá’, porque distorsionas a otro. 

“No gasto un segundo en boquillear”, coincide Espiga. “El primer scrum con el Dulce seguramente nos saludemos. Capaz que algún otro, incluso de nuestra edad, lo ve como una guerra. Para mí es ilógico”.

“El que entra en la chiquita está perdiendo el tiempo”, acota Arboleya. “Mismo con las hinchadas, hablamos que no haya ni un insulto. Desde eso hasta cuando vamos en el bondi, al primero que grita algo a una mujer o a un hombre le doy un tatequieto. Los peores son los más viejos. Los jóvenes ya vienen con otra cabeza”.

Los dos con bajas

Old Christians y Trébol, 1 y 2 de la temporada regular, juegan desde la hora 15.40 la gran final del Campeonato Uruguayo. Para eso la cancha de Old Boys (el Charrúa no se puede usar porque ya está cedido a la FIFA para el Mundial femenino sub17) se viste de punta en blanco, con la instalación de tribunas móviles  para 800 personas. El azul llega con cinco bajas de jugadores de selección (Manuel Ardao, Manuel Diana, Leandro Segredo, Tomás Inciarte y Federico Favaro), mientras que el sanducero no tendrá a Juan Andrés Rombys y Agustín Della Corte.

Cancha: Old Boys 
Árbitro: J. Montes 
Entradas: Generales $ 400, menores de 12 gratis 
Hora: 15.40
TV: Directv
Preliminar: Final Intermedia Old Boys-Christians (13:30)
 

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