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Cien años de una colonia rusa en Uruguay con una historia muy vasta

San Javier fue fundada en julio de 1913 por 300 familias de una secta religiosa que huía de la persecución del zar Nicolás II de Rusia. La colonia también sobrevivió a la represión durante la dictadura uruguaya

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26 de julio de 2013 a las 20:16

"Admira la profusión de niños que se ven por todas partes, llevados en brazos de las mujeres o jugando con soltura, todos de rosadas carnes de salud y vestidos con limpieza, denotando así tanto la virtud prolífica de la Colonia como la suficiencia económica de las familias. No aparecen en esta población agrícola ni la miserable suciedad propia de todos los rancheríos criollos, ni la vagancia viciosa y mendicante que apesta a casi todos nuestros pueblos del interior”. Así describía Alberto Zum Felde sus primeras impresiones sobre San Javier, en una crónica publicada en el diario El Día el 21 de noviembre de 1921 y rescatada por el magnífico trabajo de Virginia Martínez, Los rusos de San Javier, que acaba de ser publicado por Banda Oriental.

El pueblo había sido fundado ocho años antes, en el invierno de 1913, por una secta religiosa de 300 familias, llamada Nuevo Israel, que huía de la persecución del zar Nicolás II de Rusia. Habían aprovechado la política del gobierno de José Batlle y Ordóñez, que auspiciaba la llegada de campesinos europeos para trabajar la tierra.

Desde su llegada a esa zona apartada a orillas del río Uruguay en el departamento de Río Negro, los rusos de San Javier debieron enfrentar una serie de dificultades políticas y culturales que tuvieron su peor expresión durante la dictadura militar uruguaya entre 1973 y 1985. Según cuenta Martínez, en sus primeros años de vida “la colonia funcionó como una especie de ciudad Estado que tenía leyes propias, gobernada por el jefe de la secta, dictador patriarcal que concentraba el poder temporal y espiritual”. Se trataba de Vasili Lubkov, el profeta de la secta, que, según la autora, llegó a Uruguay con la misión divina de fundar el reino de Dios en la tierra.

El enfrentamiento entre lo laico y lo religioso, entre el encierro y la cultura local, marcaron la primera década de la historia de la colonia rusa en tierras uruguayas.

Pronto la comunidad se dividió entre fieles y disidentes, los que querían permanecer aislados y los que pretendían abrirse a las costumbres locales. Los partidos políticos locales, el Partido Colorado y el Partido Nacional, también entraron a jugar. De hecho, la crónica de Zum Felde era un intento firme de desacreditar las alarmas que se habían lanzado por parte del Partido Nacional.

Hasta 1926, Lubkov dirigió la economía de San Javier y representó legalmente a los colonos frente al Estado. Ese año perdió la condición de administrador general, que pasó a manos del Banco Hipotecario del Uruguay. “Fue el golpe de gracia para el debilitado profeta y es posible que lo haya obligado a abandonar su empresa y volver a la reciente Unión Soviética”, señala Virginia Martínez.

Después del profeta

Lubkov regresó a Rusia con 50 familias y las siguientes décadas de San Javier estuvieron signadas por el endeudamiento con el Banco Hipotecario, el reclamo de tierras y la interrupción del contacto con la madre patria, a causa del aislamiento impuesto por el régimen de Stalin.

De todas maneras, durante la segunda guerra mundial, San Javier organizó un comité de ayuda para enviar alimentos a la población rusa necesitada. Después de la guerra, la Unión Soviética comenzó una estrategia de propaganda en decenas de países, incluido Uruguay. En 1945 se fundó en Montevideo el Instituto Cultural Uruguayo Soviético (ICUS) y el Centro Cultural Máximo Gorki de San Javier, una filial del que ya existía en la capital.

Sin embargo, tal como lo establece Martínez, “los sanjavierinos se consideraban uruguayos y rusos, herederos de un legado cultural que reivindicaban con orgullo, sin que ello supusiera adhesión a un gobierno o una ideología. La cultura, la gastronomía y la lengua de sus mayores eran seña de identidad y patrimonio de todos en la colonia, fueran anticomunistas o pro soviéticos”.

Esto no fue entendido por las autoridades militares durante la dictadura y el pueblo se convirtió en una zona sitiada. La persecución comenzó en 1973 y se mantuvo durante todo el período de facto. Incluso se intensificaron desde 1980, cuando el Ejército invadió el pueblo, destruyó el interior del Centro Máximo Gorki y detuvo a decenas de personas que cumplieron años de cárcel en el penal de Libertad.

Los encarcelamientos, las torturas y acciones represivas estuvieron a la orden del día hasta la última y más famosa: la detención del médico del pueblo, Vladimir Roslik, su sometimiento a tortura y su muerte, en abril de 1984.

El procedimiento fue el de tantas otras muertes y desapariciones, pero esta vez, tanto la viuda como la prensa amplificaron el caso y el silencio habitual se rompió.

Casi tres décadas después, San Javier recuperó su atmósfera de pueblo de gente amable y con una tradición y cultura compartidas y también adaptadas a la cultura local. Una pequeña plaza, una fundación y el camino de acceso norte al pueblo llevan el nombre Dr. Vladimir Roslik. Se dan clases de ruso en el Centro Cultural Máximo Gorki y la casa donde vivió el profeta Lubkov, es Monumento Histórico Nacional.

Hoy festeja su centenario una comunidad orgullosa de su herencia y de la elección que la hizo emigrar y le dio la oportunidad de empezar de nuevo.

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