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Con agenda agrícola, hay paraíso

“El mundo demandará alimentos de países confiables, con trazabilidad, certificación, inocuidad y sello ambiental, Uruguay está en el camino de consolidarse. Y la agenda agrícola, será el pasaporte para lograr ese objetivo”

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10 de enero de 2020 a las 05:00

Por Federico Montes (*), especial para El Observador

Desde aquellos memorables días de 1611 en que se registró la llegada de una importante tropa de ganado vacuno que Hernandarias dejó en dos islas del Río Negro, estas tierras se caracterizaron por ser un campo natural para la ganadería. Hasta el día de hoy; y seguramente, hasta un lejano mañana.

Lo antedicho no esconde los cambios profundos que el campo ha registrado en las últimas dos décadas. Así es que los tiempos del campo natural como exclusiva fábrica de alimentación para la producción de carne fueron quedando atrás. Con la llegada al país de la soja y la tecnología de la siembra directa, el paisaje cambió y la agricultura ganó un lugar privilegiado.

Con el crecimiento de la producción de granos, Uruguay le sacó jugo al engorde de ganado a corral y apostó más fuerte a la producción de carne ovina de calidad (cordero pesado), acelerando los ciclos productivos y la productividad por hectárea. Hablando en plata y con números.

Pasando por alto la tremenda crisis que significó la fiebre aftosa, el propio descalabro económico de 2002 y la burbuja financiera que explotó en 2008, podemos decir hoy que, con relación al 2000, el stock bovino: aumentó 8%, la producción de carne por hectárea creció 34%, el área mejorada en porcentaje pasó de 15,9 a 18,3%, la edad de faena bajó 3,6 a 2,9 años y el coeficiente de extracción pasó de 16,7 a 23,3%.

Y todo producido en una superficie que se achicó 1 millón 300 mil hectáreas, debido a la expansión de la forestación y de la soja. Con una diversificación productiva consolidada y una agricultura considerada como motor de los desarrollos productivos, económicos y sociales, surge la necesidad de crear una agenda agrícola para los próximos años que atienda los principales desafíos, con objetivos y metas claras.

¿Quién puede dudar que la agricultura tiene un rol fundamental, junto con la ganadería, la forestación, la citricultura, la fruticultura y la horticultura? ¿Quién puede desconocer el desarrollo agrícola sostenido en un complejo entramado de soberanía alimentaria e inserción internacional?

La agricultura siente la falta de un espacio para planificarse. Por eso, el trabajo con las gremiales rurales e institucionalidad agropecuaria debe ser parte de una agenda necesaria para plantear los temas de corto y mediano plazo y a su vez construir una visión de futuro. La construcción de consensos es posible lograrla, discutiendo hacia dónde vamos, trabajando dentro y fuera de fronteras, compartiendo misiones conjuntas (productores, industria, exportadores y sector oficial), entendiendo los mercados y señalando nuevos desafíos.

Lo ambiental, abordando un conjunto de acciones, desde la revisión de los agroquímicos con foco en los análisis de riesgo. Analizando lo toxicológico y ambiental que impulse la sustitución ya sea por fitosanitarios de menor riesgo como por tecnologías más amigables con el ambiente y la salud (controladores biológicos, uso de feromonas, atrayentes alimenticios u otras tecnologías). Impulsando la puesta en funcionamiento de un laboratorio para análisis de residuos con equipamiento de primer mundo y técnicas acreditadas. Consolidando la propuesta del monitoreo satelital, como política ordenadora y generadora de confianza. Profundizando los planes de uso y manejo de suelos, incorporando modelos que brinden información del balance de carbono y de la relación de nutrientes como el nitrógeno y fósforo.

La coexistencia de sistemas productivos, asumiendo que un país sin grandes valles o extensiones exclusivas para la agricultura, debe pensar que los cultivos conviven con los pueblos, cauces de agua, escuelas rurales, rutas y caminos vecinales. Ni el monocultivo sojero ni un desierto fértil. La apuesta es construir un modelo que otorgue certezas, en sus desarrollos productivos y comerciales, tanto al productor de miel como al que produce soja. Un modelo basado en la ciencia y en la innovación, con marcos jurídicos que acompañen. Y con algo fundamental que ha sido escaso en estos tiempos: la “ley del buen vecino”, que aunque no está escrita, promueve el diálogo como un valor cultural, necesario para entendernos.

La inserción a la cadena de valor de los pequeños y medianos productores, fortaleciendo el asociativismo y cooperativismo, pensando en nuevos modelos productivos y generando más propuestas para los agricultores de menor escala.

La inserción internacional y la diversificación de mercados, profundizando este lineamiento estratégico con una visión transversal a todos los rubros.  

Convencido que el mundo demandará alimentos de países confiables, con trazabilidad, certificación, inocuidad y sello ambiental, Uruguay está en el camino de consolidarse. Y la agenda agrícola, será el pasaporte para lograr ese objetivo.
 

(*): Director general de los Servicios Agrícolas del MGAP 

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