Como en 2012 cuando llegaron a Uruguay por primera vez, el domingo el público casi llenó el Teatro de Verano para ver a los Megadeth, que volvieron a colmar las expectativas de un público variopinto, donde los jóvenes se mezclaron con los veteranos y hasta se vio a más de un padre agitando con su hijo. Y es que para muchos poder escuchar en vivo a los liderados por Dave Mustaine, es lo que para otros ver a Paul McCartney en Uruguay: un sueño de juventud hecho realidad cuando ya se peinan canas.
Por eso no importó la media hora de retraso que tuvo la banda para saltar a escena y tampoco el sonido altísimo que hizo que la voz de Mustaine no se escuchara durante el primer tema, esa maravilla que es Hangar 18 que fue cantada por todo el teatro para ayudar a la banda.
Mientras se arreglaba el desperfecto, el carismático cantante volvió a demostrar que lo suyo es simpatía pura, cuando pidió disculpas por cancelar el show del jueves pasado por culpa de un avión que nunca despegó, escena que ejemplificó abriendo los brazos como alas y con unas cuantas malas palabras sobre ese medio de transporte, para después asegurar que: “No íbamos a dejar de venir aquí”.
Megadeth siguió con Wake Up Dead e In My Darkest Hour, para después atacar con The Killing Road, uno de los tantos clásicos que arruinaron la garganta de muchos de los presentes. Sin pausa y sonando cada vez mejor a medida que calentaban motores, los cuatro músicos comenzaron a dar un show épico, apoyado por tres pantallas que hipnotizaron a la platea con videos de gran belleza cromática.
Con She Wolf, Reckoning day y Trust dejaron claro porqué son una de las bandas más grandes del heavy metal, y con A tout le monde, confirmaron aquello de que las mejores baladas son las de los grupos pesados.
La noche se cerró a puro riff distorsionado y energía a borbotones con Peace Sells –donde un actor salió disfrazado a escena para emular a un siniestro personaje de sus discos– y Symphony of destruction, donde se escuchó el clásico: ¡Megadeth, aguante, Megadeth!, que tanto le gusta oír al grupo estadounidense cuando visita el Río de la Plata.
Pero la máxima emoción estuvo sobre el final, cuando se desplegó una enorme bandera con el nombre de la banda, momento en el que Mustaine hizo un alto para sacar una foto hacia la platea y llamar por teléfono a su esposa desde el escenario, para comentarle que la gente la quería saludar y que quizá “ya había llegado el momento de que se vinieran a vivir a Uruguay”, lo que provocó una emoción colectiva indescriptible.
La inevitable despedida vino de la mano de Holy Wars, un himno donde la banda demostró una vez más que no viene a Uruguay a robar la plata y que, aunque la voz y los músculos no sean los de antes, aún les quedan garras afiladas y una enorme dosis de dignidad metalera, para darlo todo sobre el escenario. l