16 de enero de 2022 5:05 hs

Recuerdo la tarde en que Howard Nemerov dijo como si el tiempo lo estuviera escuchando: “La vida es más corta de lo que uno piensa”. El poeta estadounidense, premios Pulitzer y Bollingen entre otros, siempre tenía a mano algún comentario sagaz para compartir, de esos que permanecen con uno. Las palabras estaban de su lado, y no solo cuando escribía poesía. También aquella mañana fría en el aeropuerto de St. Louis, con la nieve cayendo donde gente y aviones vienen y van, y en ese entonces aún se podía fumar. La historia, para hacerla corta, es la siguiente. El profesor de clases magistrales, al que Joyce Carol Oates denominó “poeta inclasificable”, nos había pedido que lo lleváramos al aeropuerto pues viajaría a una ciudad de la costa este, no recuerdo bien cuál, aunque no creo que la mencionara. Nemerov era entonces un poeta famoso, hoy fuera del radar salvo para quienes lo tendremos presente mientras la memoria no opine lo contrario. La pregunta fue la misma de siempre en estos casos: “¿A qué hora lo pasamos a buscar?”. “A las nueve”, respondió la noche anterior. Amaneció con nubes y nieve, por lo tanto, las nueve de la mañana de esa tan particular jornada no fue lo mismo que las nueve de la mañana en verano, cuando uno puede estar en paz con su cuerpo, nadando en el agua fría sin prestarle atención a las opiniones del termómetro. A las nueve de la mañana de un día de enero (hemisferio norte), uno está imperfectamente preparado para sentir la tortura de varias cosas a la misma vez: el aire, el viento, la nieve, los pies congelados y el resto del cuerpo en idéntico estado. A la hora del hielo llevamos al poeta al aeropuerto. Cuando quisimos acordarnos, ya estábamos ahí. 

Era el mundo pre 11 de setiembre. Nemerov despachó rápidamente sus valijas y nos dijo: “Vamos a tomar algo”. Era uno de nuestros profesores preferidos, por lo que significaba un honor estar con él a esa hora, en ese día que había dejado de ser igual a los demás. De pronto se me ocurrió preguntarle, temiendo que tanta conversación lo hubiera distraído: “¿A qué hora sale el avión?”. “A la una de la tarde”, respondió, dejando a sus dos acompañantes helados (ya lo estábamos, pero después de esta frase más). Eran recién las nueve y pico. Tratando de disimular el asombro (y no era solo eso, pues algunas horas gratis con el poeta representaban una bendición), volvimos a preguntar: “¿Y por qué vinimos tan temprano si su avión sale dentro de cuatro horas?”. Mientras levantaba una mano para llamar al mozo, respondió: “Odio volar. Si no me tomo unos gin tonics antes, no me animo a subir a un avión. No me gustaría morir en uno de esos aparatos”. La respuesta fue tan convincente que nos ofrecimos a llevarlo al aeropuerto cada vez que necesitara viajar. Incluso estábamos dispuestos a llegar la noche anterior para poder compartir sus conversaciones. Pero ahí no acaba la historia.

Tiempo después –aunque no mucho después– supimos que Nemerov tenía cáncer y que sus días estaban contados. De esa enfermedad murió al tiempo. Pero antes tuvimos tiempo de aprender algunas cosas con el maestro que siempre llegaba temprano al aula y era el último en irse. Aprendimos que la muerte no es la misma en cualquier lugar. Para quienes aman volar puede ser más atractivo esperarla en un avión, en donde viene acompañada de altura. Para quienes odian las alturas en cambio, es preferible esperarla en un hospital rodeado de catéteres que resultan inútiles escudos contra ella, la dama negra que puede traspasar cualquier región del cuerpo. Nemerov odiaba volar y necesitaba tomar alguna bebida espirituosa antes de abrocharse el cinturón de seguridad. Y fue a morir en la misma aérea forma: en un espacio cerrado en forma de cohete que no lleva al espacio, pero mide a la perfección el espacio real de esta vida, o lo que de esta pueda ir quedando. Entró al hospital teniendo la certeza de que no saldría vivo, pero sabiendo al mismo tiempo que allí no tendría la angustia de quien muere estrellado dentro de un avión o en cualquier cosa que remonte las alturas.

Mucho pensé en la historia de esa mañana de nieve y gin con el gran poeta cuando visité la NASA, situada a una hora al sur de Houston y a 40 minutos de las aguas del golfo de México. Si alguien quiere sorprender y alimentar su inteligencia visitando un lugar único en el mundo, ese es el lugar propicio. El inmenso recinto donde se han creado realidades que superan el nivel de lo posible es algo así como un museo de la imaginación en el futuro. Puesto que es propiedad federal estadounidense, el precio de la entrada es accesible, aunque el asombro no sabe cómo pagarlo. El lugar es mágico. Se necesita al menos un día para recorrerlo en su totalidad. El periplo tiene entre sus atractivos principales el viaje en trencito al centro de entrenamiento de astronautas y al edificio donde está la base de operaciones del viaje a la Luna en 1969. La sala está tan igualita a como era cuando el hombre pisó la Luna por primera vez el día en que la inteligencia humana dio un salto cualitativo a territorios que siguen perteneciendo a pasado mañana.

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Durante la recorrida uno tiene acceso a varios documentales y carteles informativos que permiten al visitante conocer en breve tiempo la carrera espacial, tan especial como ha sido. Infinitos son los datos que deslumbran a quien preste atención, actividad en la que uno recibe más de lo que presta. Por más que el noventa y pico por ciento de la información habla, como corresponde en estos casos, sobre triunfos contra la adversidad, hay también más de una gran derrota. Una me llamó mucho la atención: la que tiene que ver con la desintegración de los siete astronautas de la misión STS-107 del transbordador espacial Columbia, ocurrida el 1º de febrero de 2003, a 50 minutos del aterrizaje. Para ellos, el horror vino acompañado de atroz agonía. Cuando entraron en la atmósfera, aprontándose para aterrizar y abrazar a sus familiares, supieron del destino que les esperaba. ¿Cómo habrá sido oír esa voz venida de Houston “tenemos un gran problema”, anunciándoles que a la vida solo le quedaban segundos? ¿Quién habrá sido el heraldo que les dijo con otras palabras: “No hay solución, este es el principio y el final del fin”? Sabiendo el desenlace que les esperaba, los últimos segundos de los astronautas del Columbia deben haber sido una agonía eterna medida en instantes.

Encomendados a Dios –la fe a veces funciona en cuestión de segundos–, los astronautas habrán pensado en la penúltima sonrisa de sus familiares, en el instante feliz que desaparecía ahora sí para siempre, en los hijos, en la mujer, en la madre (el orden de desaparición puede haber sido diferente), en la primera vez del amor, en aquella mano que les dijo adiós mientras la vida ya estaba en otra parte. Después, vino lo demás, aceptar sobre todo que una nave supuestamente blindada no era, como creían, menos peligrosa que un cáncer. Pero la vida –y también la muerte– no se fija en esos nimios detalles. Tanto arriesga su vida aquel que está en casa cambiando los canales del televisor con un control remoto fácil de usar como todos esos que suben a un avión y temen que el fin llegue con el cinturón de seguridad bien ajustado. Para olvidarse de estos pequeños grandes detalles de la mortalidad, Howard Nemerov se tomaba varios gin tonics antes de volar en avión, porque con la imaginación volaba siempre sobrio. 

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