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Del tener al tener acceso: ¿Los formatos físicos y digitales están a los empujones?

Hay una nueva víctima: el Blu-ray no tendrá nuevos reproductores. La nube, la web y las plataformas de streaming crecen en espacio, volumen y funcionalidad

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02 de marzo de 2019 a las 05:00

María Eugenia Scognamiglio
Especial para CROMO

Mathias, un joven de 27 años, todavía ve una disquería y entra. Con una sonrisa en la cara se sumerge entre las góndolas, busca los géneros que le gustan y empieza la cacería. Deslizando los discos, uno atrás del otro, saca alguno que le llamó la atención, sigue la búsqueda y termina en la caja con uno o dos, no más. Aunque tiene una colección de discos de música en su casa, a veces se va sin ninguno.

Para él la mejor parte son las sorpresas con las que se puede encontrar revisando las góndolas de la disquería: una experiencia que es cada vez menos frecuente. El motivo más evidente es la llegada del formato digital en todas sus presentaciones: desde Ares –aquel sistema de los años 2000 para descargar canciones– y plataformas digitales como Spotify hasta las cintas VHS y Netflix.

La industria musical convive con esta realidad: los artistas lanzan de a una o dos canciones en YouTube o en plataformas de streaming como Spotify sin necesidad de incluirlas en un CD; aunque todavía quedan de los que prefieren tener 10 o 12 canciones y difundirlas en formato físico primero y después en digital.

Andrés Sanabria, director de Bizarro Récords considera que el CD es todavía “un formato vigente en Uruguay y en todo el mundo” y que el público accede a la música de diversas formas aunque, lo obvio, es que la presencia del CD disminuyó frente al streaming y los contenidos online. Sin embargo, otros formatos –incluso más antiguos que el CD- como el vinilo están de moda de nuevo y “tienen un claro crecimiento”, afirmó Sanabria.

En Bizarro conviven ambas formas de producción y el formato físico como el CD todavía le da un poco más de cuerpo a la obra del artista. Según explicó Sanabria, en algunos casos se edita un disco para poder hacer una gira, shows y generar, a su vez, con esos shows derecho de autor.

También hay artistas que deciden volcarse de lleno al formato digital por motivos comerciales: “Son músicos a los que no les va mal; al contrario, llevan mucha gente y hacen muchos shows pero probablemente tienen  un público más joven que está más acostumbrado a consumir la música en forma digital”, señaló Sanabria y agregó que aunque el número de discos que se deben vender en Uruguay para que la edición de un trabajo discográfico sea rentable depende de los costos de producción, unos 500 o 600 deberían ser el mínimo para que los números cierren.

 

En el rubro de los videojuegos sucede algo similar: los formatos físicos fueron aquellos cassette de Nintendo que había que soplar para sacar el polvo y de esa forma, nadie sabe cómo, volvían a funcionar. Después vinieron los CDs y ahora las compras de juegos online.  


Sin embargo, aunque las tiendas de videojuegos montevideanas apuestan a la venta exclusiva del formato físico, estos CDs son más caros que comprar el juego en plataformas en línea como Steam–para juegos de computadora– o en las tiendas de Play Station o Xbox. Un mismo juego en línea cuesta US$ 36  y en un local de videojuegos US$ 89.

“Comprar en formato digital es un riesgo porque si perdés la cuenta o se te rompe el disco duro de la computadora también perdés el juego y todo lo que tengas adentro”, afirmó Tatiana, empleada de la tienda de videojuegos Jakers, a Cromo.

Memoria colectiva digitalizada

Eliseo Queijo, presidente de la Asociación Uruguaya de Archivólogos, vio hace unos días en una volqueta una cantidad de libros viejos y en una operación casi heroica los rescató de la basura y se los llevó a su casa. 
Son libros de contabilidad de la antigua Compañía Central Cinematográfica que tienen información de las películas, los distribuidores y datos como la cantidad de gente que iba al cine en la década de 1980.

“Me los traje para guardarlos porque al no estar digitalizados toda esa información se pierde para siempre y la gente los tira pensando que es papel viejo”, contó Queijo y agregó: “Se está perdiendo un poco la historia o lo que se encuentra en los distintos formatos. Ya pasó con los disquetes y las cintas VHS y ahora está pasando con el papel. Se piensa que lo único que está disponible es lo que está digitalizado o en internet”.

Para Queijo traspasar la información de los formatos físicos a la nube tiene algunas desventajas, por ejemplo, que los servidores estén ubicados en un país diferente del que quiere subir o acceder a la información, lo que conlleva que deba regirse por una jurisdicción diferente a la suya. “Un servidor de Google se maneja con la jurisdicción norteamericana y ellos pueden acceder a datos que pueden ser privados o no y a veces eso trae alguna desventaja”, ejemplificó.

Los historiadores todavía buscan documentos y cintas en el Archivo General de la Nación, pero, según Queijo, los archivólogos quieren que la información sea fácil de encontrar para cualquiera y el camino para eso es la digitalización. “A veces te indigna que tiren documentos en papel a la basura porque estás perdiendo un poco de la memoria de la sociedad”, afirmó.


¿Desaparece el almacenamiento físico?

En marzo de 2017 Ariel Plabnik, country manager de la marca Kingston, fabricante de memorias de ordenadores, dijo en entrevista con Cromo que la pregunta sobre si la nube podrá reemplazar a los formatos físicos de almacenamiento “es recurrente” y agregó que “es evidente que las importaciones de pendrives vienen bajando”.

Los formatos físicos que necesitan de un reproductor para obtener la información van perdiendo vida. Por ejemplo, hace unos días Samsung anunció que ya no fabricará más reproductores de Blu-ray, las últimas Mac –la computadora de Apple– no tienen puerto USB por lo que el pendrive comienza a quedar obsoleto y las nuevas PCs –desde hace un tiempo– no tienen reproductora de CDs. 

De los empujones entre los formatos físicos y digital en todos los rubros, el del almacenamiento digital es el que se quedó al frente. ¿La responsable? La nube. 
Un concepto que parece abstracto pero que no lo es tanto: “No es una entidad física, sino una red enorme de servidores remotos de todo el mundo que están conectados para funcionar como un único ecosistema”, explicó Rodrigo Astiazarán, gerente general de Microsoft Uruguay a Cromo. DropBox, iCloud o Microsoft One Drive, entre otros, son algunos ejemplos de servicios de nube.

Los usuarios pueden acceder a ella sin recurrir a ningún objeto físico –pendrive, CD o disco duro–. Pero no es solo eso: la nube es tan elástica que allí también se almacenan datos que hacer funcionar a gigantes de internet como Google o Amazon.

Datos o imágenes, archivos de video o documentos compartidos en tiempo real se pueden subir y guardar en esa plataforma. Es una forma de almacenamiento exclusivamente digital, que no precisa intermediarios ni reproductores para acceder a la información, solo un usuario y una contraseña.

“El almacenamiento es solo una diminuta parte de la capacidad de la nube. Su verdadero poder reside en la capacidad de procesamiento de esta información, el cuál excede por mucho las prestaciones de un servidor local o una PC local. Esta capacidad es la que permite el uso de servicios cognitivos basados en inteligencia artificial desde la nube en tiempo real. Por ejemplo, la capacidad de analizar imágenes de video en tiempo real para inferir o predecir acontecimientos como un accidente de tránsito o un posible riesgo en una fábrica”, explicó Astiazarán y añadió que la nube puede ser el reemplazo, por completo, de los sistemas de almacenamiento físicos.
Sin embargo, Plabnik dijo que no cree que los USB desaparezcan por completo, sino que van a ser “un negocio mucho más chico”. 

El fin que no fue
El final de los libros impresos empezó a sobrevolar el mundo literario cuando llegaron los e-books, pero hasta ahora no murieron las páginas. En las librerías no se venden libros digitales sino que estas tiendas se siguen dedicando a los libros físicos.
Sin embargo, los libros electrónicos tienen muchos beneficios, entre ellos la capacidad de almacenar miles de títulos. En estos años las editoriales uruguayas encontraron un negocio allí y actualmente comercializan ambos formatos.
Los precios entre un libro digital y uno impreso no varían demasiado: el libro Mi historia, de Michelle Obama, por ejemplo,  cuesta US$ 12 en formato ebook y US$ 18 en papel.

 

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