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Drexler es un copiandín y otras canciones viejas

Leonardo Favio, Raphael, Fandermole, Víctor Manuel y Drexler en un mismo lodo todo manoseao

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19 de febrero de 2013 a las 00:00

No, no. El que canta en este video que está aquí arriba no es Jorge Drexler dentro de veinte años. Es Víctor Manuel pero, como usted verá, Drexler le copió el rostro, la mirada, la camisa cerrada y hasta los movimientos de cabeza. Claro, usted –y no le estoy hablando a usted sino a ese otro usted que no es usted- tiene una leve referencia de Víctor Manuel pero Drexler le encanta porque, antes que nada, es uruguayo, muy simpático y hasta se ganó un Oscar.

Sin embargo, si usted escucha y mira este video le resultará difícil responder por qué se endulza con la música que ahora hace Drexler y no con la que viene haciendo Victor Manuel desde hace más de cincuenta años. Tal vez porque Drexler es un uruguayo con onda y, en cambio, el español tiene un público mayormente formado por hombres sesentones (en España hay un dicho que asegura “folla menos que músico de Victor Manuel”).

A usted le gusta el verso “ya está en el aire girando mi moneda/ y que sea lo que seá”, pero ni le va ni le viene ese que dice “para el rocanrol de los idiotas/ para el tango canalla de Gardel/ para las tres versiones de la historia/ la del novio, su amante y su mujer” que es bastante más inspirado. Y no me diga que a uno le pueden gustar las dos cosas porque ya lo sé.

Pero ¿sabe qué? el Victor Manuel es mejor que Drexler, que Dexter y que todas las sinfónicas de Viena. Porque el Victor Manuel, así como lo ve, come casi todas las noches con la Ana Belén. Y, aquí estaremos de acuerdo, a eso no hay con qué darle.

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El niño Raphael y los uruguayos ilustrados
(de cuando nombraron a Raphael ciudadano ilustre de Montevideo)

El cantante español Raphael ha construido un personaje reconocible en casi todo el mundo gracias a ciertas peculiaridades y a un inmenso bagaje artístico que no viene al caso analizar. Con su fama, con sus discos de oro y de platino, y después de ser aclamado en la región, Raphael llegó a Montevideo y la intendencia lo declaró Visitante Ilustre de la ciudad. Todo muy lindo hasta que algunos uruguayos se enteraron y tronaron a través de Facebook y de Twitter que es la nueva forma de conocer cómo piensan los uruguayos.

Que quién es Raphael, que qué hizo para merecer esa distinción, que nos olvidamos de “los hermanos Cardozo” y nos acordamos de un español medio empalagoso.

No importa que testifiquen a favor del “niño de Linares” algunos de los mas reconocidos popes del rock, la balada y la canción de autor de casi todo el mundo. En Uruguay tenemos la posta. En las redes sociales se acusó a Raphael de desviaciones ideológicas, de tener dudosos gustos musicales y de practicar lo kitsch, como si eso fuera un demérito por sí solo.

Para estos uruguayos, el kitsch luce divino en el circuito under pero es una bizarreada cuando se lo expone en los grandes escenarios del mundo. Para ellos, lo que hace Danni Umpi es “recool” pero lo que hace Raphael, salvando el profundísimo abismo, es una mariconada. ¿De dónde salieron estos uruguayos agrandaditos como nunca y provincianos como siempre? Menos mal que en Sudáfrica no salimos campeones del mundo. Quién nos banca.

PD: La grabación del enlace incluído en el título de este artículo es de 1985 en el estadio Santiago Bernabeu. En el minuto 4 se puede ver flamear una bandera de Peñarol.

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La patria de Fontanarrosa...y de Fandermole
(Después de pasear por Rosario)

Es la ciudad en la que nacieron Olmedo, Fontanarrosa, el Che Guevara, Fito y Baglietto y en la que viven 1 millón 200 mil de personas recostadas contra el río Paraná.

A menos de una hora y media de Montevideo por avión, Rosario es reconocida por una movida cultural que proveyó a la Argentina de músicos valiosísimos y reconocidos pero también de otros menos frecuentados como Jorge Fandermole, Rubén Goldín o Adrián Abonizio que forman parte de la llamada trova rosarina.

Rosario tiene lindos paradores sobre el río Paraná, iglesias antiguas y el desmesurado Monumento a la Bandera, que cubre 10 mil metros cuadrados de la ciudad con mármol y piedras de los Andes. Rosario tiene un boulevar Oroño que, dicen los que han viajado mucho, no tiene nada que envidiarle a los boulevares europeos.

Y tiene una peatonal Córdoba repleta de comercios, varios shopping y el casino más grande de Latinoamérica rodeado de casitas humildes.

Pero si se decide por visitar Rosario, escápele a los guías turísticos y recorra la ciudad a pie que es la mejor manera de conocer las ciudades.

Allá por el barrio Pichincha se encontrará a un Alberto Olmedo de bronce sentado en un banco y dispuesto, qué más remedio, a sacarse una foto con quién sea. Dese una vuelta por el estadio de Rosario Central y compruebe en los muros de sus alrededores la histórica rivalidad con Newel Olds Boys; rivalidad que tan bien narró Roberto Fontanarrosa en decenas de cuentos pero, particularmente en el genial “19 de diciembre de 1971”.


Los cuentos de Fontanarrosa, artista insignia de Rosario, suelen tener como escenario el bar El Cairo hoy convertido en un coqueto restaurante al que usted no puede, no debe dejar de visitar. Fotos de “el Negro” por todos lados y la famosa “mesa de los galanes” en la que uno se puede sentar como se sentaron tantos personajes que comentaron el mundo desde ese rincón de la provincia de Santa Fé.

Rosario creció a partir de un poblado del que no se conoce su fundador y es hoy una linda ciudad con las medianeras de muchos de sus edificios pintadas por artistas locales.

Si puede, vaya. Aunque más no sea para sentir algo de la presencia de algunos de los artistas que nos siguen alegrando el alma.

Y, eso sí, y perdone la insistencia, dele de punta a las disquerías y cómprese todos los discos de Fandermole.

Es un capo casi desconocido por estos lados. Usted probablemente lo intuya a través de canciones cantadas por Baglietto (Era en abril), por Mercedes Sosa (Sueñero), Silvina Garré (Canción del Pinar) o por Liliana Herrero (Oración del remanso).

En Argentina es un referente de la fusión de la música rural y de la urbana.
Su último disco se llama Pequeños mundos, pero no pierda el tiempo buscándolo en las disquerías de estas costas porque no está.

Entre en Youtube, ponga su nombre –el de Fandermole- y elija entre Diamante, El Presagio o Junio o cualquier otra y compruebe de qué se trata.
“Primer toque”, respondió una vez Leo Maslíah cuando, en una de esas entrevistas lapidarias, lo pesadearon para que eligiera en el acto su disco preferido.

Primer toque es un disco que Fandermole grabó con Lucho González, otro perfecto desconocido al que ni siquiera debe intentar googlear: le saltarán imágenes y comentarios sobre un futbolista argentino que juega en el Olimpique de Marsella. “Qué lo parió”, protestaría Mendieta, el perro de Inodoro Pereira, cómic inmortal del Negro Fontanarrosa.

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Ella no olvidó
(escrito el día de la muerte de Leonardo Favio)

Las balas le picaban alrededor de los zapatos mientras gritaba, como gritó durante casi toda su vida, consignas peronistas. Era el 20 de junio de 1973 y Leonardo Favio había sido elegido para dirigir el acto en Ezeiza en el que Juan Domingo Perón regresaría a la Argentina y que, finalmente, terminó en masacre por el tiroteo asqueante entre montoneros y la ultraderecha peronista.

Con un pistola cruzada en la cintura, Favio bajó hasta los galpones del aeropuerto y pudo ver a las fuerzas parapoliciales del peronismo torturando a militantes de izquierda. Favio rogó, puteó, lloró para que detuvieran la picana. Hasta que no aguantó más y se puso el arma en la sien: “O paran o me mato!”, gritó. Y las bestias pararon.

Porque para entonces, Favio –quien murió de cáncer este lunes a los 74 años- ya era el reconocido y desmesurado artista que había filmado algunas de las mejores películas de la historia del cine argentino (El romance del Aniceto y la Francisca, Crónica de un niño solo, Juan Moreira) y cantaba como para que no quedaran dudas de que tenía voz.

“Eeeellaaaa, ella ya me olvidóooo eeeee” o “Fuiste mía un verano” o sus versiones del “Tema de Pototo” de Spinetta (cuando Spinetta no era Spinetta) o de “Chiquillada” de El Sabalero hicieron furor en aquel final de la década de los 60 y principios de los 70 en las que se sacaba lascas con Sandro como precursores de la balada romántica latinoamericana.

Acerca de sus virtudes musicales hay dudas. Sobre su calidad de cineasta no hay dos bibliotecas. En 2000, una centena de críticos e historiadores invitados por el Museo Nacional del Cine Argentino eligió como mejor película argentina de la historia a “El Romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más…” filmada en 1966. En varias oportunidades, colegas y actores lo eligieron como el mejor director de todos los que alguna vez rodaron escenas en tierra argentina.

Favio había nacido en Mendoza el 28 de mayo de 1938 y fue bautizado con el nombre de Fuad Jorge Jury. Abandonado por su padre, vivió una infancia miserable en donde la pobreza de la familia azotaba tanto como sus internaciones en reformatorios o sus estadías en la cárcel luego de pequeños robos. Pidió limosna hasta que su madre- una humilde escritora de teleteatros- le consiguió una serie de pequeños papeles y le dio el pasaje al país de la ficción y la música.

Ya convertido en Leonardo Favio, en 1976 se fue de la Argentina huyendo de los militares y se afincó durante años en la ciudad de Pereyra, en Colombia. En 1987 regresó para seguir filmando peliculones como Gatica, el Mono. “Por qué me llevan? Si yo nunca me metí en política. Yo siempre fui peronista…”, le hace decir al boxeador en la que es, acaso, la mejor definición del peronismo.

En los últimos meses de su vida –siempre con su infaltable pañuelo en la cabeza- el artista le pedía a Dios un poco más de fuerzas para filmar una última película. No pudo ser. Pero tal vez, vaya uno a saber, a Leonardo Favio le sea concedido –en algún lugar en donde ella no lo olvidó- algún tiempito más a cambio de tantas maravillas.

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