7 de abril de 2015 17:37 hs

La película El 5 de Talleres es como los futbolistas polivalentes, capaces de moverse por distintas posiciones gracias a sus múltiples habilidades. En este sentido, el filme tiene comedia, drama, romance y fútbol, y se desplaza por ellos con destreza.

En cambio, el protagonista de la historia, Sergio “Patón” Bonnasciolle (Esteban Lamothe) es bastante más limitado. Es un volante de marca rústico, raspador, con poca técnica pero mucho pundonor, de esos que en Uruguay son una raza tan apreciada como los delanteros goleadores.

En este caso, sin embargo, se trata de un jugador de Talleres de Remedios de Escalada, un club del sur de la provincia de Buenos Aires que deambula por la mitad de la tabla de posiciones de la Primera C, la cuarta división del fútbol argentino. Se trata de un jugador real (que incluso tiene un cameo en la película) aunque la historia presentada en la película es ficticia.

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Ese fútbol del ascenso, tan parecido en escala y condiciones de trabajo a la realidad de los equipos chicos de la primera división uruguaya, es el escenario en el que el “Patón” ha desarrollado toda su carrera. Ahora, a los 35 años, decide retirarse tras haber recibido una sanción de ocho fechas de suspensión que lo margina de prácticamente todo lo que resta del campeonato.

El problema para Bonnasciolle es que no sabe hacer otra cosa. No terminó la secundaria y su trabajo paralelo al fútbol como fumigador no es suficiente. Su desafío es rearmar su vida, tras verse obligado a reconocer que, a pesar de su edad, en su campo de actividad ya es “viejo”.

La transición de futbolista a exfutbolista es difícil para un hombre simple y sin demasiadas luces como Bonnasciolle, pero cuenta con dos herramientas clave: su tenacidad, la misma que refleja en la cancha, y la ayuda de Alejandra (Julieta Zylberberg), su esposa, quien hará todo lo posible para encontrar un camino para que la vida siga adelante cuando su marido abandone los estadios.

La relación entre Sergio y Alejandra es el motor de la película, que tiene la particularidad de tratarse de una comedia romántica en la que la relación de la pareja nunca está en riesgo. Más bien, sucede todo lo contrario. Se muestra cómo los dos juntos buscan superar la depresión y la confusión de uno de sus integrantes.

El retrato de la pareja está bien logrado, algo en lo que puede haber ayudado el hecho de que Zylberberg y Lamothe sean esposos en la vida real, por lo que la relación que se ve en la pantalla fluye con naturalidad, cariño y pasión.

De barrio

El 5 de Talleres es, además de una historia de amor de pareja, el reflejo del cariño del director Adrián Biniez, quien es argentino pero residente en Uruguay y que vivió en Remedios de Escalada durante 29 años. “Es una película del barrio”, dijo Biniez ayer en conferencia de prensa, en la presentación del filme en Montevideo, donde se estrena mañana en tres salas: Movie Montevideo Shopping, Life 21 y Grupocine Ejido.

El director explicó que la ayuda de los vecinos y el club Talleres fue inestimable y remarcó que fue bien recibida en el barrio, aunque el público se distraía con las referencias a lugares y personas familiares.

Si Gigante, la anterior película de Biniez, era más uruguaya en su espíritu, locaciones y lenguaje utilizado, El 5 de Talleres es, según el director, típicamente de la provincia de Buenos Aires.

De todas formas, tanto el director como los actores uruguayos Alfonso Tort y Néstor Guzzini (el técnico de Talleres y uno de los personajes más divertidos del filme)destacaron que Remedios de Escalada tiene un aire “uruguayo” y que la historia bien podría transcurrir en Montevideo. No obstante, el director optó por su barrio natal por cuestiones afectivas.

Una advertencia: si el lenguaje soez no es de agrado del espectador, entonces no le agradará demasiado esta película. Los insultos están a la orden del día, pero no molestan, sino que hacen que los diálogos suenen más realistas, más “barriales” en un sentido porteño.

Este fue el objetivo del director Biniez, quien dijo que “quería que hablen como personas normales, como yo hablo con mis amigos argentinos. En Uruguay la puteada es diferente, tiene una mayor connotación negativa, pero en Argentina es más cotidiana. Yo veía que en el cine argentino no estaba bien utilizada: demasiado estilizada o en exceso, pero mal usada a nivel gramático”.

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