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El corazón de París

El incendio de Notre Dame parece haber despertado a una nación capaz de leer los valores espirituales

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21 de abril de 2019 a las 05:00

Para el habitante de París o parisien –categoría a la que pertenezco, pues esa condición una vez adquirida nunca se pierde, aún cuando la vida nos haya alejado circunstancialmente de las orillas del Sena– la iglesia de Notre Dame es como el corazón: sin el corazón, ningún amor es posible, ni la vida puede tener sentido. Por eso, durante nuestros años en París, nunca pasaba mucho tiempo sin que mis padres nos llevaran de noche a contemplarla. Si no idealizo demasiado mis recuerdos, el programa podía incluir crêpes au beurre en un despacho que había en la conjunción de la Place y el Quai Saint-Michel. Pero luego seguíamos nuestro camino hasta el Pont de Sully. Y desde allí mirábamos a Notre Dame, río abajo, desde atrás, con su aguja hoy perdida, apuntando al cielo, pero sus brazos abrazando la tierra, como un pájaro grande, con las alas caídas… De lejos, iluminada, no parecía tanto una iglesia, una cosa de piedra, sino una suerte de relicario, hecho para guardar algo muy valioso, como un corazón. (Un corazón, a juzgar por lo que hemos visto estos días, profundamente espiritual: pues nadie, ni siquiera un francés, llora solamente porque se ha quemado un edificio).

Me llamó la atención, entre las miles de cosas que hemos leído en estos días en torno a Notre Dame, esta cita dramática: 

“Notre Dame está hoy desierta, inanimada, muerta. Sentimos que algo ha desaparecido. Este cuerpo inmenso está vacío; es un esqueleto…

Sólo vemos el lugar en donde estuvo, y eso es todo”. El texto, un sobrio comentario, al día siguiente de un incendio, se debe a la pluma de un joven autor de 29 años, al final de una novela escrita… ¡en 1831! Notre Dame de París (o El Jorobado de Notre Dame, dependiendo de las traducciones), la obra de Víctor Hugo, alcanzaba esta semana nuevamente el Nº1 en ventas en Francia, 188 años después de su lanzamiento inicial, aunque esta vez en Amazon…

Muchos escritores, incluyeron a Notre Dame en sus ficciones. Pero recuerdo ahora, sobre todo, algunos poetas que la cantaron –transversalmente podríamos decir. 

Empezando por el más cercano a nosotros en el tiempo: Louis Aragon (1897-1982), un obediente comunista que alabó en su día las masacres de Stalin, se humanizaba, sin embargo, al evocar a Notre Dame: “Qui n’a pas vu le jour se lever sur la Seine… Quien no haya visto amanecer sobre el Sena/ ignora ese desgarro/ cuando… Notre Dame sale de las aguas…”

Charles Péguy (1873-1914), un místico socialista libertario, en su Presentación de París a Notre Dame, usa la tradicional imagen de París como un barco que navega en el Sena, y dirige a la Virgen María esta súplica: “Reine qui vous levez sur tous les océans… Oh Reina, que te alzas sobre todos los mares/no dejes de mirarnos cuando hayamos zarpado…” Su plegaria parece haber sido escuchada. Péguy murió en uno de los primeros combates de la Grande Guerre. La noche anterior, había dedicado un buen rato a engalanar una imagen de la Virgen María que habían traído al campamento militar. Justo unas horas antes de zarpar.

Pero es Paul Claudel (1868-1955) quien tiene con Notre Dame la historia más personal. El día de Navidad de 1886, con 18 años, “estaba parado, junto a la segunda columna, del lado de la sacristía. Los niños del coro estaban cantando lo que más tarde supe que era el Magnificat. En un instante, mi corazón fue tocado y creí”. 

Quizás sea eco de ese instante su célebre poema La Vierge à midi:

“Il est midi. Je vois l’église ouverte. Il faut entrer… Madre, no vengo a rezar. / No tengo nada que ofrecer y nada que pedir. / Vengo solamente, Madre, para mirarte. / Mirarte, llorar de alegría, y saber eso: / que soy tu hijo y que tú estás aquí…”

El incendio de Notre Dame, el 15 de abril, parece haber despertado a una nación capaz de leer, en las llamas y en el humo, los valores espirituales que el edificio custodiaba, como un relicario. La historia del capellán de los bomberos, ampliamente difundida en todos los medios, se convierte así en símbolo. En el instante en que parecía que todo se perdía, todo se ganaba. Y al amanecer, Francia salía de las aguas (como en el poema de Aragon), como un barco que ha zarpado (como en el poema de Péguy), mirando a Notre-Dame (como en el poema de Claudel). Habiendo reencontrado su corazón. 

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