Para la familia Martínez-Bengoa el veraneo en Piriápolis transcurría despreocupado, igual que todos los veranos que pasaron en los últimos 25 años. El matrimonio -oriundo de Montevideo, del barrio Cordón- llegó al balneario con sus dos hijas, Claudia, de 22 años, y Natalia, de 19. Las chicas forjaron a través de los años un sólido grupo de amigos en el balneario. Salían de noche con la confianza que implica la localía, el conocimiento del ambiente, las caras de siempre. En la madrugada del viernes 19, Natalia salió del boliche La Rinconada, en la Rambla, casi llegando a Punta Fría. Las amigas que la esperaban no la vieron, y desde entonces se desvaneció. Así, de pronto, desapareció un hijo. Confusión. Desconcierto. Mezcla de impotencia y miedo. Un agujero negro se posó sobre una familia como la de cualquiera, sobre las décadas de tranquilidad de Piriápolis y sobre el calor pesado y húmedo de un verano abrasador.
Los primeros quince días de enero Natalia los disfrutó en La Paloma, con amigos. El 16 de enero se reunió con sus padres en Piriápolis, en el apartamento que tiene la familia en la calle Francisco Piria, entre Tucumán y la Rambla. Ese jueves 18, fueron con su hermana a Punta del Este, a pasear, "porque ellas son muy unidas", explica Magdalena. Volvieron y Natalia hizo planes para salir con unas amigas, pero Claudia no tenía muchas ganas de ir. "¿Estás segura que no querés venir?", le preguntó Natalia. Su hermana contestó que no.
Horas desesperadas. La búsqueda de Natalia comenzó ese mismo viernes al mediodía, cuando los amigos hicieron un afiche con dos fotos color de Natalia y un número de teléfono para comunicar cualquier dato. Al poco rato, gran parte de los espacios públicos de Piriápolis (vidrieras, plazas, columnas, paradas de ómnibus e incluso algunos vehículos) estaban tapizados con la imagen de la joven. Ese fin de semana la preocupación "por la chica que desapareció" ya era generalizada en el balneario.
El padre de Natalia, Hebert Martínez, comerciante del rubro indumentaria, nunca dejó de buscar a su hija: recorrió las zonas de búsqueda, desde Punta Colorada y Punta Negra, hasta el Camino de Los Arrayanes, que une las dos entradas a Piriápolis, al norte de la ciudad.
Los Martínez-Bengoa se aferraron hasta este sábado a cualquier señal incluso a los datos que aportaron decenas de videntes de todo el país que se comunicaron con la policía.
(En base a una nota publicada en El Observador el 27 de enero)