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El homenaje al inventor del chivito

La popular comida uruguaya nació en Punta del Este. La familia Carbonaro recibirá en febrero un reconocimiento

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14 de enero de 2014 a las 23:30

A mediados de la década de 1940, las actuales calles 31 y 32 de Punta del Este, las que separan la península del continente, eran un arenal que volaba al ritmo y capricho del viento. Antonio Carbonaro, dueño del bar El Mejillón, ubicado en la proa donde se juntan ambas calles, dejaba que los parroquianos y los turistas, además de tomar bebidas y consumir los platos que se servían, se juntaran en las mesas del fondo a jugar a las cartas, a los dados y al ajedrez.

A la vuelta de El Mejillón, por la calle 32, tenía su consultorio el dentista Rodríguez Dutra, asiduo concurrente al bar. “Era tan fanático del ajedrez que papá contaba cuentos del hombre dejando a los pacientes con la boca abierta para realizar una jugada en el bar y volver a atenderlos”, narra a El Observador Graciela Carbonaro. Cuando la mujer se refiere a ‘papá’ está hablando del mítico Antonio Carbonaro, creador junto a sus hermanos del famoso bar de la parada 1 y gran cultor de la gastronomía uruguaya, ya que él fue el inventor del chivito, en 1944.

La Liga de Fomento de Punta del Este realiza todos los años un homenaje a los viejos veraneantes y a familias que fueron importantes desde la fundación del pueblo hasta su establecimiento hoy como principal balneario de América del Sur. El próximo 5 de febrero le rendirá homenaje a la familia Carbonaro, a los 70 años de que Antonio se estableciera en la península.

Calabreses en Gorlero
La familia Carbonaro era oriunda de la región italiana de Calabria. Cuando llegó a Montevideo se estableció en la zona de Piedras Blancas, donde fueron vecinos linderos de José Batlle y Ordóñez. En 1944, Antonio llegó a Punta del Este, donde ya vivía su hermano Donato, quien había llegado a trabajar como obrero en el edificio Nogaró, que se estaba construyendo.

Cuando se inauguró el casino, que se sumó al ya existente en el hotel Míguez, los hermanos Carbonaro vieron que no había muchas opciones gastronómicas para la enorme cantidad de jugadores que trasnochaban y que el amanecer sorprendía con hambre.

Así, decidieron abrir un lugar de comidas en un sitio estratégico: entre los dos casinos y en el medio de una Y imaginaria donde además confluían los caminos de la zona de los chalés. De manera inevitable, todo el que viniera a Punta del Este debía pasar por El Mejillón.

“El éxito de los chivitos fue tal que hubo días de verano en la década de 1940 en que se vendían 1.000 por día”, cuenta Graciela Carbonaro. Ella tiene en su casa un arsenal patrimonial de imágenes digno de un museo puntaesteño.

El restaurante se transformó luego en confitería y luego en heladería. La época dorada de El Mejillón fue entre los años de 1940 y 1950, cuando su visita era un cita obligada. Allí se reunían políticos, estrellas del espectáculo rioplatense, celebridades y gente de pueblo, todos en un ambiente familiar. Según asegura Carbonaro, es muy grande la cantidad de leyes y de acuerdos políticos que se discutieron entre esas paredes cargadas del humo del aceite de los chivitos. Eduardo Víctor Haedo, Luis Alberto de Herrera y varios integrantes de la familia Batlle se sentaban a conversar en sus mesas, dictando los destinos del país.

Incluso cuando cerraban los casinos, algunos jugadores les pedían a los croupiers unos mazos más de cartas para seguir jugando en El Mejillón. A mediados de la década de 1960, Carbonaro le vendió El Mejillón al boxeador Carlos Monzón, que construyó un edificio sobre el restaurante.

La familia, de la que hoy sigue viviendo en Punta del Este la tercera y la cuarta generación, tuvo una presencia destacada a nivel deportivo, comercial y político en el balneario. Hoy, Graciela Carbonaro es la presidenta de la comisión de patrimonio de Punta del Este, un grupo de personas que trabaja de forma honoraria por la preservación ral de la ciudad.

Esta comisión, que no tiene presupuesto, trabaja en colaboración con los privados, y que preside Carbonaro desde hace casi tres años, ha demostrado preocupación por algunos monumentos y edificios emblemáticos de Punta del Este. Eso sucede, por ejemplo, con hoteles como el Palace y el San Rafael, hoy cerrados, o como la planta baja del Míguez, donde se consideraron dos proyectos (un shopping y un supermercado) sin éxito. “Si la esquina de El Mejillón hablara… ¡Las cosas que pasaron allí!”, dice Carbonaro mirando las fotos en blanco y negro desde donde su padre mira eternamente a quien quiera asomarse a la historia de Punta del Este.

El origen
Un día de 1944, una mujer cordobesa tenía prisa por llegar a Montevideo y pasó de madrugada por El Mejillón a comer algo. Miró el menú y no encontró nada de su gusto. La cocina estaba cerrada y le preguntó a Antonio Carbonaro si tenía carne de chivo. “No, pero usted no se me va sin ser atendida”, cuenta Graciela que le dijo su padre a la mujer. Tomó una roseta de las de antes, la cortó y la untó con manteca, le colocó un churrasco de peceto y una feta de jamón. “Ese fue el primer chivito”, sentencia la hija del creador. Después le sumó lechuga, tomate, huevo y mucho más. “Hoy le agregan cualquier cosa”, dice Graciela.

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