18 de julio de 2020 5:02 hs

José Mujica se está pareciendo cada vez más al Maestro Splinter, la astuta rata mutante y guía espiritual de las Tortugas Ninja, a las cuales aconsejaba en todo, menos en asuntos referidos a pizza, porque sobre gustos no hay nada escrito. Soy admirador de los quelonios expertos en ninjutsu y tengo a Splinter, perdón, Maestro Splinter, como uno de mis personajes de cine favoritos, cabeza a cabeza en la misma lista de principales con El Pingüino, porque la histeria de El Guasón siempre me ha parecido de pacotilla. 

Mujica fue guerrillero, diputado, senador, ministro, presidente, actor y cantante de tangos (en la película de Emir Kusturica), y ahora su papel tiene mayor relevancia: es gurú universal, Splinter planetario. Es una de las cosas nobles asociadas a la acumulación de edad: con un poco de verborragia cualquiera puede ocupar un lugar donde sus palabras son escuchadas. Alguno podrá pensar, a esta altura del párrafo, que mi comentario es irónico. Nada más lejos de la verdad. Ni siquiera la ironía sirve al momento de intentar explicar el mundo espeluznante en el que vivimos. Las cosas que uno debe escuchar. El gurú Mujica es una especie de todo terreno en materia de opinión. Si sigue así, va a terminar de jurado en MasterChef (en lugar de Puglia) o Got Talent Uruguay. No tengo duda de que podría hacerlo casi tan bien como cualquiera de los hoy designados. No puedo imaginar los puntajes que daría. Y de los ratings, ni hablar. Mujica genera altos números de audiencia en lo que sea, sobre todo mediante la articulación de comentarios que para una parte de la ciudadanía resultan cuasi filosóficos, al borde la sabiduría, por más que resulten en reiteradas ocasiones el emporio de lo obvio y archisabido. En eso, que no quepa duda, nadie le hace sombra.

Mujica es nuestra gran serie de Netflix: una de esas para ver de corrido y sentir después que se ha perdido el tiempo. Los antídotos contra el aburrimiento vienen en distintos envases. De su repertorio, además, salen imágenes y frases antológicas. La del otro día, que mostraba a Mujica y al nuevo canciller, Francisco Bustillo, entrando al domicilio del primero con ambos luciendo barbijo (por un momento pensé que iban incluso de la mano), me trajo el recuerdo de una cantidad de películas que vi hace muchísimo, en las cuales los protagonistas se cubrían la cara con un pañuelo cada vez que se disponían a asaltar un banco. Este hubiera sido un atraco insólito: uno de saco y corbata, el otro como si viniera de la feria contento por haber comprado dos atados de lechuga por el precio de uno. Las imágenes y comentarios procedentes de la reunión del martes pasado en el hogar de Mujica califican para quedar en el álbum de los grandes mítines entre figuras en bandos supuestamente contrarios, en el que figuran también las de Reagan y Gorbachov; Tyson y Lennox Lewis; Trump y Kim Jong-un, etc. 

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. No es cierto. De lo contrario, para empezar, los diarios prescindirían de cronistas y solo habría fotógrafos. Las imágenes del otro día, que valen, no mil, sino dos mil o más palabras, vinieron acompañadas de palabras que valen tanto como mil imágenes. Mujica tiene el don de no decir nada y sin embargo, decirlo de tal manera que todo el mundo se pone a hablar de lo que acaba de decir. Sus comentarios son como esas canciones que ya conocemos de memoria, que hasta podemos cantar en el karaoke sin ayuda del subtitulado, pero igual las seguimos escuchando, con un placer entre nostálgico y masoquista. Sentimos que estamos frente al último referente de una época, por tanto, intentamos disfrutarlo como esos platos que hacen subir los triglicéridos y el colesterol, pero igual los comemos, más no sea para seguir posponiendo el inicio de la dieta. Cuando habla, Mujica no hace dieta. De su lenguaje de choricero mal hablado hizo su marca registrada y como nadie puede emularlo, lo desempolva cada vez que tiene un micrófono delante. La radio que ahora se ha quedado sin locutor matutino ya tiene sucesor. A partir de ahora el programa pasará a llamarse Las cosas en su Mujica. Mujica es un sitio, y no me refiero solo a su chacra convertida en parque temático.

Además, cuenta con la complicidad de la época. En tiempos cuando son minoría quienes saben escribir con decencia gramatical, y aún menos quienes escriben sin errores de ortografía (los que saben usar el subjuntivo pertenecen a una elite en vías de extinción), Mujica destaca en el manejo del lenguaje con estilo ditirámbico distorsionado. Aunque sea por las razones contrarias, a la hora de disparar afirmaciones con desparpajo se luce. Puede decir cualquier barbaridad con enorme facilidad y eso se encuadra en la posesión de un estilo que lo define. Vean esta joyita, referida a Ernesto Talvi, a quien considera un “gran tipo” con un “exceso de universidad y academia pero una falta de boliche de la gran puta”. O esta otra: “Somos bastante plaga los uruguayos. He visto uruguayos hinchando por Alemania cuando Argentina jugaba con Alemania. Los argentinos nos quieren mucho más, es importantísima la relación con ellos porque es un país determinante en nuestra historia”. ¿Alguien se anima a refutar y decir que dichos comentarios están alejados de la realidad en crudo? Mujica se siente capaz de hablar sobre cualquier cosa. Es un todólogo cuyo discurso con aire de cafetín a medianoche no deja nada fuera de su radar. Nadie en este aspecto es más inclusivo que él.

El Maestro Splinter de los orientales ha sabido cómo desplazarse del territorio meramente político, hacia otro en el que las fronteras se han borrado. Qué es: ¿un ex de todo, un comentarista cultural, un novelista oral, un poeta barrial que patina más de lo que acierta pero que no por eso deja de ser poeta, un asesor espiritual del mundo en un momento en que el mundo –en crisis– se ha quedado sin asesores? Un poco de todo eso hay. Mujica es un superviviente de sus propias contradicciones, un mutante que siempre termina convertido en sí mismo: en un ser de abigarrado folclorismo, que para algunos compatriotas representa el sumun de la uruguayez, lo que eso sea.

Por otra parte, la presencia de Bustillo entre las figuritas selladas del momento político uruguayo merece un comentario aparte. Hacía tiempo que no se veía a un canciller al que se le prestara tanta atención. No sé por qué, pero la traída de apuro de Bustillo desde la Madre Patria como hijo pródigo en reemplazo de Talvi, me hizo pensar en los tiempos cuando también de apuro trajeron a Víctor Púa para ver si podíamos clasificar al Mundial de 2002, cuando matemáticamente todavía era posible. Supongo que ahora, como país, aun es matemáticamente posible clasificar para algo. El tiempo dirá. A Bustillo no lo conozco y cuando quise, no se apareció. Hace dos años presenté en Madrid un libro publicado en España por una editorial independiente prestigiosa, la cual le cursó una invitación al embajador Bustillo, a él y al resto del personal de la embajada. Los editores me dijeron que la embajada, comandada por el ahora canciller, nunca se dignó siquiera a dar acuso de recibo. El día de la presentación, en una de las librerías de mayor prestigio de la capital española, con mucho público presente, varios uruguayos que asistieron me dijeron que de la embajada “no esperara mucho”. 

El ahora canciller de quien Lacalle Pou espera mucho, visitó un mediodía la chacra de Mujica, quien, vaya casualidad, lo había nombrado embajador en España. Qué chico es el mundo. Sí, lo es, pero a pesar de su aparente pequeñez hay todavía lugar para los comentarios de Mujica, los cuales agigantan la condición surrealista de estos tiempos inauditos, en los que “solo a los porteños les gusta venir a bañarse acá, en febrero te cagás de frío en las playas. Pero a ellos les gusta venir”, y Washington Abdala (candidato a representar a Uruguay en la OEA), “pone cada cosa en Twitter… es medio impresentable”. En medio de un mundo impresentable, Mujica aspira a seguir siendo irremplazable. Hasta ahora lo ha logrado. Solo debe abrir la boca, y ya. Para informar de lo que pasa tenemos al periodismo. Para todo lo demás, a Mujica. Priceless. Es nuestro Maestro Splinter y nuestro MasterCard, un gurú tarjeta de crédito. 

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