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El megabasurero que tiene a los vecinos al borde de un ataque de locura

Productores de Cañada Grande, próximos a Pando, denuncian varias adversidades, entre ellas la falta de soluciones a constantes ataques de jaurías que se alimentan en ese lugar 

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07 de agosto de 2019 a las 05:03

Los vecinos que viven y producen en predios próximos al denominado megabasurero de Empalme Olmos, perteneciente a la Intendencia de Canelones, están “al borde de la locura, desesperanzados, soportando un infierno, sin nadie que se preocupe por nosotros”. Eso afirmó Juan Martínez, cuando El Observador lo visitó al inicio de esta semana.

En la zona donde raciona a sus ovinos, a solo medio kilómetro de un enorme depósito de desperdicios que ha tenido un crecimiento explosivo, con tristeza admitió: “Cada vez nos queda menos ganas de seguir luchando”.

“Este basurero hace muchos años está acá, más de 20 creo, pero era chico y uno la llevaba, pero pasó que cerraron el de Las Piedras y ahora toda la basura de Canelones la traen para acá, son camiones y camiones a cada rato y esto creció de una manera terrible y a los vecinos nos causa mil problemas”, mencionó.

Cuando se le preguntó cuáles eran esas adversidades, pasó lista: El mal olor cuando hay viento hacia los distintos hogares, muchos quinteros se tuvieron que ir de la zona porque el agua de los pozos se contaminó y no se puede usar para producir (ni para beber, obviamente), las propiedades –hogares y espacios productivos– se desvalorizaron y a todo eso se suma el tema de la inseguridad, porque mucha gente tira perros allí, los animales se alimentan de la basura, se crían salvajes, se reproducen en forma descontrolada, forman jaurías y salen a atacar y no solo a otros animales, le han hecho frente a los propios vecinos.

Juan precisó que los perros no agreden a los animales –básicamente ovejas o cerdos, pero también aves–, para alimentarse, porque en realidad comen entre la basura, lo hacen porque “son animales salvajes, son dañinos, lastiman y no comen, dejan a las ovejas heridas, muriéndose, una vez en una noche tras un ataque sorpresivo se me terminaron muriendo ocho y eso  mucha plata, es un dineral y te desarma la cuentas, eso te desanima totalmente”.

 

 

Juan tiene 66 años y se define como “productor de toda la vida”, dado que fue primero quintero y luego se cambió a la ovinocultura. “Eso pasó cuando me embromé de la columna”, recordó.

Su campo está a solo 2 kms en línea recta de Empalme Olmos y a unos 11 kms de Pando, en la zona de Cañada Grande, bien cerca de la ruta 82.

Produce en el predio donde vive, acompañado en las labores por su esposa, Elsa Montaldo. En 30 hectáreas, ocho de ellas propias, maneja 150 ovejas de cría y tiene ahora 100 corderos, con base en genética Frisona Milchschaff y Texel, con varias ovejas que aún deben parir y buenos índices reproductivos, con varios mellizos y hasta trillizos.

En el último ejercicio Juan logró $ 90 por kilo en pie por sus corderos, vendiendo sobre todo sobre fin de año, más US$ 2,60 por kilo de vellón, comercializando la lana a una barraca de Minas. Con eso no sobra nada, le da para vivir bien, pero si pierde animales por ataques o hurtos se le complica.

En su caso, le puso un freno al problema de la inseguridad de la mano de dos perros de la raza italiana Pastor de Maremma, que se los entregó el ingeniero Andrés Ganzabal, responsable del desarrollo de esta tecnología en el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria. Son perros, por instinto, muy eficientes para proteger las majadas con las que conviven.

“Con eso arreglé bastante el daño por perros, también por otros depredadores como zorros, eso lo tengo bastante controlado, pero claro, no todos los vecinos tienen estos perros para zafar de este drama de los ataques de las jaurías”, reflexionó.

Los perros, a la vez, ayudan alertando, pero no son la herramienta suficiente “para espantar a los depredadores de dos patas” dijo, aludiendo con esto último a ladrones de ovinos.

 

Juan señala el sitio desde el cual proceden las jaurías.

 

 

Dos dramas: las jaurías y el pichaje

Una vez, contó, Elsa tenía una oveja guacha bien pegadito a la casa e igual se la llevaron, “y eso que era de día; no respetan nada”. Los carteles en los que se lee “prohibido pasar” o “vecinos en alerta”, dice, “no sirven de mucho”. Y agregó: “Acá hay dos dramas, las jaurías y el pichaje”, afirmó.

Por las noches, contó, agrupa a su majada en el costado de la casa, donde colocó un farol enorme con el que ilumina el lugar, allí tiene a los dos perros Maremma y varios más que son cruza y él mismo está atento a cualquier ladrido que le advierta de la presencia de intrusos, sean perros o humanos. Y no pocas madrugadas sale de ronda .

 

Si son perros y los encuentra dentro del predio, amparado en disposiciones legales, no duda y les “mete bala”. Ya ha matado algunos. Y con relación a los reclamos de las protectoras de animales, ni un segundo duda en responder: “Deberían preocuparse por los animales buenos, como las ovejas, no por los salvajes que tanto daño nos hacen”, dijo Juan Martínez.

 

Los perros salvajes son “una plaga”, enfatizó. Dice que le hacen frente a todo y hay un vecino al que hasta en barra le atacaron un ternero. Los que no tienen la posibilidad de tener perros preparados se exponen a que en forma constante les lastimen y maten ovejas, “el otro día fueron seis a uno, ocho a otro y hay un pobre viejo por ahí que tiene poquitos bichos y le hicieron un destrozo”.

Lo peor, lamenta, es que los vecinos han hablando con mucha gente y la promesas pasan y las soluciones no llegan.

“Pataleamos por todos lados”, aludiendo a autoridades policiales y municipales, también alcaldes y encargados del basurero: “Tienen razón, los perros no son de ellos, esa es la excusa, dicen que la gente los tira ahí, pero alguien tiene que vigilar y hacerse cargo. La verdad da pena, vienen, te adulan, te pasan la mano por la espalda y al otro día el infierno sigue y el que sufre es uno”.

Finalmente, recordó los años en los que no estaba el megabasurero: “Era un placer vivir y trabajar acá, ahora cada día es un sufrimiento, hay peligros para los animales, los pozos de agua están contaminados, es brutal, pero la autoridad no lo sufre porque no está acá, duerme tranquila y capaz por eso no hace algo”. 

 

 

 

Prefieren un león o un tigre suelto en vez de un perro

Antonio González, un productor hortícola que también vive y cultiva en la zona de Cañada Grande y con muchos años en el gremialismo rural, contó a El Observador que en estos últimos años han existido intentos de no extender el megabasurero y ubicar otro sitio para proceder a la deposición final de desperdicios, pero que eso no ha cristalizado, por diferentes motivos.

Contó que se quiso instalar un nuevo basurero en la zona de Solís Chico, próximo al peaje de Soca –el que está en la ruta 8–, pero eso no avanzó porque es un sitio en el que OSE tiene previsto emprender obras vinculadas a la potabilización de agua.

Posteriormente se puso el foco en la zona de Cerro Mosquito, en ese caso próximo a la localidad canaria Tapia, obviamente con la oposición de los vecinos de esa zona, algo que de momento no ha avanzado, por lo que mientras no se decide algo “sigue creciendo el basurero de Cañada Grande”. Además, dijo, “todo se agravó con la limpieza del arroyo Pando, porque todo el barro contaminado por vertidos de las industrias lo están llevando al basurero de Cañada Grande”.

Finalmente, sobre el tema de las jaurías, González ironizó que sería preferible que haya un león o un tigre sueltos en vez de esos perros: “El león o el tigre mata un animal para comer y vuelve a matar otro recién cuando tiene hambre, pero el perro salvaje lastima y mata por instinto, no para comer, por eso tres o cuatro perros juntos hacen un destrozo hoy y hacen otro mañana y la verdad es que no comen eso que lastiman o matan”. 

 

Elsa y Juan con sus Maremma, Rita y Carbón.

 

 

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