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Setenta vecinos molestos y las respuestas de tres policías en Empalme Olmos

En Empalme Olmos ocurrieron 11 robos en 15 días y los vecinos pidieron más seguridad a las autoridades policiales

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27 de julio de 2019 a las 05:03

Hernán López lamentaba la situación. Escondía la cabeza en sus manos mientras escuchaba las críticas de los vecinos que desde hacía más de media hora descargaban su impotencia por la delincuencia en la zona. Aunque intentaba que no se le notara, al jefe de la Zona Operacional II de la Jefatura de Policía de Canelones se le escapaba la frustración en gestos de desánimo: la mirada se le deslizaba hacia abajo o negaba con la cabeza lo que escuchaba. 

Afuera hacía frío y la lluvia embarraba la calle de pedregullo, y adentro, en el Club de los Abuelos de Empalme Olmos, tenía lugar una reunión abierta entre 70 pobladores de esa localidad  –y de algunas zonas de los alrededores– y tres autoridades policiales responsables de velar por la seguridad del centro del departamento. 

Sentados en mesas de plástico frente al activo auditorio, acompañaban a López el subjefe de la Zona II, Jorge Falero, y el comisario de la seccional séptima de Pando, Heber Olivera. A los costados estaban el alcalde de la localidad, Jorge Álvarez, y el delegado vecinal que convocó a la reunión a principios de mes y que funcionaba de moderador.

 

Hasta ese momento las autoridades estaban dando respuestas breves y esquivas, casi siempre negando o matizando las exageraciones de los pobladores, pero de repente López decidió extenderse. Para entonces, la molestia que intentaba disimular ya era franca, porque los vecinos habían comenzado a repetir las preocupaciones: que en la seccional de Empalme Olmos hay solo un policía cuando antes había tres, que prácticamente no se ve patrullaje, que los delincuentes conocen los horarios del Programa de Alta Dedicación Operativa para robar cuando los efectivos se retiran, que en algunas zonas la policía tarda hasta una hora en llegar cuando alguien avisa de un robo, que los abigeatos están a la orden del día.

“Todos los móviles que tengo están en la calle y me enojo y mi señora se enoja conmigo cuando llego de malhumor a casa porque los móviles se me rompen, ¡porque las motos me duran un mes y algo!”, dijo López, que ahora sí expresó su rechazo al tono del reclamo de algunos de los asistentes. 

“Tanto desánimo no –pidió–. La voluntad está. Tratamos de buscarle la vuelta, hay esfuerzo, hay sacrificio. Nosotros ponemos no solo lo mejor de cada uno, sino nuestras propias vidas. Tratamos de solucionar los problemas como vecinos que también somos. Yo vivo por acá, con mi familia”, agregó López.

Y se hizo silencio.

Los habitantes de la zona calculan que en las últimas dos semanas hubo al menos 11 robos –dos de ellos con copamiento–, y que, como suele ocurrir en los pueblos del interior, ellos están convencidos de la identidad de los autores pero no tienen pruebas para sustentar la acusación.

El más enfático en su reclamo hasta esa hora de la tardecita –era este jueves, sobre las 20– fue en realidad un vecino del balneario de Marindia que pidió autorización para participar en la reunión, porque la inseguridad en la costa canaria es incluso más grave que en el área central –así lo confirmaron fuentes policiales a El Observador– y esta era una oportunidad para intercambiar con la policía.

“Les pido por favor que hagan algo. ¡Estamos regalados! ¡No tenemos defensa!”, exclamó, hablando lento y separando las sílabas.

Antonio González, productor rural de Empalme Olmos, aportó luego que se llevaba de la reunión un “sabor amargo” porque aunque el intercambio era “muy bueno”, lo mismo había ocurrido en encuentros anteriores y nada había cambiado.

“Lamentablemente los resultados no están apareciendo por ningún lado y nos preocupa, porque estamos demasiado expuestos frente a una delincuencia cada vez más profesionalizada y tenemos que defendernos siendo unos amateurs. Estamos totalmente desprotegidos”, protestó.

Según los últimos datos de la cartera de seguridad presentados a principios de este año, se registró un aumento de 53,8% en las rapiñas –hubo un total de 29.904– y uno de 45,8% en los homicidios –con una cantidad de 414– respecto al registro global de 2017.

Y Canelones continúa siendo el departamento que sigue a Montevideo en cantidad de hurtos y y asaltos violentos. Hubo 4.199 rapiñas el año pasado, 53%  más que en 2017 (cuando se registraron 2.426), y 23.497 en 2018, contra las 18.183, lo que significó un crecimiento de 29%.

Crecimiento y saturación

“¿Qué estamos bajos de recursos? Estamos bajos de recursos”, admitió el jefe policial, para quien esa situación se agrava si se tiene en cuenta algo más que el Ministerio del Interior no está contemplando: el crecimiento demográfico del departamento, lo que genera una demanda policial particular.

“No es lo mismo Montevideo que Canelones. Acá hay un montón de pueblos y ciudades que vienen creciendo en forma exponencial, y no se acompaña con un crecimiento del personal de la zona. Eso es lo más importante que está ocurriendo y nosotros hemos trasladado esta inquietud a nuestro jefe de policía”, dijo López, en referencia a Osvaldo Molinari.

“Hemos recibido apoyo, pero no es suficiente. Necesitamos un poco más”, pidió el jefe de zona, aunque más tarde Falero –su número dos– matizó el problema al decir que para la policía “los recursos humanos, logísticos, nunca van a ser suficientes”.

Pero hay más problemas. 

Uno de los reclamos más comunes de los asistentes fue la demora de los patrulleros en llegar a los lugares –sobre todo a los parajes rurales– cuando ocurre una emergencia.

Para los vecinos eso es así directamente por la falta de personal, y por eso muchos denunciaron que en la comisaría de Empalme Olmos ahora solo hay un funcionario cuando tiempo atrás había al menos tres, y que en otras localidades de la zona era aún peor, como es el caso de Estación Pedrera, en donde cerró la única comisaría que había.

López y Falero no lo negaron, sino que intentaron explicar que se debía a la implementación de un programa –cuestionado en forma unánime por la oposición– que el ministro Eduardo Bonomi ejecutó a partir 2011 con el objetivo de “modernizar” la policía. Recordaron que el principal objetivo de ese plan era centralizar las investigaciones y la planificación del patrullaje –según un estudio de las zonas calientes–. Esas tareas antes la desempeñaba cada comisaría del país, y ahora, en cambio, se estableció un reordenamiento operacional de modo que las jefaturas departamentales se dividen en zonas, y tienen así un panorama más global de lo que ocurre.

Sin embargo, Falero aseguró que la línea del 911 suele estar “saturada” por las denominadas “llamadas residuales”, y advirtió que algunas de ellas las realizan los propios delincuentes para distraer a la policía.

“Hay gente que llama con malas intenciones para desviar nuestra atención y hacer que el personal vaya para un lado para que puedan robar en otro. Son diferentes estrategias que la delincuencia utiliza”, denunció el oficial.

Desánimo

Roberto Cabrera, tímido, no pidió la palabra en ningún momento, pese a que fue citado varias veces durante la reunión. Él fue una de las víctimas de los últimos robos, y uno de los peores. El martes al mediodía estaba en su casa –una chacra– cocinando su almuerzo, cuando entraron dos delincuentes con cascos y armados con escopeta, y le robaron lo que tenía consigo: $ 53.800.

A Gualberto Alpuin, dos días antes, le robaron un poco más: toda la mercadería que tenía en su almacén en Estación Pedrera, más o menos $ 240.000.

Al propietario de una granja, ubicada en la ruta 11, le robaron aún más: también víctima de un copamiento, los delincuentes se llevaron medio millón de pesos.

“Tengo una  pregunta muy concreta”, dijo en un momento un lugareño que se presentó como Fredy Martínez, y que dijo que por su trabajo conocía a muchos policías.

“Hablo con muchos funcionarios, a los que estimo mucho, porque estoy todo el día en la calle,  y me encuentro con algo que es un mal común en todos: nueve de cada 10 están desanimados, descorazonados, totalmente desalentados, no quieren trabajar”, sostuvo el hombre.

Las caras de los oficiales sentados en las mesas blancas mostraban ansiedad. Pero dejaron que Martínez continuara.

“Es algo que quería comentarlo, porque ustedes son los jefes, y tienen que saber lo que pasa con el personal subalterno para poder revertir la situación”, dijo. 

Falero no aguantó más y lo interrumpió: “Que esos policías se dediquen entonces a trabajar en otro lado y dejen el uniforme”, le respondió.

López se mordió los labios al escuchar a su compañero y ahora, en lugar de negar como lo hacía hace un rato, asentía con vehemencia.

“Porque si no está lo motivacional, esos no son policías. Nosotros llevamos 30 años en esto y hemos comido verdes  y hemos tenido un montón de desánimo, pero hay que seguir adelante”, dijo Falero y dio el tema por terminado.

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