Opinión > COLUMNA/EDUARDO ESPINA

El mejor Burt Reynolds del mundo

Hizo más de 100 películas y fue por muchos años el actor número uno 

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15 de septiembre de 2018 a las 05:00

En una oscura tarde de julio de 1977, oscura por la historia del Uruguay en esos días y porque era un crudo invierno de los que no terminan nunca, una señora acompañada de otra comentó en el hall del hoy extinto cine California, ubicado en la calle Colonia: “Por suerte tenemos las películas de Burt Reynolds” (sic, este cronista, presente en dicho momento, atestigua la existencia del comentario). 


La masa silenciosa de espectadores esparcidos por todo el mundo, que por entonces idolatraba al actor, fallecido días atrás de un infarto, lo habían convertido en fetiche del entretenimiento. De ahí que Reynolds llegó a filmar cuatro películas por año, una barbaridad, considerando que en todas tenía el papel protagónico. Varios de esos filmes fueron dirigidos por el injustamente olvidado Hal Needham (1931–2013), algo más que un director de películas de acción clase B, en las que había muchos golpes, porrazos y persecuciones en autos que terminaban destrozados. Entre sus admiradores figura Quentin Tarantino. Needham fue el gran partenaire de Reynolds a la hora de hacer un cine de acción sano y carente de efectos especiales. Cine para pasar el rato, y para pasarlo bien.  

Burt Reynolds fue un imán en la taquilla, convirtiendo en oro todo lo que tocaba. Fue, conviene no olvidarlo, y menos ahora al momento de su muerte, uno de los actores más exitosos en la historia del cine 


La mayoría de los críticos uruguayos de por entonces, que se embobaba con cualquier bodrio lentísimo del cine europeo, a los que situaba en un altar decorado con elogios de procedencia más ideológica que estética, quiero suponer (de otra forma no podría entenderse), los mismos que consideraban a Clint Eastwood un fascista, desdeñaba las películas de puro entretenimiento que hacía Reynolds (Hooper, el increíble, Dos pícaros con suerte y El que no corre, vuela, entre otras), despachándolas con crónicas mínimas, autoritarias y cargadas de desdén, las cuales pasaban desapercibidas por el simple hecho de que los seguidores del actor no leían las críticas cinematográficas. Iban al cine confiados, pues sabían que por una hora y media, dos si ese día estaban de parabienes, la película los iba a entretener porque la protagonizaba Reynolds, ayudándolos a olvidar la realidad histórica de esos días uruguayos entre 1973 y 1985. 


En ese periodo, largo según los códigos estrictos de la fama, Burt Reynolds fue un imán en la taquilla, convirtiendo en oro todo lo que tocaba. Fue, conviene no olvidarlo, y menos ahora al momento de su muerte, uno de los actores más exitosos en la historia del cine, a la altura de los grandes galanes de la época de oro del cine de Hollywood. Ninguna película suya era un fracaso, ni siquiera aquellas que en apariencia estaban condenadas a serlo. Representa un caso único en la historia del cine: fue un actor taquillero, de los que aceptaba el papel protagónico en filmes que podrían poner en riesgo su prestigio, pues sabía que la gente igual iba a ir a verlos, pero también fue un notable actor en comedias románticas y en películas dramáticas, tal como lo demostró en una obra maestra, Deliverance (La violencia está en nosotros, 1972), el mejor filme del talentoso John Boorman, y asimismo el menos convencional que se ha hecho sobre la vida rural en el sur estadounidense, con escenas de aterrador realismo filmadas en el río Chattoga que corre en los estados de Georgia y Carolina del Sur.

Basada en la novela homónima de James Dickey (poeta de primera línea convertido en novelista ocasional), la película fue el trampolín que convirtió a Reynolds en estrella y actor de prestigio en una época que estuvo llena de ellos, actores históricos (Jack Nicholson, Dustin Hoffman, Al Pacino, Jon Voight, por ejemplo), no pasajeras figuritas del momento, como pasa tan seguido en los días actuales.
Después de La violencia está en nosotros (que fue su película favorita), Reynolds confirmó su talento en otro filme notable, The Longest Yard (Golpe bajo: el juego final, 1974), del maestro Robert Aldrich, director de Veracruz (1954), uno de los westerns clásicos de la historia del cine.  
The Longest Yard es una de las mejores películas que se han filmado sobre un deporte. Fue un éxito de crítica y taquilla, y sirvió para consolidar el prestigio de Reynolds como actor que podía pasar del drama a la comedia con peculiar facilidad. Esa faceta de actor camaleónico hizo de él una especie de un todoterreno en el cual los productores podían confiar a la hora de invertir dinero en un filme, así fuera uno que en lo previo tenía todos los ingredientes como para pasar desapercibido. Tal vez por eso, por haber protagonizado una cantidad de películas que hoy en día pocos recuerdan, es que con el paso del tiempo Reynolds fue perdiendo preponderancia en la elite de actores, una injusticia considerando su talento para adaptarse a cualquier papel. Uno de los grandes directores de la actualidad, Paul Thomas Anderson (Petróleo sangriento, The Master), lo rescató prácticamente del olvido y le dio un papel que nadie podría haber protagonizado mejor que Reynolds. Sin embargo, Reynolds dijo que nunca había entendido el éxito de crítica y de taquilla de ese filme, pues lo consideraba uno de los peores en los que había trabajado. Por esa película, Boogie Nights (Boogie Nights, juegos del placer), Reynolds consiguió en 1998 una nominación al Oscar como Mejor actor de reparto. Le ganó Robin Williams por En busca del destino


Conviene recalcarlo. Entre 1978 y 1982 Reynolds fue el actor más taquillero del mundo y todas las películas que protagonizó en ese periodo fueron exitosas; ningún actor o actriz había logrado eso antes. Las películas eran buenas porque estaba Burt Reynolds en ellas, pintando un autorretrato burlón de sí mismo y encarnando a personajes que eran buena gente y tenían siempre algo para enseñar con su comportamiento, porque eran figuras morales que no estaban obligadas a imponer nada, salvo ser como eran. Salvadas las distancias entre uno y otros, Burt Reynolds tuvo la versatilidad de Cary Grant, Clark Gable, y Errol Flynn (Gable, Flynn y Reynolds deben ser los bigotes más famosos de la historia del cine) y fue capaz de hacer con la misma eficacia la comedia y el cine de aventuras, sin otra pretensión que entretener y sin recurrir a golpes bajos. Enamoró a las mujeres con una masculinidad de galán de otra época, y a la audiencia en general, sobre todo por su honesto sentido del humor que le permitía reírse de sí mismo en público y hacerle un guiño a la audiencia, como diciéndole, “no lo olvides, esto es solo entretenimiento”. Fue un galán que nunca se tomó en serio el hecho de serlo, de ahí que supo envejecer con gracia, sin temor a ocultar los estragos del paso del tiempo en su cuerpo. Ayudado por el hecho de que era un muy buen tipo, del cual nadie hablaba mal, pasó por la historia del cine de Hollywood como alguien normal que tuvo todo para convertirse en mito, pero que no lo fue por la simple razón de que detestaba serlo. 


Sus decisiones a la hora de elegir papeles memorables son históricas. Aunque usted no lo crea, rechazó ser James Bond, Han Solo, y el personaje protagonista de Pretty Woman, que fue luego para Richard Gere. También le ofrecieron protagonizar Terms of Endearment (La fuerza del cariño), pero por un problema contractual no pudo aceptarlo. El papel se lo dieron a Jack Nicholson, quien por esa película ganó el Oscar como Mejor actor de reparto. 


Dijo bien Arnold Schwarzenegger sobre el fallecimiento de Reynolds: “Ha muerto un pionero”. Reynolds filmó más de 100 películas y en varias de ellas flirteó con la muerte por no querer que un doble hiciera su parte. Fue el modelo y referente de Tom Cruise en este aspecto, pues creía que un actor debía arriesgar su físico para darle total credibilidad al personaje que interpretaba, debiendo hacer también las escenas de acción que el filme requiriera. Reynolds detestaba la alfombra roja, pero se sentía obligado a caminarla para ayudar al éxito comercial del filme en el que había trabajado. Nunca le gustó ser vedette y no necesitó imponer su ego ni tener posturas pretenciosas para que le prestaran atención y le mostraran respeto. No le fue mal con insistir en ser siempre un tipo como los demás. Más allá de un corto periodo de altibajos, pasó 40 años en primera fila, no en vano a los 82 años de edad lo había contratado Tarantino para integrar el elenco de su nuevo filme, Once Upon a Time in Hollywood. Cuando una vez le preguntaron qué opinaba de sus condiciones actorales respondió: “Puede que no sea el mejor actor del mundo, pero soy el mejor Burt Reynolds del mundo”. Genial, como tantas de las películas que protagonizó. 
 

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