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31 de diciembre 2022 - 5:03hs

Este fin de semana está en los kioskos la última edición en papel de la historia de El Observador. Es un momento de nostalgia, de emociones cruzadas. Este mismo papel que firmaron durante 30 años muchos de los mejores periodistas de Uruguay. Incluso esta misma contratapa donde pasaron intelectuales de la talla de Lincoln Maiztegui, de Andres Alsina, de Eduardo Espina, de Miguel Arregui.

Sí, hay nostalgia, del olor a papel fresco al abrirlo un sábado de mañana, a los dedos entintados tras leer un texto que nos dejó reflexionando. A la familia abriendo la edición y repartiéndose los suplementos.

Pero no hay miedo. Porque sabemos lo que es El Observador. Y eso va más allá de formatos físicos o digitales. Eso no se irá.

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El Observador es más que un diario, o una web. En sus 31 años de vida se transformó en una casa de periodismo. Un hogar para muchos de nosotros, pero también una escuela. Una forma de entender la profesión, que marcó a cientos de periodistas uruguayos, que hoy están acá o en otros medios, en otras actividades, en otros países, pero que no se olvidan lo que aprendieron en esta casa: un periodismo independiente, honesto, profesional, innovador y audaz, que no se casa con partidos políticos ni gobiernos, ni clubes, ni empresas, ni asociaciones. Que nació para diferenciarse de la historia uruguaya de periódicos partidarios, y que hizo escuela, junto a otros medios, para afianzar ese concepto de periodismo profesional e independiente, que no se guía por principios ideológicos, políticos o de clase, sino por informar. 

Un medio que hoy puede recibir críticas de un lado y elogios del otro, y que mañana se invertirán, con el mismo volumen y aspaviento. Crean que, de verdad, no nos importan esos juicios interesados. Lo que nos enseñó El Observador, a través de maestros que atraviesan la historia de este medio (se me vienen a la cabeza Gabriel Pereyra, Claudio Romanoff, Gonzalo Ferreira, Alfonso Lessa, Rafa Klappenbach, Carina Novarese, Armando Sartorotti o Carlos López Mateo, pero seguro hay muchos más), es que lo que importa es ser honestos con nuestros lectores, ofrecerles la información con rigor, con veracidad, con calidad. Ese es nuestro único norte, y lo que nos impulsa a arrancar cada día.

¿Nos equivocamos? Obvio, varias veces por día. Eso nos enoja, nos hace discutir hacia adentro y hacia afuera. Pero no nos quita el sueño. Lo que de verdad nos quitaría el sueño sería no tener la conciencia tranquila.

El Observador es un concepto. Y va más allá de formatos, de nombres o de canales de llegada al lector. Y está por encima de todos nosotros. Nos supera ampliamente. 

Estaba allí desde que en una primavera de 1991 un grupo de soñadores liderados por Ricardo Peirano lo iniciaron. Estuvo allí cuando muchos nos fuimos, volvimos, nos quedamos. Y estará allí siempre. Porque esa llama de periodismo de El Observador vive en cientos de periodistas que pasaron por esta casa o que siguen aquí, y que la hicieron evolucionar con sus propias improntas. Está en esos periodistas jóvenes que se van sumando a la redacción, y que aprenden, con el fragor de una batalla periodística, lo que es el periodismo de El Observador. Antes podía ser con una tapa de diario, hoy con una noticia que llega a cientos de miles en la web y marca la agenda del Uruguay. 

Cito a Toni Piqué, otro gran maestro de esta casa, en la edición de los 30 años: “Uruguay ha tenido en El Observador uno de sus primeros diarios independientes, que no quiere decir sin línea editorial ni pensamiento —que los tiene, vaya si los tiene— sino libre de consignas partidarias e intereses corporativos; un diario coherente, que hoy puede explicarse de la misma manera que hace 30 años; comprometido con esa verdad a la que los periodistas a veces no llegamos pero no por eso dejamos de intentarlo. El Observador es el diario que siempre lo intenta a pesar de todo, incluso de sí mismo. Un medio así es decisivo, vital, para un país, porque ayuda a convertir la sociedad en un escenario donde se ponen las cosas claras y se desvanece la oscuridad”.

Por eso es que El Observador no se va a ningún lado. El formato viene mutando hace tiempo, y ahora lo seguirá haciendo, despidiéndose de la edición papel de fin de semana. Nosotros seguiremos, en otros formatos,  haciendo lo que ya hacíamos: periodismo. Desvelándonos por ser honestos ante nuestros lectores. Y defendiendo siempre eso, a todo costo.

Qué viva El Observador. Por muchas décadas más.

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