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El principio del fin del Uruguay abierto y próspero

A un siglo del inicio de “los años felices” (II)

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22 de enero de 2020 a las 05:02

La década de 1920 en Uruguay fue de reacomodo productivo y económico, tras el intenso trauma que provocó la Gran Guerra finalizada en 1918, y de una rápida evolución del sistema democrático.

El Partido Colorado siguió dominante, pese al potente avance del Partido Nacional, que se colocó en pie de igualdad en cuanto se profundizaron las garantías del sufragio. 

En 1922 José Serrato le ganó la Presidencia de la República a Luis Alberto de Herrera, del Partido Nacional, por 7.199 votos; y en 1926 el colorado Juan Campisteguy venció al mismo Herrera por solo 1.526 sufragios.

El Partido Socialista comenzó su andadura en 1910 y el Partido Comunista en 1921, tras el triunfo bolchevique en Rusia.

La Constitución de 1918 abrió la puerta al voto femenino (que se reglamentó recién en 1932 y se ejerció desde 1938), e impuso el voto secreto y la representación proporcional, lo que reforzó a las minorías. 

Esa Constitución, la segunda en la historia del país, estableció el Poder Ejecutivo “bicéfalo”, con facultades distribuidas entre el presidente de la República y un Consejo Nacional de Administración, de nueve miembros. Ambos eran elegidos por el voto directo de los ciudadanos. 

La sociedad, la radio y el automóvil

En los “felices años 20” la población de Uruguay aún creció a gran ritmo, y superó las 1.600.000 personas. Una parte significativa había nacido en el exterior, y más de 100.000 personas arribaron tras el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando los reordenamientos territoriales en Europa central y otras partes provocaron migraciones masivas. 

Uruguay absorbió una fuerte oleada de inmigrantes europeos, especialmente alemanes, judíos del este del continente y eslavos, pero también turcos, árabes y armenios, lo que alteró de manera significativa su composición social. 

Paralelamente, comenzó a gestarse la emigración campo-ciudad, que se volvería masiva a partir de la década de 1930, al igual que en Argentina, bastante antes que en el resto de América Latina.

El Palacio Salvo, el primer gran edificio de altura de Montevideo, que se construyó entre 1923 y 1928

La clase media acomodada de Montevideo disponía de servicio eléctrico, que también se expandía por las principales ciudades del interior del país, en base a usinas a carbón o petróleo. Unas 90.000 familias, alrededor de la cuarta parte del total nacional, tenían teléfono en sus domicilios.

A principios de la década de 1920 la radiodifusión, por entonces conocida también como telefonía sin hilos, era uno de los avances tecnológicos más asombrosos.

A partir de 1922 se instalaron en Montevideo las primeras emisoras (General Electric, luego llamada El Espectador, y Radio Pardizábal), que inicialmente eran experimentales y casi no tenían escuchas. 

El uso de automóviles, aunque todavía muy minoritario, se expandió con gran rapidez tras la guerra. En 1923 se importaron 2.205 vehículos y en 1927, 2.749. El legendario modelo T de Ford estaba en primer lugar de la lista, relevado en 1928 por el Ford A.

Desde 1920 las calles de Montevideo, entonces de adoquines o macadam (piedra triturada y arena apisonadas), comenzaron a cubrirse con hormigón o asfalto.

La extensión de la red de carreteras por todo el país determinó la construcción seriada de puentes, para sustituir los servicios de balsa. En 1925 se inauguró el característico puente metálico sobre el río Santa Lucía, en el inicio de la ruta 1 hacia Colonia; y en 1929 se habilitó el primer puente carretero sobre el río Negro, en Paso de los Toros.

Los olímpicos, Gardel y Razzano

El 4 de febrero de 1921 se inauguró el hotel casino Carrasco, que de inmediato se convirtió en un centro social de gran privilegio. 

El 9 de febrero de 1926 llegó a Montevideo el hidroavión militar español Plus Ultra (“Más allá”), como escala de un viaje a través del Atlántico, entre La Rábida, España, y Buenos Aires. El líder de los cuatro tripulantes fue Ramón Franco, hermano de Francisco Franco, quien gobernaría España entre 1936 y 1975.

Tango en el Hotel Carrasco

El dúo Carlos Gardel-José Razzano, “el oriental”, fue extraordinariamente popular en el Río de la Plata, hasta la separación de 1925. Gardel continuó como solista, cada vez más exitoso, y realizó giras por España y Francia.

La selección uruguaya de fútbol sorprendió al mundo cuando ganó los Juegos Olímpicos de París 1924, desarrollados en el estadio de Colombes. La celeste repitió la hazaña en 1928 en Ámsterdam, Holanda.

Los triunfos en el fútbol del mundo representaron un gran salto para la autoestima nacional.

La depresión económica de post guerra

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) los precios de las materias primas exportadas por Uruguay más que se duplicaron. Pero el volumen colocado menguó hasta bien entrado el conflicto por la escasez de fletes marítimos. Las importaciones también cayeron en picada.

Los principales bienes de exportación eran las lanas sucias y las carnes congeladas y enfriadas, gracias a los frigoríficos, una nueva gran industria llevada por empresas extranjeras. Uruguay también era un potente exportador de cueros vacunos y de una amplia variedad de conservas, desde extracto de carne a corned beef.

El fin de la guerra significó una profunda depresión económica, debido a la caída de las exportaciones. 

Uruguay ingresó en una grave crisis financiera y bancaria que se extendió entre 1920 y 1923, durante la Presidencia de Baltasar Brum. Las exportaciones menguaron y el peso uruguayo se desvalorizó hasta 40% ante el dólar. Recién en 1924 la economía se recuperó plenamente.

Entre 1925 y 1929 la deuda externa aumentó 22% debido a los créditos que tomó el Banco de la República para respaldar la cotización del peso.

La recaudación y el gasto público aumentaron en gran forma entre 1920 y 1931, durante los gobiernos de los colorados Baltasar Brum, José Serrato y Juan Campisteguy. El gobierno central se amplió, el número de funcionarios públicos creció 152% entre 1905 y 1930 y comenzó a tomar un gran peso la seguridad social, cuyas jubilaciones y pensiones venían ampliándose desde 1896. También aumentaron los déficits, las deudas del gobierno y el descuido de la moneda.

La economía nacional era menos sólida de lo que parecía cuando llegó el golpazo de 1929, con el Crac de Wall Street.

Uruguay aún organizó en 1930 el primer Campeonato Mundial de Fútbol, que ganó su selección. Fue un colofón glorioso para el primer siglo de independencia. Pero los “locos años 20” terminarían en Uruguay, al igual que en buena parte del mundo, con quiebras seriadas de empresas, altísimo desempleo, pobreza extendida, el cese casi completo de la inmigración, el cierre de la economía mediante aranceles, y el control de cambios, una forma de racionamiento de la moneda que duró 43 años. 

En los años ‘30 se abrió una era de populismos y de experimentos opuestos a la ortodoxia económica liberal que había enriquecido al país después de la Guerra Grande, finalizada en 1851.

Disputa mundial entre comunistas y fascistas

La “Gran Depresión” mundial a partir de 1930, una era de pobreza, desconfianza y repliegue, gestó innumerables dictadores u “hombres fuertes”. La derecha —desde el fascismo y el nazismo hasta el corporativismo reaccionario— parecía la fuerza del futuro, opuesta y combativa frente al empuje revolucionario de los comunistas, otra secta internacional.

“La sed de absoluto es un estigma que marca a los que son incapaces de encontrar satisfacción en el mundo relativo de ahora y de aquí”, escribió el novelista y ensayista Arthur Koestler en sus memorias.

“Si no se hubiera producido la crisis económica, no habría existido (Adolf) Hitler y, casi con toda seguridad, tampoco (Franklin D.) Roosevelt”, escribió el historiador marxista Eric Hobsbawm en su ensayo Historia del Siglo XX. “Además, difícilmente el sistema soviético habría sido considerado como un antagonista económico del capitalismo mundial y una alternativa al mismo”.

La Gran Guerra había expandido el tamaño de los Estados, que pasaron a controlar enormes áreas industriales y sociales. El comunismo y el fascismo llevaron el Estado hasta nuevas fronteras, que relegaron al individuo y negaron su centralidad.

Nuevas fantasías, como las “masas”, las clases sociales, las razas o las naciones pasaron a ser concebidas como motores de la historia, ya no el individuo, ni su iniciativa y responsabilidad. 
 

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