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El rostro de los venezolanos que celebran haber llegado a Uruguay

En cuatro años se otorgaron más de 11.600 residencias

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23 de noviembre de 2019 a las 05:01

“Vamos a ir a un sitio que es como era Venezuela antes, van a encontrar de todo. Si ustedes necesitan algo me preguntan primero; no quiero verlos por los pasillos gritando ¡hay comida!”.

Era mediados de 2015 y Carla, una venezolana de 39 años, le explicaba de esa forma a sus hijos que estaban por emprender un viaje largo y complicado hacia Uruguay. Había que escapar de la crisis socioeconómica de su país, que por entonces empezaba a encaminarse hacia la emergencia humanitaria que hoy tiene en jaque a Venezuela, con escasez de productos básicos, como comida  en las góndolas y medicamentos esenciales.

“Cuando entré a Uruguay me puse a llorar y no fue de emoción, sino de alivio [suspiros]: los traje sanos y salvos”, contó la mujer en una entrevista con el periodista Ángel Arellano para su libro Venezolanos en el Uruguay. Relatos, historias y datos de los inmigrantes que desembarcaron en la patria celeste, editado este año por la Fundación Konrad Adenauer.

Carla, los tres niños y su esposo fueron algunos de las más de 11.600 residencias concedidas por el Ministerio de Relaciones Exteriores a ciudadanos venezolanos entre 2014 y 2018, según datos del gobierno. Fue –y sigue siendo– un flujo migratorio que logró que desde 2017 la venezolana sea la nacionalidad con más solicitudes de residencia en Uruguay.

“Nosotros los reuníamos para contarles historias tipo cuento, para que entendieran que no era normal lo que estaban viviendo. Cosas como que ‘sabes que antes había supermercados llenos de cosas, había talco, había champú, había de todo’”. Los tres hijos de Carla, que hoy son músicos en el sistema de orquestas juveniles del Uruguay, se criaron en la era chavista venezolana, y los más chicos hacían preguntas al padre como si era imaginable “un supermercado lleno de comida”. “Sí, pero aquí no”, les respondía.

Carla viajó durante casi una semana con los niños, primero un gran trecho en ómnibus hasta Manaos, y luego en avión hasta Porto Alegre, desde donde tomaron otro bus hasta Tres Cruces, la terminal en la que tres años después, Roxana Vargas y Laura Monsalve, dos compatriotas de 26 y 30 años, tuvieron que pasar dos noches en los incómodos asientos. 

Estas mujeres tuvieron un periplo aún más complejo, y uno de los más frecuentes entre los venezolanos que escapan del gobierno de Nicolás Maduro. El viaje duró un mes. Salieron en mayo de 2018 y llegaron a Montevideo en junio. Durante 23 días estuvieron en Cúcuta, una ciudad colombiana en la frontera con Venezuela en cuyo puente internacional –el Simón Bolívar– pasa gran parte de los emigrantes con el plan de caminar desde allí decenas o a veces centenas de kilómetros. 

Ellas hicieron dedo hasta Lima, pasaron por Cuzco, y luego se dirigieron hasta Argentina. En Cúcuta les robaron el dinero, en la frontera de Chile y Perú todos los documentos, y llegaron a Uruguay gracias a la generosidad de un hombre que les financió dos pasajes desde Mendoza hasta Montevideo.

Arellano vino a Uruguay a fines de 2015 para hacer un doctorado en Ciencias Políticas, pero también por la crisis y la persecución política por ser el secretario de un diputado de la oposición. En diálogo con El Observador sostuvo que el disparador para escribir el libro no fue para denunciar un problema en la integración social de los recién llegados, sino lo contrario. Por un lado, dijo que emprendió el proyecto para responder tres preguntas concretas que nacen en conversaciones cotidianas entre uruguayos y venezolanos –por qué Uruguay como destino de escape, cómo llegaron tan lejos, y por qué huyeron de su país–, pero por otra parte debido a una razón que el autor explica de esta manera: “Un país necesita conocer quiénes son los nuevos residentes, y este es un modesto aporte en ese sentido; un documento que explica a la sociedad uruguaya quiénes son estas personas, cuáles son sus dramas y alegrías”.

Emprendimientos

En entrevista con el autor, Jorge Muiño, director de Asuntos Consulares de la cancillería, aseguró que la población venezolana que ha llegado al país viene con buenas calificaciones y obtiene empleos, en promedio, acordes a su formación. 

“Lo que sí nos ha llamado la atención es que, tanto el venezolano que llega al Uruguay como el uruguayo que retorna de Venezuela, es gente calificada de media para arriba. Es decir, el nivel educativo es excelente”, dijo el jerarca, quien luego agregó que en la mayoría de los casos es una población que no ha tenido problemas laborales relevantes 

“Es una población propensa a salir adelante, obtiene trabajos buenos o relativamente buenos, o capaz que algunos están subcalificados en sus trabajos pero son buenos para el servicio. Después, hay otros que, tomando en cuenta la carencia que tenemos en recursos humanos para el área tecnológica, vienen y se instalan directamente ahí. Yo no me he encontrado con ninguna situación donde esté un venezolano que tenga un problema de falta de instrucción (por tanto, el Estado no tiene que invertir en eso) o donde el nivel de trato sea negativo”, sostuvo.

Además, y de alguna manera debido al nivel cultural que traen consigo, Muiño contó que estos inmigrantes tampoco sufren especial discriminación. “Los venezolanos vienen con todas las herramientas educativas y culturales para salir adelante en Uruguay. No es una población que pueda ser rechazada”. 

Luego, el jerarca de la cancillería dijo que aunque en Uruguay persisten actitudes de xenofobia y racismo, predomina una  “mayoría” que por razones históricas “está propensa a recibir gente y a integrarla”, afirmó.

Por supuesto, no todos es color de rosa, y los venezolanos también sufren el primer obstáculo con que deben lidiar todos los inmigrantes latinoamericanos en Uruguay: la vivienda. Por eso, años atrás se formó una cooperativa de venezolanos llamada Covivenerou, que tiene actualmente a 35 familias nucleadas. Todavía deben conseguir un terreno para construir las viviendas. 

Y en otros casos, aunque no es necesariamente un problema de primer orden, deben ajustarse al cambio de rubro en su desarrollo profesional. Así le ocurrió a Luz, quien ejercía como abogada para una firma privada y para la PDVSA, y además era propietaria junto con su marido de una papelería en Punto Fijo (estado Falcón). Se mudó la familia completa en estos años y abrieron un almacén con comida típica venezolana.

Otros tuvieron que trabajar en una tienda de ropa mientras se tramitaba la revalidación de un título universitario y lidiaron con el rechazo de los currículos, como le ocurrió durante un tiempo a María Gracia, conocida por los uruguayos por haber participado en la última edición del concurso de cocina Master Chef. Antes de triunfar en la pantalla chica tuvo que acostumbrarse a atender el público en un local de Punta Carretas, mientras se preparaba en el Hospital de Clínicas para dar un examen de su especialización, que en un principio perdió. Finalmente obtuvo la reválida, consiguió un puesto en La Española y una residencia en la que pudo vivir con su novio periodista.

Hay otras historias en la que los personajes salen adelante con emprendimientos gastronómicos y muestran una cocina que los uruguayos desconocían.  Es lo que hizo Érika Valecillos, que puso un restaurante en Colonia del Sacramento y disfruta de la cultura uruguaya de “no hacer nada, de estar, de ver un atardecer”. Lo mismo hicieron Ernesto Araneo y Fabiola Lares, que pusieron un restaurante y minimarket en Punta del Este, y hoy destacan de Uruguay “la posibilidad de abrir una empresa en tres días”, además de su tradicional tranquilidad.

A El Observador, Arellano dijo que, en resumen, este libro también “es una forma de decir ‘gracias, aquí estamos, venimos a trabajar’”.

Secuestros
Dentro de las historias narradas por Arellano en su libro surge el secuestro como un delito común en Venezuela, sufrido en carne propia por dos de los personajes. María Gracia, por ejemplo, fue víctima directa antes de venir a Uruguay. Otro venezolano, identificado como Jesús, se enteró estando en Montevideo que su padre había sido secuestrado.  Según contó el autor, este hombre había pensado en retornar a su país, y esa noticia lo hizo arrepentirse. Transfirió todos los ahorros que había juntado en Uruguay para colaborar con el pago del rescate.
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