4 de noviembre de 2011 18:32 hs

Clara Berenbau tenía una vida privilegiada desde el punto de vista familiar, profesional, económico y social. También tenía una actitud natural como para aprovechar esas ventajas comparativas frente a la mayoría de sus congéneres. Su presente era venturoso, su futuro, promisorio. Y entonces apareció el cáncer. Tenía 27 años de edad.

Eso fue hace cuatro años y desde entonces todo cambió de muchas maneras. “Es un largo proceso. Al principio me dio mucha rabia. Después quise estar sola. Después quería estar con mucha gente. Después conocí a otras mujeres en una situación similar.”, dice la periodista y conductora de radio y televisión.

Ese largo proceso tuvo que ver con entender la idea de que la vida es efímera, aprender a convivir con una amenaza en el cuerpo, decidir que no se está muriendo de cáncer sino que está viviendo con él.

Una de las primeras decisiones que tomó Berenbau fue que lo comentaría, que lo trataría con toda la naturalidad posible, que divulgaría su experiencia, que “el hecho de disponer de micrófono y cámara, me decía que tenía una responsabilidad”.

Y entonces surge el libro, Vivir con él, que no fue premeditado. “Lo hice porque me hacía bien a mí, como lo que hago en radio y en televisión. El hecho de largar las cosas. Por eso empecé a escribir. Después Gastón Izaguirre (quien creó las ilustraciones del volumen) me dijo que le encantaría leerlo. Le mandé unos textos y me dijo que le gustaría hacer una muestra. La hicimos y después apareció Virginia Arlington y me sugirió hacer un libro y le dije que sí”.

Entonces decidió hacer entrevistas a otras mujeres en su misma situación, para hablar del tema con una perspectiva más amplia.

El tiempo transcurría y si pasaban cinco años sin que el cáncer se manifestara, se podía considerar que estaba a salvo, pero el cáncer atacó de nuevo.

“Cuando me volvió me pareció que el libro era un proyecto de corto aliento. Yo hablaba de algo curable, pero entonces pensé que capaz que yo no era ejemplo de nada, capaz que estaba derrotada”, recuerda.

Sin embargo, terminó el libro y se publicó (Editorial PalabraSanta, 190 páginas). “Me llevó un tiempo darme cuenta de que no se trataba de cuánto tiempo vas a vivir, sino de cómo vivís hoy”.

Berenbau dice que aprendió a hacer las paces con la muerte: “No es que esté preparada para morir, pero es inevitable y lo tengo presente. De alguna manera la entiendo más a la muerte”.

Los demás
Para los que están alrededor de una persona con cáncer a veces se hace muy difícil. “Yo tengo la carga física, el dolor, el cansancio, pero para los demás es no saber qué estoy sintiendo, cómo lo estaré viviendo. Además me tienen que bancar los malos humores, los momentos difíciles”.

Esos momentos tienen que ver no sólo con los vaivenes de su propia enfermedad sino con otras personas que están en una situación muy similar, con las que la autora llegó a formar relaciones muy estrechas, con una intimidad muy especial, ya que hay un entendimiento que no es posible con otras personas. “Perdí muchos seres queridos, dentro del grupo. Murieron. Hay que volver a juntar fuerzas”, reflexiona.

Berenbau aclara que el libro no es una receta para convivir con el cáncer, sino que son historias de vida para acompañar a quienes viven una situación similar o tienen algún ser querido cercano que la vive. “Cada uno vive sus problemas, cada situación tiene la importancia que uno le dé”.

Berenbau habla no sólo de despertarse y estar consigo misma, sino de “entender el sufrimiento ajeno. Entender cuando alguien está mal por algo. Yo me hacía un mundo por un problema laboral. Por una discusión. Ahora lo veo de otra manera”.

En cuanto a los errores que habría que evitar en una situación así, la autora entiende que lo principal es evitar la negatividad: “Para mí es un error no ser positivo. Hay que ser positivo y tener mucha fe. Hay que inventar una fe. Viví, que es lo que tenés”.

En cuanto a sus miedos actuales, Berenbau señala: “Le tengo miedo a sufrir en este proceso, a los diagnósticos. Puede pasar. Esto es así. Es impredecible. No depende de mí. No le tengo miedo a la muerte y tampoco al resto de las cosas”.

Berenbau sabe que convivirá con el cáncer el resto de su vida, que espera que sea larga. En el libro imagina su vejez con una amiga que también padece de cáncer, y se ven juntas y amigas dentro de varias décadas, riéndose con ganas, igual que como lo hacen hoy.

El último agradecimiento del libro es al propio cáncer: “Por enseñarme a vivir mejor”.

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