Gideon Rachman
Europa es una alianza, no una unión de valores
Las divisiones internas son menos poderosas que las presiones externas que mantienen a los miembros unidos
Las divisiones internas son menos poderosas que las presiones externas que mantienen a los miembros unidos
Gideon Rachman
A lo largo del proceso del brexit, el Reino Unido ha tratado de dividir a los otros 27 Estados miembros de la Unión Europea (UE). Pero ha fracasado. Para sorpresa de las autoridades de Londres (y probablemente también para las de Bruselas), la UE ha honrado su nombre y se ha mantenido unida.
Esta demostración de unidad con respecto al brexit no es un accidente o un incidente único. Por el contrario, ilustra algo importante sobre por qué el proyecto europeo es mucho más sólido de lo que sus críticos se habían percatado. Las 27 naciones pequeñas y medianas que conforman la UE tienen un enorme interés compartido en proteger el mercado único europeo.
Ese imperativo estratégico simplemente se va a volver más pronunciado en un mundo formado por dos superpotencias, EEUU y China. Tanto Washington como Beijing utilizan cada vez más el comercio y la inversión como armas políticas. Como naciones individuales, los UE27 (los países que configuran la UE, menos el Reino Unido) saben que pueden ser derribados por las superpotencias. Pero, como el mayor mercado transfronterizo del mundo, la UE sabe que tiene un peso comparable al de China y al de EEUU y puede hacerles frente.
Si EEUU decide imponer tarifas a los productores europeos durante los próximos meses, la UE puede responder con medidas que impongan un ‘sufrimiento’ comparable en EEUU. La UE también está tomando medidas unificadas contra la transferencia de tecnología forzada de China. Y ha respondido a la anexión de Crimea por parte de Rusia mediante la imposición de sanciones que cubren la totalidad del mercado único de la UE.
No cabe duda de que existen profundas divisiones dentro de la UE. La Comisión Europea está demandando a Polonia por alejarse de los principios democráticos. Los italianos y los franceses están riñendo en relación con los presupuestos y con las fronteras. Los húngaros y los alemanes están en desacuerdo con el manejo de los refugiados. Grecia casi fue echada del euro.
Pero las divisiones internas que separan a los UE27 son menos poderosas que las presiones externas que las impulsan a estar unidas. Este simple punto a veces se pasa por alto, incluso en Bruselas, porque a la UE le gusta llamarse a sí misma una unión de "valores". Sin embargo, la idea de que los líderes de la UE están unidos por valores compartidos es cada vez más difícil de mantener. Viktor Orban, el primer ministro de Hungría, y Matteo Salvini, el viceprimer ministro de Italia, tienen mucho más en común con Donald Trump en EEUU (o incluso con Vladimir Putin en Rusia) que con Emmanuel Macron o con Angela Merkel, los líderes de Francia y Alemania, respectivamente.
A los gobiernos italiano, húngaro y polaco también les gusta la retórica anti-Bruselas favorecida por los euroescépticos británicos. Pero eso no significa que se separarán de la línea de Bruselas en las negociaciones del brexit. Ellos entienden que sus intereses económicos y estratégicos están mucho mejor protegidos manteniéndose dentro de los UE27.
En ese sentido, la UE se parece cada vez más a una alianza basada en intereses compartidos que a una unión de valores. Hablar de alianzas tiende a causar escalofríos en Bruselas porque es evocador de guerras en Europa. Pero en el siglo XXI, los países europeos tienen un claro interés en aliarse los unos con los otros, en lugar de ponerse en contra los unos de los otros, como en el pasado.
Pensar en la UE como una alianza también aclara otra molesta pregunta: la vaga conversación acerca de un "ejército europeo". La formación de tal ejército es improbable porque la UE no es un Estado unitario. Pero una alianza militar estrecha, tal vez con una cláusula de defensa mutua, parece factible.
Hasta el advenimiento de la administración Trump, hablar de una alianza militar de la UE hubiera parecido redundante o peligroso, ya que pudiera socavar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Pero el aparente cuestionamiento de Trump sobre la pertenencia estadounidense a la OTAN hace que sea prudente que los europeos piensen más en hacer sus propios planes de seguridad.
La UE aún está muy lejos de ser una superpotencia militar, y puede que nunca llegue a serlo. Pero ya es una clave pieza global en el comercio y en la regulación empresarial. Eso es importante porque, en la era nuclear, es más probable que las superpotencias luchen entre sí por medios económicos en vez de militares. La Comisión Europea ya está a la vanguardia del reto al poder del monopolio de las grandes compañías de Silicon Valley como Apple, Amazon, Facebook y Google. Y la Comisión actualmente también está buscando nuevas formas de vigilar las adquisiciones de empresas chinas en Europa.
Sin embargo, China, en particular, es experta en romper la unidad de una alianza ofreciendo incentivos al eslabón más débil. Esa estrategia se ha vuelto evidente en la "Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta" de Beijing, la cual parece ofrecer proyectos particularmente tentadores a los Estados más pequeños de la UE en Europa del Este. A ellos entonces se les pudiera persuadir a votar en contra de las políticas de la UE que se estén tornando más estrictas con respecto a China.
Pero la UE sobrevivirá la división ocasional sobre materia de política dirigida a China o a EEUU. El hecho es que el paquete de beneficios que proporciona la UE nunca puede ser replicado por ninguna de las dos superpotencias.
El mercado único europeo ofrece proximidad, tamaño, seguridad jurídica, libertad de movimiento de personas y poder de voto sobre nuevas leyes y regulaciones. Es por eso que es extremadamente improbable que países como Polonia y Hungría — a los que les encanta quejarse de Bruselas — se arriesguen a abandonar la UE.
Hay algunos en Varsovia que predicen que Polonia, de hecho, abandonará la UE en el momento en que cesen los generosos pagos de la UE a Polonia. Pero la realidad es que, incluso los contribuyentes netos al presupuesto de la UE, pierden mucho si se van. Sólo hay que preguntarle al Reino Unido del brexit.