Ansiedad y gritos. Con esas dos palabras se puede resumir la extensa jornada de ayer en el Estadio Centenario. El fanatismo por One Direction obligó a que varios chicos –acompañados algunos por sus padres- acamparan en el estadio desde el domingo. Otros llegaron horas antes de que se abrieran las puertas, formaron colas kilométricas y desordenadas que obligaron otras horas más de espera musicalizada por algún celular y al grito de “abran las puertas” y “queremos entrar”.
Pero una vez adentro, si había cansancio no se notó.
Había chicas llorando de emoción, llorando a sus padres porque no llegaban a ver a sus ídolos, llorando porque la multitud las aplastó tanto que no podían respirar y llorando tras escuchar su canción favorita. Y gritaban. Casi por cualquier razón. Durante la hora y 45 que duró el show el denominador común fue el tono agudo que hacía ecos y rebotaba sobre la Tribuna Olímpica.
La salida de los chicos al escenario fue uno de los momentos más ensordecedores, pero si alguno siquiera abría la boca para cantar o exclamar un “¿están pasando bien?”, “Montivideo” o “Uruguay”, eso ya era motivo de celebración. “Ustedes son muy ruidosos”, dijo en varias ocasiones Harry Styles. Sin embargo no debe ya sorprenderle los decibeles a los que llegan sus fans.
Esta se trata de su tercera gira mundial y la primera en llegar a Latinoamérica. Y todos los miembros hicieron referencia a esto. "Gracias por esperarnos tan pacientemente", dijo entre gritos Niall Horan luego de animarse a decir unas palabras en español, mientras que Harry prometió volver.
A lo largo de las 23 canciones que conformaron el setlist los gritos apenas descendían en las baladas como Little Things y Moments, pero no por mucho tiempo. Hasta sus hits más lentos como You and I y Story of My Life eran coreados hasta la última letra.
Allí repasaron los temas de sus tres discos, enhebrando éxitos como Kiss You, What Makes You Beautiful y Best Song Ever con canciones de su último disco, Midnight Memories.
Fue para todos un día largo, pero un show corto. Sin embargo la emoción por ver a sus ídolos tantos años después de haberlos conocido valió absolutamente la pena.