31 de octubre de 2012 18:09 hs

Islandia fue por muchos años ejemplo por la calidad de su Estado de bienestar, pero en la recesión que aún acecha a Europa resultó ser uno de los primeros países en desbarrancar. Ahora, es nuevamente puesto como modelo para superar la crisis. Entre otras medidas, no se molestó en rescatar a los bancos y juzgó a los responsables de generar esa situación. Un dato clave: no usa el euro, lo que le brinda mayor independencia en estas graves horas europeas.

Algunos afirman que el primer asentamiento humano en esta pequeña isla nórdica del océano Atlántico se registró en el año 874; otros aseveran que eso ocurrió en el 860 gracias al descubrimiento de un vikingo de las Faroe. Con el tiempo, los reinos de Noruega se apropiaron de este territorio en el que según Julio Verne, a través del glaciar Snaefell, se encuentra el camino hacia el centro de la Tierra.

Más tarde, al igual que la vecina Groenlandia, formó parte de Dinamarca; hasta que en 1944 Islandia logró el reconocimiento de una independencia que declaró en 1918.

A la rudimentaria pesca y agricultura con las que subsistió el islandés durante décadas, les siguió un gran desarrollo económico, tecnológico y social en el siglo XX, con la provisión de un programa de salud universal y de una educación universitaria gratuita para la población que hoy suma poco más de 330 mil habitantes. La prosperidad alcanzó a una ciudadanía acostumbrada al trabajo duro y a inviernos largos y cruentos en los que apenas se ve la luz del sol durante el día.

Esa bonanza llevó a que Islandia fuera considerada por la ONU como el tercer país más desarrollado del mundo. En 2008, el PIB per cápita era el séptimo más alto del mundo (55.462 dólares), y el decimocuarto en términos de poder adquisitivo (36.769 dólares). Un hito que se esfumó producto de una crisis que se generó ese año en Estados Unidos y luego se expandió con avezada rapidez por Europa, donde los islandeses se llevaron una de las peores partes. Los isleños habían caído también en la fiebre del ladrillo, la especulación y los créditos brindados a manos llenas sin ton ni son.

El desbarajuste en el sistema financiero, que comenzó a percibirse ya con fuerza aquel año, hizo que los islandeses se dieran de frente con una realidad que no conocían. Acudir a las calles fue la siguiente opción. La llamada “revolución islandesa”, una serie de protestas y manifestaciones que duraron 16 semanas, concluyó con la caída del primer ministro Geir Haarde en enero de 2009. La crisis económica y política también arrastró a todo el gabinete del premier y a su coalición en el Parlamento.

En ese río revuelto, Jóhanna Sigurðardóttir tomó la posta, adelantó las elecciones parlamentarias y se convirtió en la primera mujer primera ministra del país de la historia. El colapso financiero llevó a encausar a Haarde por su papel durante la crisis y a dos consultas populares para decidir sobre el pago de la deuda de los bancos nacionales. También provocó que se discutiese un cambio en la Constitución islandesa.

Jugar con fuego

El alto grado de bienestar social y económico trajo consigo tal grado de confianza que llevó a que el gobierno islandés permitiera la especulación bancaria. Con ella, arribó el boom inmobiliario en el que los precios se inflaron hasta las nubes y los créditos para acceder a esos bienes inmuebles se concedieron sin límite alguno.

Todo parecía transitar sobre rieles, sin tormentas a la vista. Pero bastó que la situación colapsara del otro lado del Atlántico para que Islandia se hundiera en el pozo. Alcanzó con que Lehman Brothers sucumbiera a la crisis, en octubre de 2008, para que los bancos islandeses quebraran uno a uno. Todos.

El país venía jugando con fuego desde hacía unos años. El momento dulce que vivía Islandia le hizo perder la noción del peligro. Para 2003, la banca nacional había sido desregularizada, mientras que unas condiciones internacionales favorables conducían a esta nación al endeudamiento. La bola de nieve fue agigantándose y para 2006 hubo una pequeña crisis que precedió la tormenta ante un mix entre falta de transparencia y altos intereses que prometían los bancos. Los activos bancarios llegaron a multiplicar por 11 el PIB. Nada dijeron las calificadoras de riesgo en ese momento y dejaron que la pelota siguiera corriendo.

Al cabo de dos años, Islandia quedó a la deriva y fundida. Pronto correrían la misma suerte Irlanda, Portugal, Grecia y España, aunque la situación en la isla nórdica parecía la peor de todas. “Cuando visité Reikiavik en octubre de 2008 para ofrecer la asistencia del FMI, la situación del país era crítica. Los tres principales bancos de Islandia –que representaban casi la totalidad del sistema financiero– acababan de desplomarse con una semana de diferencia. La sensación de temor y el estado de shock eran evidentes; pocos países, o ninguno, había experimentado jamás un colapso económico tan catastrófico como ese”, dijo Poul M. Thomsen, subdirector del departamento europeo del FMI.

Las instituciones bancarias colapsaron por la estructura misma del sistema financiero islandés. Mientras que sus acciones las tenían en coronas, dos tercios de sus activos se encontraban en divisas extranjeras. El banco central no tenía las reservas suficientes para salir al rescate de los endeudados bancos del país y refinanciar su liquidez en divisas extranjeras. El sistema estaba embretado por la devaluación de más del 30% de la corona y por la desconfianza generalizada que existía tras la conmoción de las hipotecas de Estados Unidos.

Manos a la obra

Ante un momento extraordinario, planes extraordinarios. Así debieron pensar los isleños. En una de las medidas más importantes, que no fue imitada por ningún otro país en crisis –al menos por ahora–, Islandia dejó quebrar a sus tres grandes bancos, el Kaputhing, el Landsbanki Islands y el Glitnir. Lo de Kaputhing y Glitnir fueron, de acuerdo a Moody’s, una de las principales calificadoras de riesgo del mundo, la cuarta y quinta mayores bancarrotas empresariales del planeta desde la década de 1920.

“La crisis islandesa evidenció los efectos perversos de la fuerte desregularización de la banca. Pese a tener pasaporte para operar en la Unión Europea, los bancos islandeses eran supervisados por las autoridades de la isla, que obviaron el efecto dominó de un sistema financiero con préstamos cruzados entre tres bancos gigantes. Además, la descoordinación en el intercambio de divisas agravó la bancarrota”, aseveró un análisis del diario El Mundo.

Los ajustes económicos más importantes arribaron luego del rescate internacional solicitado al FMI (1.600 millones de euros) y, en la línea con las primeras movidas frente a la crisis, no desembolsó un euro, mejor dicho, ni una corona de los ciudadanos para rescatar a los bancos. El detalle de no utilizar el euro como moneda (Islandia no pertenece a la Unión Europea) le permitió devaluar sin presiones para así ganar en competitividad. Eso sí, los islandeses debieron apretarse el cinturón ante una evidente baja en la calidad de vida.

La creciente deuda pública provocó que en promedio cada familia islandesa debiera pagar 3.500 euros al mes durante 15 años a un interés del 5,5%. Así lo propuso el gobierno en un principio. Uno de aquellos referendos que provocó la crisis logró rebajar la tasa de interés al 3% y prolongar el período de pago a 37 años.

Los islandeses también votaron si debían devolver el dinero de ciudadanos de otros países que se había perdido por la quiebra de los bancos. El gobierno negoció primero con el Reino Unido y Holanda la devolución de 3.800 millones de euros a unos 300 mil ahorristas durante 14 años. El acuerdo se cayó a raíz de un referéndum celebrado en 2010. Esto generó polémica dentro y fuera de Islandia.

También suscitó comentarios el hecho de llevar al banquillo de los acusados a políticos y banqueros por su responsabilidad en la crisis. El modo islandés se imponía.

Al banquillo

En el único proceso judicial en el mundo contra un miembro de la clase política por su implicancia en una crisis económica, el exprimer ministro Haarde debió comparecer ante los tribunales islandeses para explicar lo sucedido durante su mandato. Haarde negó todos los cargos al decir que no existían signos de que iba a registrarse una catástrofe financiera. Al final, el antiguo premier fue inculpado con uno de los cuatro cargos que se le imputaban. Solo se lo condenó por violar la ley de responsabilidad de los ministros.

Los directivos del Kaupthing Bank también están siendo juzgados, acusados de fraude y manipulación por la Fiscalía Especial de Islandia.

Sigurdur Einarsson, el presidente ejecutivo de este banco, considerado el más temerario de todos, fue detenido en abril en Londres, luego de que la Interpol emitiera una orden de captura internacional. Se espera que los dirigentes de las otras instituciones bancarias quebradas también acudan a los tribunales.

Al parecer, no son muchos los que deberán dar explicaciones a la sociedad. Por eso mismo, llama aun más la atención de lo que puede hacer un grupo de personas con mucho poder. “Islandia fue saqueada por no más de 20 o 30 personas. Una docena de banqueros, unos pocos empresarios y un puñado de políticos formaron un grupo salvaje que llevó el país entero a la ruina: 10 de los 63 parlamentarios islandeses, incluidos los dos líderes del partido que ha gobernado casi ininterrumpidamente desde 1944, tenían concedidos préstamos personales por un valor de casi 10 millones de euros por cabeza”, señaló un largo reportaje del diario El País de Madrid.

Hay futuro

Al cabo de cuatro años del inicio de la crisis, el porvenir islandés vuelve a ser promisorio, más allá de algunas cuentas pendientes con los números: la deuda pública supone aún casi el 100% del PIB, todavía debe dinero al FMI del rescate y la inflación sigue siendo una preocupación –hoy en 4,2%– aunque afirman que la mantienen controlada.

De cualquier modo, mientras el resto de Europa se encuentra buscándole la vuelta para superar esta crisis, con severas medidas de austeridad, el FMI prevé para Islandia un crecimiento económico del 2,4% para este año, con un consumo privado importante que compensará la caída de la inversión pública. De a poco, la isla redujo el desempleo, del 8,1% en 2010, a 7,4% en 2011, a 6,9% este año.

Islandia impuso su estilo en su propio patio, pero también obedeció las recomendaciones del FMI, como en la depreciación de la moneda para favorecer a los exportadores y en la refinanciación de la deuda de los ciudadanos y compañías islandesas. Islandia, el ejemplo.

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