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Angela Merkel durante su última cumbre europea

Opinión > TRIBUNA / RICARDO GALARZA

La Alemania post-Merkel en la Guerra Fría EEUU-China

La nueva ministra de Exteriores, Annalena Baerbock, se alinea claramente con Washington en contra de Beijing. ¿Pero será tan clara la política que finalmente adopte el canciller Olaf Scholz? 

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25 de diciembre de 2021 a las 08:50

Durante sus 16 años al frente de los destinos de Alemania, Angela Merkel había hecho un notable ejercicio de equilibrio, manteniendo unida a la Unión Europea durante su peor crisis, enfrentando los desafíos de un mundo crecientemente multipolar y, sobre todo en los últimos años, conservando su alianza con Estados Unidos al tiempo que estrechaba lazos con China y -aunque no sin algún recelo- también con la Rusia de Vladimir Putin.

Sería de perogrullo ahondar acá en la importancia geoestratégica de Alemania, que es además el gran motor económico de Europa. Por eso desde que Joe Biden y su equipo de asesores en política exterior asumió en la Casa Blanca con la clara idea de frenar el ascenso de China y maniatar a Rusia, el gobierno de la excanciller alemana fue sometido a indecibles presiones desde Washington. El pragmatismo de Merkel, convencida de que no era buena idea para Alemania pelearse con su principal socio comercial (China), ni romper con su mayor proveedor de energía (Rusia), resistió en Berlín hasta que hace unos días traspasó el mando a su sucesor, el socialdemócrata Olaf Scholz.  

Pero Scholz ha debido formar gobierno con verdes y liberales, que también tienen su propia agenda. Y eso parece marcar, al menos a priori, un distanciamiento con la política exterior de la era Merkel. Sobre todo, porque la líder del partido verde, Annalena Baerbock, es ahora la ministra de Relaciones Exteriores; y es conocida su dura postura en contra de los regímenes de Moscú y Beijing.

Ecologista, liberal-progresista, europeísta, Baerbock (41) es también una convencida atlantista, para quien la alianza con Estados Unidos y una “política exterior basada en valores” debe estar por encima de los intereses de las grandes corporaciones alemanas instaladas en China, o de otros intereses germanos en Moscú.

Por lo pronto ya mandó parar la certificación del gasoducto Nord Stream 2, que llevaría gas de Rusia a Alemania, y por el que Merkel había resistido fortísimas presiones de Washington, incluso la amenaza de sanciones económicas. 

Y han sido varios los guiños de la nueva ministra a Washington y a su par estadounidense, Antony Blinken.

Se sabe también que tuvo una influencia decisiva en el texto del Acuerdo de Coalición que Scholz presentó antes de asumir. En ese documento, se critica al gobierno chino por la situación de los derechos humanos en Xinjiang, de los derechos civiles en Hong Kong y se advierte que la reintegración territorial de Taiwán, de ocurrir, deberá hacerse “pacíficamente y de común acuerdo”. [Es curioso, porque Alemania no reconoce a Taiwán como estado independiente desde antes de su propia reunificación, cuando en 1974, la entonces Alemania Occidental (RFA) estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China, apoyando así su política de “una sola China” que desconoce la independencia de la antigua Formosa]. 

Pero lo que más preocupó en Beijing fue que en un texto de gobierno alemán tan importante como ese, se calificara a China como “un rival sistémico”, una expresión que ya había utilizado la Comisión Europea después de algunas consultas con el Departamento de Estado. De hecho, en Bruselas hace unos meses ya que se plegaron a la línea de Washington, por primera vez, haciéndole el ‘bypass’ a Merkel, aunque cuando esta ya se había convertido en lo que en política se conoce como un “pato rengo” y estaba de salida.

De todos modos, aunque en Alemania los ministros gozan de gran autonomía de gestión, el sistema establece que el último responsable de la política exterior es el titular del Ejecutivo. Y Merkel ejerció ese poder en su totalidad, convirtiéndose en la canciller más influyente en la política exterior desde Konrad Adenauer.

Habrá que ver ahora cómo es Scholz en ese sentido. Fue vicecanciller de Merkel y es conocido también por su pragmatismo, además de por su admiración por la exmandataria. 

El martes pasado tuvo su primera conversación telefónica con Xi Jinping; y muy en la línea de Merkel, le dijo al líder chino que su intención era “profundizar los lazos económicos con Beijing”. Incluso fue muy criticado en Europa por una versión que circuló de la conversación, donde le decía a XI que esperaba que el Acuerdo de Inversiones UE-China “entre en vigor lo antes posible”.

Ese acuerdo, impulsado por Merkel y firmado a fines del año pasado, fue luego puesto en pausa por el Parlamento Europeo, esgrimiendo preocupaciones por la situación de derechos humanos en China. Y no ha habido ninguna señal desde Bruselas de querer destrabarlo. Es más, los dichos de Scholz contradicen su propio Acuerdo de Coalición, donde se recalca que ese convenio de inversiones entre Europa y China “no debe ser ratificado”.

Todo indica, pues, que a Scholz no le resultará nada fácil hacer valer su poder en política exterior. Y contrariamente, Biden, que en septiembre había lanzado un exabrupto de amarga sorpresa al enterarse del triunfo de la socialdemocracia en Alemania, podría ver ahora cumplidos sus deseos de distanciar a Europa de China.

Para Washington, este giro en los acontecimientos no podría haber resultado mejor. Lo que no sé si es bueno para el resto del mundo. Que en este tironeo binario de “o estás conmigo o con China”, Estados Unidos pueda presionar a sus socios de ese modo, no creo que sean buenas noticias para nadie.

Si es capaz de hacer desistir de su principal socio comercial a Alemania, que tiene en China a la Mercedes, a la Volkswagen y a cuatro mil empresas más, ¿qué no podrá hacer luego con otros aliados suyos que también tienen a China como principal socio comercial? Por caso… sí, adivinó usted.

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