Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

La calabaza y el tábano y Remember me

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10 de noviembre de 2019 a las 05:00

La calabaza y el tábano

Estimado Leslie:

Su última carta toca una cuestión enraizada en el origen mismo del filosofar. En palabras de Karl Jaspers, “La filosofía nace del asombro radical y primitivo, y brota allí donde despiertan los hombres”.  Un despertar que es incómodo -inquietante incluso-, suscitado por un sentimiento de extrañeza, un pasmo ante un no saber inflexible y brutal.

La incertidumbre es el germen de la angustia, y de ahí la humana tendencia a aferrarnos a explicaciones que nos prometen seguridad.  Pero el filosofar oficia de antídoto contra esta propensión a descansarse en certezas que no lo son en realidad. Por esto Sócrates decía que dios lo había puesto sobre la ciudad como un tábano sobre un noble caballo, “para picarlo y tenerlo despabilado”. 

Nunca olvidaré el impacto que me causaron las palabras de un profesor en mi primer año de facultad: “a aquellos que no tengan necesidad de la Filosofía les aconsejo que se retiren y emprendan un camino más afable y eficaz. Al resto, les doy la bienvenida y que Atenea siempre los acompañe”.  Sospecho que su consejo se inspiró en Kant, que sostuvo que “la inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. Obligados a sostener la duda, ¡que la diosa de la sabiduría nos ampare! Y nos ayude a sobrellevar la inevitabilidad de no saber, y encontrar, en el pasmo, el “delicioso placer” de saber que no se sabe.

Dice usted que, “la gran verdad de lo opinable es ésta: que muchos pareceres diversos e incluso contradictorios entre sí pueden tener los mismos efectos”. Y tiene razón. Pero además, pone el dedo en la llaga de todos los que necesitamos superar el desconcierto de lo opinable para abrazar la armonía de la verdad.  Porque, aunque “todos los caminos conducen a Roma”, el filósofo busca discernir cuál de todos ellos es el que deberíamos tomar. El fin último (o sea, la muerte) es para todos el mismo: la diferencia está en el trayecto que cada uno elige para llegar a su destino final.

Este desenlace -paradójicamente tan seguro como incierto- fue celebrado la semana pasada a través de diversas fiestas como la de Todos los Santos, el Día de los Muertos, Halloween y el más reciente Holywins (o “la santidad vence”, donde en vez de brujas, momias o fantasmas que recogen dulces en sus calabazas, los niños se ponen el disfraz de diferentes santos y reparten estampitas para conmemorarlos). Es que cada cultura tiene su propia manera de vincularse con la muerte, de dar sentido a ese fin que inevitablemente viene.

La muerte nos fuerza a hacer frente a nuestra insuficiencia más radical. No sólo porque es imposible esclarecerla con total seguridad, sino, peor aún, porque sabemos que tarde o temprano nos encontraremos, inexorablemente, “cara a cara” con ella. La muerte escapa a todo afán humano de control y certeza. La muerte es esa desconocida posibilidad que habita siempre en medio de todas nuestras advertidas posibilidades. Como un despertador que resuena y resuena, un tábano que pica y pica, y que ninguna religión ni filosofía puede resolver en forma definitiva. La muerte es el disparador de ese “asombro primitivo y radical” de Jaspers, y es también ella –indómita, implacable, brutal- la razón por la que persistirá siempre en el ser humano el impulso a filosofar. La muerte es “Roma” y los caminos son tantos como mitos, religiones y filosofías uno encuentra en la vida. Pero la Filosofía se esfuerza por alumbrar el camino más razonable y, por eso, menos sujeto a la discordancia de lo opinable.

Hay cosas que la razón no puede explicar, es verdad. Pero el salto hacia la fe (sí, el de Kierkegaard) que nos concede un atisbo de inexplicable claridad, requiere del impulso de la razón llevada al máximo de sus posibilidades. Como un arco; cuanto más se tira de la cuerda, más lejos viaja la flecha. 

Estoy con Platón: la Filosofía nos prepara para la muerte. No porque nos proporcione una respuesta “clara y distinta” a su problema, sino porque el filosofar hunde sus raíces en lo más profundo del alma, para que sus ramas alcancen la mayor elevación humanamente posible. Sí, aunque difícil, el camino tiene más sentido cuando es proyectado con Filosofía. Y también la muerte. Porque, a fin de cuentas, ya lo escribió Borges: “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”.

Remember me

Estimada Magdalena:

Es propio de usted convertir una reflexión sobre la muerte en un elogio de la Filosofía, como si necesitara una vez más rendirle tributo a esa ciencia a la que tanto debe y que le ha dado tanta felicidad. Pero no es mi caso y, cuando escucho cosas como las que decía aquel profesor suyo, siento la tentación de responderle: “No, mi buen señor: no tengo ninguna necesidad de Filosofía. Y permítame decirle que Atenea es sólo un mito, una diosa inexistente: si yo aceptara el consejo de buscar su compañía, no haría más que aferrarme a una falsa certeza”.

Lo digo de un modo un tanto brutal, porque estoy en estos momentos leyendo un libro de Stephen King y no soy insensible a su influencia destructora. Además, me interesa destacar que también la Filosofía puede ofrecer falsos consuelos a la angustia de la incertidumbre. Su viejo profesor equivocó la cuestión central, pues el objeto de nuestra necesidad no ha de ser la Filosofía, sino la verdad. Y muchos caminos llevan a ella, también los transitados por aquellos que -para su desgracia, lo admito- jamás han escuchado hablar de la diosa  que, al decir de Homero, tiene “ojos de lechuza”.

Siguiendo las definiciones iniciales de Jaspers, nada debería asombrarnos más que la muerte. En ella se juntan, a la vez, nuestra mayor certeza -nada es tan seguro como que vamos a morir- y nuestra mayor ignorancia -de nada sabemos menos que de la muerte. Es una combinación fascinante, un acertijo metafísico (metaphysical riddle).

 No hay mayor dolor que la muerte de los que amamos, ni hay nada más misterioso que saber que vamos a morir, ni hay nada que necesite de mayor consuelo. Pero, al pensar en la muerte y en los muertos -y en las conmemoraciones y liturgias de una y otros que cada noviembre solemos hacer- es especialmente importante estar prevenidos contra los falsos consuelos y las falsas certezas.

Desde antiguo, los cristianos celebraron la muerte de los mártires en su aniversario. San Agustín recuerda que su madre, Mónica, era aficionada a visitar sus tumbas -y que allí bebía quizás más de la cuenta. Pero con las persecuciones sucesivas, su número llegó a ser tan grande que se creó el 1º de noviembre como fiesta común. Por otra parte, el 2 de noviembre -por lo menos desde hace mil años-, se reza en favor de todos los que han muerto, pero que no están todavía en el Paraíso, sino purificándose de sus pecados en el Purgatorio.

Halloween tiene aquí sus raíces. Como quizás sepa, es una palabra que deriva del antiguo “All Hallow’s Eve” y significa “Víspera de Todos los Santos”. En algunos lugares de mi vieja Inglaterra, se trataba de una fiesta muy popular, que duraba tres días. Luego seguramente el influjo de la Reforma, desalentando como quasi-idolátrico el culto de los santos, enfrió esas devociones. Pero la tradición es la tradición y -con culto o sin culto- todo lo que había alrededor siguió su curso, aunque perdiendo cada vez más su sentido originario. Y terminó convirtiéndose en el Halloween de los dulces y las calabazas gigantes.

Supongo que algo parecido habrá pasado en México. El día de los Fieles Difuntos dio lugar, sin desaparecer, a través de una compleja integración con tradiciones locales, al Día de Muertos. Los sufragios por los muertos tomaron la forma del recuerdo, y con el paso del tiempo Disney lo pasteurizó y lo contó en la película Coco. (El film no me gustó, pero sí escuchar a Gael García Bernal cantando Remember Me en la ceremonia de los Oscars: https://youtu.be/6wzKzWpBKwg).)

Después del momento romántico, volvamos a los consuelos y las certezas.

Estoy completamente en contra de las ideas consoladoras per se. Dejando de lado la insignificancia de las calabazas y los caramelos, imagino que todas las evocaciones, las oraciones o los recuerdos son aceptables, no porque mitigan nuestra angustia -pues la angustia tampoco es esencialmente mala-, sino en la medida en que responden a una realidad. No acepto a Dios, ni la idea de una vida eterna después de la muerte, sino con la condición de que existan de verdad. Sólo hay una cuestión que merece nuestra necesidad y nuestra reflexión: ¿Es, como usted señala, la muerte el fin de todos, o más bien su principio?

¿Querrá decirme algo al respecto en una próxima carta?

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