26 de junio de 2023 5:00 hs

¿Es la dignidad un valor olvidado? De vez en cuando se la escucha nombrar. Pero desengañémonos. No pocas veces se la trata como a un comodín, citándola donde convenga, sacando provecho de que todos descuentan a priori su vigencia y su máxima importancia, para finalmente confundirlos. Ha pasado lo mismo con el concepto de democracia, el ideario de Artigas o la patria: conceptos indiscutibles pero que se han empleado con diversa intención y según resulte oportuno por parte de quien los esgrima.

Por ser el respeto que todo ser humano posee por el solo hecho de ser persona, por ser lo que no tiene “precio”, la dignidad se constituye en el valor fundamental, el pilar sobre el que cobra sentido construir todo orden de valores y atribuciones del ser humano. De hecho, a nada podemos acceder y de ningún derecho podríamos gozar si no se nos viera y respetara primero incondicionalmente como personas. Incondicionalmente significa que ese valor no está, como los demás, sometido a lo relativo. La autonomía, por ejemplo, se ve acotada por las limitaciones físicas, por los impedimentos mentales y por el estatus sociopolítico por los que estamos regidos. Es un valor básico, sin el cual el hombre no se concibe como tal, pero que, por lo dicho, no es absoluto, es decir, no resulta independiente de toda relación con otros factores.

Desde que salió a la palestra el tema de la eutanasia y el suicidio asistido, fue en la autonomía en quien se centró el eje de la discusión por parte, sobre todo, de los promotores de aquellos, ignorando el primado indiscutible de la dignidad de ser persona, que solo cabe recordar previamente a toda discusión, por ser aquella la que define que somos tales, personas, cuyas vidas son irrepetibles, innegociables y respetables. No obstante, como advertíamos al principio, muchos mencionan la dignidad y en nombre de ella, elaboran sus propuestas, aunque luego, en la praxis, muchos no la tomen en cuenta.

A propósito de estos aspectos, en Uruguay, se ha pretendido forzar una compatibilidad entre eutanasia y cuidados paliativos. De ser tal, sería como cambiar de reglas en medio de un juego. De hecho, con la eutanasia decimos “que prevalezca todopoderosa la autonomía”, mientras que al administrar cuidados paliativos precozmente y hasta el final de la vida, decimos: “te cuido y te acompaño incondicionalmente, por quien eres, preservando el innegociable bien de tu vida hasta su fin natural”. Toda una contradicción que enfrenta ambas actitudes.

En otra publicación, hace poco más de un año, ya hemos desglosado los argumentos que están en la base de esta incompatibilidad.

Se apela a los conceptos de compasión, empatía y a la propia dignidad, que vuelven a ser usados una y otra vez con fines desviantes. ¿Por qué? Porque dicen respetar la autonomía olvidando la dignidad, ignorando que aquella solo puede erguirse sobre la roca firme de ser, primeramente, reconocido incondicionalmente en el valor de la vida como persona. Reconocer a alguien incondicionalmente significa esto: que ninguna condición altere la centralidad de la persona, el valor de su vida que solo puede defenderse con la preservación, no con la oferta de extinción pretextada en una autonomía que, además, se ve violentada por angustias, temor a resultar una carga o por haber hecho propia la creencia, típica de una sociedad consumista, de que “para vivir así, es mejor morir” (léase, “para vivir así, ya no tiene valor tu vida”).

Tampoco se trata de que entren a tallar valores religiosos, ya que, en la discusión, el valor de la vida es reconocido por creyentes y no creyentes, como garantía de la convivencia humanitaria, consagrado en normas y códigos.

Los puntos de vista, las eventuales mayorías, las falsas apelaciones a un concepto de dignidad y empatía con ribetes de impacto por su efecto, no deben borrar el respeto a lo que nos constituye desde la base, al valor absoluto: la dignidad de ser personas, la dignidad humana.

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