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La distribución y la desigualdad en América Latina

La falta de equidad es la barrera más grande para conseguir un mayor desarrollo económico en la región

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03 de mayo de 2018 a las 05:00

Por David Castells-Quintana

Como ya sabemos, América Latina es la región más desigual del mundo. Esta falta de equidad que tanto caracteriza a la región es sin duda una barrera importante para su desarrollo económico. ¿Por qué nos cuesta tanto reducir la desigualdad de forma sostenida?

La principal razón de que América Latina no logra reducir la desigualdad es el precario sistema impositivo y su escasa fuerza redistributiva. Según datos del Banco Mundial, los países latinoamericanos son los que tienen la menor presión fiscal. Mientras que la media de los países de la OECD está en el entorno del 35%, la media latinoamericana es cercana al 20%. Y sin impuestos no hay igualdad. Como explica el economista Claudio Lozano en el artículo Sin impuestos no hay igualdad, publicado en la revista Nueva Sociedad, la escasa presión tributaria en América Latina impide una redistribución seria en la región. Según el informe, El imperativo de la igualdad, de la CEPAL, mientras que en los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), la desigualdad según el índice de Gini, disminuye 17% después de la acción fiscal directa, en los países latinoamericanos el descenso que se logra después de impuestos directos y transferencias públicas es de apenas 3%. De hecho, en muchos países de la región los sistemas impositivos, no solo han sido históricamente modestos en su redistribución, sino que incluso han llegado a ser globalmente regresivos; quienes tienen mayores ingresos han pagado comparativamente menos impuestos que las personas de menores ingresos.

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Incluso los gobiernos progresistas que gobernaron en varios países latinoamericanos en los últimos años, aunque consiguieron logros significativos en temas de distribución del ingreso, no consiguieron reformas tributarias substanciales. En mayor o menor medida, la desigualdad cayó durante las últimas décadas en varios países de la región como Brasil, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Argentina. Pero las mejoras en la distribución de la riqueza no se dieron gracias a progresos en los sistemas tributarios. La redistribución se dio sobre todo debido a subsidios financiados con otro tipos de ingresos, como los generados por la explotación minera y exportación de materias primas. Al depender del boom de los commodities y sistemas de subsidios que fácilmente pueden desaparecer, la redistribución de la riqueza en América Latina no tiene una base sólida. Y con el regreso de gobiernos de derecha a muchos países de la región, las reformas seguramente irán en línea con una reducción de impuestos y menor redistribución tributaria.

Hoy por hoy los economistas sabemos que la alta desigualdad es una barrera importante en el desarrollo económico. Y Latinoamérica no es la excepción. Las estructuras desiguales, heredadas de la época colonial, han impedido a los países latinoamericanos aprovechar al máximo sus posibilidades. Solo haciendo participe a toda la población en el progreso económico es que un país puede crecer de forma sostenida. Y para ello, es fundamental un sector público fuerte y con capacidad redistributiva. Su papel en el desarrollo económico y social ha sido evidente a lo largo de la historia. Tanto los países europeos, como las economías exitosas del sureste asiático, empezaron a crecer de forma sostenida tras conseguir redistribuir la riqueza, y hacerlo a través de mecanismos tributarios sólidos. Todos los países desarrollados, incluso los más neoliberales, son conscientes de la importancia de un sistema tributario fuerte y progresivo. Solamente con un sistema tributario sólido, y un pacto social donde contribuyan más los que más tienen, se podrán financiar bienes públicos esenciales como infraestructuras, servicios públicos e instituciones eficientes, y se podrá alcanzar una identidad nacional que vaya más allá de colores y banderas.

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La aversión a pagar impuestos en América Latina es una constante, y a su vez un lastre histórico. Generalmente la clase alta y media alta, ni sienten la obligación moral de contribuir con las arcas públicas, ni son conscientes de su importancia, no solo para reducir la desigualdad, sino también para el buen desempeño económico del país en su conjunto. Esto se debe a que para muchos latinoamericanos, hablar de impuestos es sinónimo de estatismo, derroche e ineficiencia, y la redistribución, un concepto completamente ajeno a las responsabilidades individuales.

Las consecuencias de nuestra incapacidad de entender el bien colectivo y no atacar decididamente la desigualdad son graves. Una sociedad desigual es una sociedad fracturada. Y esto se traduce en posiciones políticas extremas, que a su vez generan conflicto social permanente. Blancos frente a criollos, liberales frente a conservadores, ciudades frente al campo, empresarios frente a trabajadores, izquierda frente a derecha... condenados persistentemente al conflicto recurrente que no nos permite progresar.

David Castells-Quintana, profesor en economía de la Universidad Autónoma de Barcelona, especializado en economía internacional, economía urbana y desarrollo económico.

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