Opinión > ANÁLISIS / EDUARDO BLASINA

La Holanda de América

La contradicción no es izquierda o derecha, es acercarse o no a los modelos exitosos

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09 de junio de 2018 a las 05:00

En forma inusualmente frecuente a lo largo de este año se me ha preguntado mi filiación política, mi concepción filosófica en algunos casos y en otros, como cuando era pequeño y me preguntaban si era de Peñarol o Nacional. Como si esas fueran las opciones de la vida: izquierda o derecha, Peñarol o Nacional, River o Boca.

En cierto sentido, opinar sin tomar posiciones filosóficas puede ser intelectualmente deshonesto. No basta para muchos con decir que se defiende una concepción liberal de la vida, basada en la confianza mutua, en el apoyo a los emprendedores y en un Estado que no gaste más de lo que recauda.
De modo que en muchas ocasiones propongo que Uruguay tiene que intentar seguir el modelo holandés. Al fin y al cabo, en 1944 y 1945 los holandeses padecían de un hambre generalizada que mató a 20.000 personas, y desde ese entonces hasta ahora no les ha ido nada mal.

Son un país pequeño como nosotros, que depende de la integración de la agricultura y el puerto como nosotros, que tiene una industria turística creciente tal como nosotros. Los homenajeamos con una tribuna del Estadio y usamos mayoritariamente sus vacas "Holando" para producir nuestra leche. Muchos más paralelismos que con una "Suiza de América" que nunca fuimos ni nunca seremos.

En un encuentro reciente organizado por la Vertiente Artiguista plantee la idea de tratar de tomar tantas cosas buenas que los holandeses han llevado adelante y tratar de aprender de ellos. Siempre seremos distintos, comeremos asado a las brasas, tomaremos mate y comeremos tortas fritas cuando llueve. Algo interesante deben tener para mantener en una superficie que es un quinto de la de Uruguay a cinco veces más de personas.

Y para los 18 millones de holandeses conseguir trabajo no parece difícil, están con la desocupación más baja de su historia, por debajo de 4%.

La idea fue rechazada en ese coloquio, algo que debo confesar, no me ha sorprendido. Para los sectores que alternan el elogio a Venezuela, con el recurso retórico de no opinar para apoyar sin argumentar a un modelo desastroso, Holanda no cuadra.

Es que en este país el desprecio al que trabaja la tierra es impensable. Vincent Van Gogh homenajeó incansablemente a quienes trabajaban en contacto con la tierra con sus maravillosos trigales, dedicó muchas de sus pinturas a los frutales y dejó por escrita su admiración hacia quienes laboraban en contacto con la naturaleza. Entre los cientos de museos de Amsterdam, también hay un museo de la vaca.

Y parece poco probable que alguien plantee una visión política basada en la lucha de clases. En Holanda se trata todo con una amabilidad invariable y se busca la solución de los problemas, que son el único enemigo, sean de la clase que sean.

Como me dice una georgiana que lleva 25 años en la ciudad, "las reglas son equilibradas, la economía funciona, se vive bien".

Al mismo tiempo que en ese coloquio un contertulio destacaba su oposición a tomar a Holanda como modelo, en redes sociales se me acusaba de "zurdo" o de cosas mucho peores por aceptar participar en encuentros de grupos de izquierda o por dedicarme a un tipo de agricultura que los guardianes de la vida ajena consideran cuestionable.

Mi primer recuerdo de Holanda fue futbolístico. Era nuestro primer partido en el Mundial de 1974, el primer partido que recuerdo con intensidad por un Mundial, cuando yo tenía 9 años. Las expectativas volaban después del cuarto puesto de México 1970. Uruguay era la base del equipo que logró el cuarto lugar, más la figura rutilante de Fernando Morena. Solo nos podría hacer frente Brasil, que no tenía a Pelé. Debutábamos contra Holanda, que nunca jamás había jugado un Mundial. La generación de 1945 que en Uruguay había sido de vacas gordas, en Holanda había sido de hambruna y guerra.

Los holandeses con sus melenas hippies dormían con sus novias los días previos y durante al Mundial, mientras los espartanos uruguayos estaban supuestamente "concentrados" sin familiares cerca. La prensa deportiva uruguaya planteaba un favoritismo absoluto de la celeste.

El primer partido de Uruguay en 1974 fue el mayor baile que le haya visto a una selección uruguaya en partido alguno. Era Uruguay la expresión de la tristeza, mientras los holandeses parecían 15 en la cancha y generaban una situación clara de gol cada 3 minutos. Ladislao Mazurkiewicz con una actuación magistral nos salvó del papelón y apenas perdimos 2-0. Luego empataríamos a duras penas con Bulgaria y los suecos nos despacharían con un 3-0. Pasados los primeros 5 minutos de asombro de los uruguayos, la única respuesta fue el codazo cuando el juez no miraba, la patada artera y el pelotazo lo más lejos posible.

Desde entonces observo como Holanda nos sigue marcando caminos. El año pasado fue el segundo exportador mundial de alimentos del mundo, solo superado por EEUU. Unos € 80.000 millones que lo ponen en carrera para exportar este año por primera vez más de US$ 100 mil millones.

Sus cárceles se están vaciando, reciclando a viviendas o a centros culturales porque el delito disminuye año tras año. La bicicleta ha consolidado su hegemonía como medio de transporte democrático limpio, saludable para el ciclista y el planeta. Desde que reguló la oferta de cannabis y la separó drásticamente de la política respecto a las drogas duras, los problemas de adicciones y tráfico son mínimos.

No es que sea el paraíso. Un uruguayo que emigró en 1987 agobiado por la falta de libertades del Uruguay de la época se queja de que el nuevo tramo del subte que se inaugurará en julio fue presupuestado en € 500 millones y costó más de € 1.000 millones, que deberán pagar los contribuyentes. El paraíso no existe. Pero si hay países de un tamaño similar al de Uruguay, de un perfil productivo y económico comparable, que han solucionado problemas graves que en nuestra comarca no se solucionan y por lo tanto se agravan.

Tanto Uruguay como Holanda son muy distintos a lo que eran en aquel mundial de 1974. Podría decirse que la Holanda de hoy deslumbra en todo lo que uno puede observar. Uruguay ya no está en dictadura y tiene tantos logros como asignaturas pendientes.

Holanda muestra cómo es un país que de las 10 mochilas aliviana 9. Paga buenos salarios, por supuesto que cobra impuestos razonables, pero el resto lo mantiene liviano y especialmente en materia de prejuicios, la liviandad es total. En este país liberal, cada quien vive la vida que le sienta bien y nadie osa cuestionarlo.

Como en otros aspectos el Silicon Valley, en materia de políticas, seguramente estamos quienes nos parece muy interesante la libertad organizada de los holandeses, como están quienes desde ambos extremos de las llamadas izquierdas y derechas no nos querrán acercar a una sociedad de ese tipo. Y allí hay como en tantos aspectos una divisoria de aguas, donde las etiquetas de derecha e izquierdas fallan. A la hora de las definiciones, para ser intelectualmente honesto, no tengo reparos en proponer que el modelo holandés, quitando detalles menores, a mi me sirve. ¿Es Holanda de izquierda? ¿Es de derecha? Aunque sé la respuesta, diría que básicamente no importa. Lo que mueve a un país es su educación y su cultura, su movilidad social, el darle oportunidades a todos y cada uno de los niños. Y en eso francamente nos llevan ventaja.

Y aún así, empezaremos a disfrutar de un Mundial que los holandeses lamentan ver sin participar. El proceso Tabárez ha logrado un nivel de planificación inédito que muestra cómo Uruguay es capaz de llamar la atención del mundo y lograr éxitos parciales que permiten mantener viva la esperanza de que un día podamos celebrar el cierre de cárceles porque en definitiva la gente entiende que robar o traficar drogas está mal y trae malos resultados para su propia vida.

Diría que la contradicción en mi caso no es entre izquierda o derecha, sino entre acercarnos o no a los modelos exitosos del mundo.

Si tomo la respuesta de mi contertulio izquierdista en aquella actividad como una postura del conjunto de la izquierda, en el sentido de "no queremos ser Holanda", no puedo evitar preguntarme como ciudadano si tendremos una oposición despierta, moderna, desprejuiciada, liberal, como para observar los buenos ejemplos del país de los molinos de viento. Escuchando a un expresidente que volvió a la arena política, ya sé que hay opciones que aunque proclamen liberalismo, no dan esperanza alguna.

Y mientras me pregunto qué oposición surgirá en la campaña electoral que empezará en breve, espero que en este Mundial, Uruguay me haga acordar a aquella Holanda del estratega Rinus Michell y del genial Johann Cruyff que llegó a las finales del torneo de 1974. Y creo que el proyecto de Tabárez y su equipo pueden darnos esa alegría y esa lección: con planificación, humildad y sin creérsela, se pueden lograr objetivos que a priori parecían inalcanzables. En cierta manera el proceso del fútbol uruguayo del Mundial de Sudáfrica al presente parece que tuviera una metodología y resultados holandeses. Y sabido es, nosotros logramos ser campeones del mundo porque tenemos ese qué se yo, que en materia de fútbol es solo nuestro.

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