8 de marzo de 2014 20:49 hs

Con la crisis venezolana –una nación petrolera gobernada por un partido autoproclamado de izquierda desde hace 14 años– quedó claro que los países de la región utilizan una lupa distinta a la usada para juzgar a otros menos afines, como Paraguay, cuando enfrentó una crisis institucional, o a Chile cuando los estudiantes se revelaron y la región no dijo nada. El giro, según convenga, llevó ahora a los partidos de izquierda a catalogar de “desestabilizadores” a los estudiantes que están en las calles de Caracas, cuando tradicionalmente, alentaron a los universitarios para sostener sus proclamas.

El presidente de Chile, Sebastián Piñera, de derecha, también enfrentó grandes movilizaciones de estudiantes, aunque en ese caso no hubo expresiones de la región contra los “desestabilizadores”.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, optó por continentalizar un problema interno, pero no lo hará en cualquier lado, sino en el organismo creado a medida de la revolución bolivariana: la Unión Suramericana de Naciones (Unasur), donde no participa Estados Unidos ni Canadá. Rápidamente Bolivia, Ecuador y el Mercosur expresaron su apoyo al gobierno heredero de Hugo Chávez.

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Igual que con Venezuela, Unasur también se había movido rápido cuando en 2010, la administración de izquierda de Rafael Correa en Ecuador, denunció un intento de golpe de Estado en medio de una situación confusa, y lo mismo ocurrió un año antes con el golpe en Honduras contra Manuel Zelaya.

Sin embargo, con Paraguay se actuó distinto. Se puso en duda su democracia y el país fue suspendido del Mercosur, de la Unasur y excluido del mapa político.

Paraguay, utilizando una herramienta prevista en su Constitución, removió a mediados de 2012 al presidente Fernando Lugo que obtuvo solo cuatro votos de apoyo en el Parlamento tras un juicio político. Con su caída, asumió un presidente en forma temporal y convocó a elecciones. Uruguay, Brasil y Argentina, no lo aceptaron y sancionaron a Paraguay sabiendo que por esa vía aseguraban el ingreso de Venezuela al Mercosur. El estratagema se confirmó tras una reunión en Mendoza de los presidentes José Mujica, Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff.

Ahora, con Venezuela en problemas, los comunicados de los países amigos, no hablan de detenciones políticas ni de la violencia desatada donde participa la sociedad civil tirando piedras y las fuerzas del orden que tiene las armas. Sin contar la acción de bandas chavistas que funcionan como fuerzas de choque.

De cualquier forma, Argentina, alertó “sobre los evidentes intentos de desestabilización”.

Estudiantes.
Argentina, Brasil, Uruguay y la Bolivia de Evo Morales –todos gobernados por proyectos de izquierda– hoy hacen una lectura distinta sobre el movimiento estudiantil que antes apoyaban.

Los universitarios fueron los primeros en protestar contra el presidente Maduro por la situación de inseguridad, inflación y desabastecimiento de productos básicos que enfrenta la población.

En países socios o cercanos en el pensamiento político, el gobierno venezolano encontró respaldo de partidos, como el Frente Amplio, que antes de alcanzar el poder también alentaba las manifestaciones estudiantiles.

En Uruguay, con la vuelta de la democracia, uno de los cantos emblemáticos del Frente era: “con los estudiantes no nos moverán”.

El FA entiende ahora que en Venezuela se está “ante un nuevo intento de desestabilización” de un gobierno constitucional y acusó a los sectores “más conservadores de la oposición política venezolana”. La Mesa Política convocó a los gobiernos latinoamericanos a “estar atentos y solidarios”.

Por su parte, la Federación de Estudiantes Universitarios (FEUU), afín a la izquierda, esta vez no se solidarizó con los jóvenes venezolanos y por el contrario expresó su “enfático rechazo a los intentos de desestabilización perpetrados por grupos fascistas”. La FEUU entiende que detrás de las movilizaciones masivas contra Maduro está “la mano del imperialismo norteamericano”.

Atrás quedaron los tiempos en que el fallecido Chávez, basó su revolución en el apoyo popular y lo mismo había pasado en Bolivia, cuando el presidente Evo Morales cimentó su ascenso con movilizaciones callejeras que reclamaban un cambio al statu quo político.

En este marco, Venezuela hizo lobby para que el tema no entre a la OEA y llevarlo a la Unasur donde tiene más amigos. Maduro avisó que no aceptará ninguna mediación internacional, como lo pidió la oposición, y menos que se revise la situación de los derechos humanos en tierras bolivarianas.

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