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La Marcha por la Diversidad y un foco electoral que desenfoca

Los convocantes a la movilización que se originó en el orgullo gay proponen la unidad de pensamiento

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27 de septiembre de 2019 a las 14:19

“¡A estos putos les tenemos que ganar!” La frase se escucha de forma reiterada cada fin de semana en cualquier estadio de fútbol uruguayo y nadie se horroriza. Los jugadores siguen corriendo en la cancha, el juez sigue arbitrando, los hinchas siguen cantando. En algunas partes del mundo el partido se pararía, y hasta se podría multar a un club o una federación por considerar que están fomentando la homofobia. Acá la pelota sigue rodando. Porque está bien asociar a los gays con los más débiles.

Los hombres blancos (flacos) heterosexuales cisgénero uruguayos de clase media hacia arriba son un grupo privilegiado. Ellos no sufren ningún tipo de discriminación. Los demás de alguna manera pueden sufrirla. Por ser trans, lesbianas, gays. Por ser mujeres. Por ser negros o asiáticos. Por ser judíos. Por ser inmigrantes. Por tener una discapacidad. Por ser pobres.

En un día como hoy, desde hace años, en la principal avenida de Montevideo aparecen banderas con los colores rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul y violeta, símbolo en todo el mundo de la comunidad LGBT+ (lesbianas, gays, bisexuales, trans y todo aquel que se sienta por fuera de la heterosexualidad cisgénero). Al principio era una manifestación mucho menos masiva. Solo un puñado de valientes se animaban a gritar a viva voz que sentían atracción por personas del mismo sexo. Con los años –y los cambios culturales que se dieron en Uruguay y en el mundo occidental– la Marcha por la Diversidad fue movilizando cada vez a más gente, hasta llegar a la situación actual, en la que decenas de miles de personas se manifiestan a favor de esta causa.

Miles de personas marchan el último viernes de setiembre por la diversidad

Pensar que la batalla está ganada en el terreno de la discriminación contra el diferente, a pesar de que se haya legislado al respecto en Uruguay, es un error que cometen los grupos que organizan la Marcha por la Diversidad al correr el foco hacia temas electorales.

Este año hay dos consignas formuladas por la Coordinadora de la Marcha por la Diversidad, conformada por varias organizaciones de la sociedad civil: “Al clóset nunca más” y “El miedo no es la forma”. Este segundo concepto está directamente vinculado a la iniciativa de reforma constitucional denominada Vivir Sin Miedo, impulsada por el senador nacionalista Jorge Larrañaga. La coordinadora publicó el 16 de setiembre en su cuenta de Twitter un hilo en el que hacía referencia a este lema y explicó los motivos de incluirlo en la convocatoria. “Decimos no a la reforma porque la militarización de las calles pone en riesgo a aquellos cuerpos más vulnerados y violentados: a los cuerpos disidentes de la norma heterosexual y patriarcal y a los cuerpos racializados. Porque queremos apostar por la construcción de un mundo mejor, en el que el castigo no sea la solución. (...) En octubre no pondremos papeletas que intenten hacernos volver a los calabozos y queremos convocarles a que nos acompañen en esta cruzada. Porque el miedo no es la forma”.

La justificación de la organización para promover esta consigna contra la reforma Vivir Sin Miedo es “no volver a los calabozos”, como si las razias que hubo en el pasado (desde la dictadura hasta la década de 1990) fueran a volver porque la propuesta parte de un partido de derecha, y como si la izquierda hubiese aceptado a la comunidad LGBT en los sesenta y setenta. Como si lo que sucedió en el pasado no estuviera enmarcado en ese contexto, aquí y en todo el mundo. En el caso de otros grupos vulnerables, como pueden ser los pobres o los negros, la reforma no cambia cuestiones que hoy mismo pueden ser invocadas por la policía: la portación de rostro.

Que el último viernes de setiembre la avenida 18 de Julio esté plagada de banderas con los colores del arcoíris, y que incluso la decoración de las columnas de esa calle durante estos días sea en esos colores, no es casualidad. Quienes se manifiestan en la marcha luchan por algo que comenzó hace 50 años en Nueva York con las redadas de Stonewall: los derechos de la comunidad LGBT+. Y luego, en la versión uruguaya, por cualquier otra forma de diversidad humana. Lo demuestran sus carteles, sus caras y su vestimenta. Al plantear una consigna sobre un referéndum por la seguridad pública por parte de los organizadores, pareciera que la lucha contra la discriminación ya no fuera lo primordial.

No existe caso de un hijo o una hija que rompa en llanto, muerto de nervios y sin saber cuál será la respuesta al contarles a sus padres que es heterosexual. Esa conversación ni siquiera existe. La heterosexualidad es un supuesto dado, que solo se rompe al verbalizar lo contrario. Y quien lo verbaliza tiene que hacerlo de forma constante, porque la sociedad da por hecho que se es hetero.

Que la bandera del orgullo LGBT tenga los colores del arcoíris tiene origen en Judy Garland y su versión de Over the Rainbow, cantada en El Mago de Oz

Ha habido cambios para bien en los últimos tiempos. Padres conservadores que hasta hace un par de décadas hubiesen rechazado por completo la homosexualidad o la transexualidad de un hijo hoy están dispuestos a que sea parte de su normalidad. No todos, claro. Pero es un cambio. Sin embargo, aún falta. Los niños y adolescentes que sienten algo diferente a los demás son muchas veces víctimas de bullying, sobre todo aquellos varones con rasgos más asociados a lo femenino o chicas no tan “femeninas” como su entorno espera. Muchos de ellos ni siquiera saben qué es ser gay, lesbiana o trans. Simplemente son ellos. Y todavía hay quienes pretenden moldearlos dentro de cánones preestablecidos.

Aún existen veinteañeros, treintañeros y hasta ancianos en Uruguay que están dentro del clóset, que no han tenido el coraje –porque eso es lo que se necesita, coraje, para ir hacia la aceptación personal y contra los prejuicios y el qué dirán– de decir “a mí me gustan las personas de mi mismo sexo”, o “siento que mi género es otro”, o “no me defino ni como hombre ni como mujer”. Porque aún existe discriminación. A veces solapada, por lo bajo, a la uruguaya, sin decirlo de frente. A veces de forma descarnada. A una persona trans o queer, así como también a un negro o –para algunos puestos– a un inmigrante, le cuesta mucho más conseguir un empleo que a los demás, incluso que a los gays o las lesbianas. Es una realidad.

De acuerdo a un informe elaborado el año pasado por el Mides, todavía existe violencia o burlas hacia aquellos no heterosexuales en los espacios públicos de todo el país, en centros educativos o de salud. Existe la violencia intrafamiliar, el doble discurso, la mordaza impuesta.

“Hay una concepción de ‘si sos, que no se note’. Hay tanto problema con quienes son homosexuales, pero además se les señala que son mariposones. Y aparecen los comentarios de: ‘A mí no me preocupa lo que sea y lo que haga en su cama, pero que no venga acá a demostrar esas cosas, que no lo vaya a ver un niño o una niña besando a otro hombre’”. Esto decía el diputado frenteamplista Martín Couto el 18 de octubre del año pasado, durante su argumentación a favor de la ley trans. Nada de eso ha cambiado en el último año.

Existen más problemas para la comunidad LGBT+ en Uruguay. Debido a la discriminación y la violencia, el suicidio es algo que pasa por la cabeza de muchos de quienes las sufren, sobre todo en la adolescencia. Y también falta trabajar en la lucha contra el VIH, dado que las políticas públicas no solo no proveen la mejor medicación existente sino que tampoco utilizan esos medicamentos con fines de prevención, como sí sucede en muchos países.

La discriminación también parte del Estado. En Uruguay no pueden donar sangre los hombres o mujeres trans que hayan tenido relaciones sexuales con un hombre en los 12 meses previos. Eso aún no ha cambiado.

Todavía falta para que dos gays puedan ir de la mano por 18 de Julio cualquier otro día, o que puedan hacerlo en cualquier calle 18 de Julio del país. Para que dos lesbianas se puedan besar sin que la gente se quede mirando, para que un hombre o una mujer trans pueda caminar sin que digan nada por lo bajo (o por lo alto). Para que vaya al médico y pueda decir que no es hetero sin que sea cuestionado con una cara improcedente.

Y todavía está la discriminación dentro de la comunidad. ¿O acaso no hay gays que discriminan a los trans y lesbianas que rechazan a los queer? Claro que los hay. No todos lo hacen, no son generalizaciones. Pero pasa.

La Marcha por la Diversidad, a través de sus consignas, también se alineó con la coalición de izquierda en 2009 y 2014 a favor de temas que estaban en el centro de la campaña electoral: en el primer caso, por la derogación de la ley de Caducidad; en el segundo, contra la baja de la edad de imputabilidad a los 16 años impulsada por Pedro Bordaberry. Ahora vuelve, casualmente, a estar del lado de la campaña del Frente Amplio. Como si la comunidad LGBT fuera toda de izquierda. Si se es gay, entonces no se puede ser de derecha. Tampoco de centro. Gay, de izquierda. Y se acabó.

En 2017 y 2018 militaron a favor de que se votara una ley para las personas trans. Pero es muy fácil crear consignas cuando están alineadas con el gobernante de turno –el Poder Ejecutivo ya había enviado un proyecto en ese sentido al Parlamento en mayo de 2017–. Incluso en ese caso, tal vez quien decidía marchar no estaba de acuerdo con ese proyecto de ley trans, y le hubiese gustado otro. Pero había que marchar por ese. Diversidad uniforme.

Ahora sucede lo mismo. Como si entre el 56% de los uruguayos dispuestos a ensobrar la papeleta el 27 de octubre no hubiera gente de todos los pelos políticos, sexuales, raciales y socioeconómicos.

La izquierda uruguaya empujó estos temas en los últimos años, es cierto, pero la mayoría del Parlamento, no solo el Frente Amplio, votó tanto el matrimonio entre personas del mismo sexo como la ley trans. Y todos los partidos políticos con chances reales de llegar al poder en el próximo gobierno afirmaron su convicción de no modificar esas normas ya aprobadas.

Igual, no se trata de si se está de acuerdo o no en este caso con la reforma de seguridad. Esa es una discusión aparte. Se trata de no mezclar los tantos ni utilizar una convocatoria multitudinaria que tiene otros fines. No se hace el 8M, donde la movilización es por las mujeres y sus reivindicaciones. O el 20 de mayo en la Marcha del Silencio, cuando lo único que importan son los desaparecidos.

Se trata de no preestablecer líneas de pensamiento según sujetos, porque cada sujeto piensa diferente. 

Con la inclusión de asuntos electorales, el foco inicial, para el que aún falta, queda desdibujado.

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